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06/11/2022

Aguafuertes del Nuevo Mundo

El Congreso detuvo el “apagón cultural”

El Congreso detuvo el “apagón cultural” | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

La ley que garantiza fondos para el fomento de la cultura desarticuló una norma del macrismo que le quitaba financiamiento a las bibliotecas populares, el cine, la música, el teatro y la producción audiovisual, entre otras. Quedaron protegidos nuestro acervo identitario y también miles de puestos de trabajo.

Ricardo Haye *

En los últimos días de octubre todos los ojos del arte y la cultura estuvieron observando al Congreso de la Nación, y en particular al Senado, en donde se estaba votando la continuidad o no del apoyo a nuestras industrias culturales.

La financiación que se encontraba en riesgo era la que alcanzaba al Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), el Instituto Nacional de la Música (INAMU), el Instituto Nacional del Teatro, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, el Fondo de Fomento Concursable para Medios de Comunicación Audiovisual (Fomeca), la Defensoría del Público, el Ente Nacional de Comunicaciones y Radio y Televisión Argentina. Todos estos organismos estaban comprometidos por una norma adoptada por el gobierno anterior, que determinaba que el próximo mes de enero dejarían de recibir los fondos con los que se mantienen.

Había confianza en que el Senado le iba a dar sanción definitiva a esta decisión que la Cámara de Diputados ya había aprobado cuatro meses atrás, pero también existía la duda acerca de por cuánto tiempo extenderían los legisladores la vigencia de ese apoyo.

Por eso, cuando se anunció que los fondos estarían garantizados hasta el 2073 hubo una manifestación de regocijo genuino recorriendo todos aquellos sitios en los cuales las deliberaciones parlamentarias se seguían con atención.

Lo que la decisión protege es algo tan abstracto como la cultura o nuestro acervo identitario, pero también algo mucho más concreto: miles de puestos de trabajo, una noción que resulta fácil de dimensionar. Sin el apoyo financiero que se votó prolongar por 50 años, desaparecerían miles de Bibliotecas Populares que, en todo el país, facilitan a los niños y adolescentes el acceso a materiales didácticos y que también funcionan como un lugar de estudio. Y con ellas se hubiesen eliminado las fuentes de empleo de miles de personas que atienden al público en esos lugares maravillosos que atesoran tantas experiencias gratificantes y formativas.

El cine también preservó recursos para continuar produciendo obras que hoy suman una media de algo más de cien películas cada año y las cuales, sin esos fondos, quedarían limitadas tal vez a la décima parte de ellas que, con buena fortuna, podrían encarar las plataformas audiovisuales. Es sencillo imaginar cómo se reducirían las posibilidades laborales de actores, actrices, guionistas, directores, sonidistas, iluminadores y demás técnicos si al séptimo arte se le retirara ese sustento. Si la amenazante espada de Damocles que el macrismo dejó pendiente no se hubiera desarticulado, la comunidad hubiese quedado sin una instancia formidable de representación de la realidad y estimulación de la imaginación y la fantasía. Porque casi con exclusividad son los aportes del INCAA los que permiten que en nuestro país se filme.

Con la música ocurre algo similar. El Instituto Nacional de la Música es el encargado de promover, fomentar y estimular esa actividad creativa en todo el país. Este es un caso de increíble penetración de productos externos y, sin el apoyo público, nuestros ritmos autóctonos, sus compositores y sus intérpretes, verían extremadamente debilitadas su capacidad realizadora y sus posibilidades de difusión.

Por otra parte, cualquiera puede tener un juicio crítico más o menos severo acerca de la radio y la televisión que se produce en el país, pero también cualquier argentino/a puede imaginarse que sin las mismas salvaguardas que la enorme mayoría de las naciones ofrecen a sus medios públicos quedaríamos expuestos a productos con escasos niveles de calidad y muy pobre apropiación de la realidad. Los casos de la radio y televisión pública de Francia o de Estados Unidos podrían servir de ejemplos prodigiosos, pero de ninguna manera son los únicos.

En todas estas actividades se pone de manifiesto quiénes y cómo somos. A través de sus expresiones podemos reconocernos, valorarnos, analizarnos, someternos a prueba, crecer, volvernos mejores seres humanos. Porque esa es la razón de ser de la cultura y ese es el propósito que había sido condenado por un gobierno poco interesado en preservar las legítimas aspiraciones sociales a una mejor calidad de vida y a un disfrute más intenso de la existencia.

La cultura contribuye de modo decisivo al desarrollo personal y comunitario. Es capaz de generar la sensibilidad imprescindible para convivir armónicamente. Favorece la inclusión social y la sostenibilidad ambiental, cuestiones que continúan siendo de necesidad prioritaria.

Una cultura más cuidada y vigorosa ayudaría a disminuir la violencia social, incrementaría el interés por el bienestar colectivo y amplificaría el uso noble del tiempo libre. Probablemente nos convencería de que nuestros derechos tienen el mismo valor, sin importar a qué sexo, credo o nivel social pertenezcamos. La cultura descalifica prejuicios originados en el color de la piel o la nacionalidad de los individuos. En definitiva, nos vuelve más sabios, nos posibilita una mayor creatividad y se convierte en un motor social para el progreso. Con una mayor cultura no sería complicado que se haga carne en todos las personas que no somos mercadería en venta y que todas las vidas son igualmente valiosas.

La cultura que circula en nuestras obras literarias, gráficas, teatrales, poéticas, musicales, sonoras o audiovisuales aporta sentido y contenido a las prácticas sociales, y enriquece nuestro patrimonio material y simbólico.

Todo eso estuvo en riesgo por la voluntad del régimen que gobernó hasta 2019 de eliminar el apoyo a los organismos que nos enriquecen cognitiva y espiritualmente.

Felizmente la gran mayoría de los representantes políticos, a los que tantas veces denostamos por sus conductas mezquinas o poco solidarias, esta vez decidieron criteriosamente. El 27 de octubre, la sanción en el Senado de la ley que evitó el “apagón cultural” contó 57 votos positivos, dos negativos y nueve abstenciones.

Cristina López Valverde, senadora sanjuanina del Frente de Todos, planteó un interrogante retórico: “¿Cómo nos autopercibimos? Somos seres sociales y culturales. La cultura es una dimensión que atraviesa la sociedad, que sedimenta, produce encuentro y genera muchas cosas a partir de la creatividad. Tenemos que trabajar en su democratización”. Su colega mendocina Mariana Juri puso el acento en la dimensión de los recursos y en la necesidad de encontrar una forma más federal y equitativa de distribuirlos. “Deben llegar recursos a cada rincón de la Argentina -sostuvo-, porque la cultura es un gran generador de desarrollo en los pueblos”.

Por su parte Martín Lousteau, desde la oposición, consignó que el apoyo a la cultura hoy representa un 2.38% del PBI y el 1.8% del total del empleo argentino. En ese sentido -ilustró-, la película “Argentina, 1985” empleó de manera directa a dos mil personas.

Es fundamental que el Estado esté presente acompañando a nuestras expresiones artísticas y culturales a lo largo y ancho del país. El oficialismo asegura que la ley aprobada distribuye las asignaciones teniendo en cuenta a las diferentes jurisdicciones provinciales y priorizando a aquellas que son consideradas regiones geográficas de menor desarrollo de producciones culturales.

Hay un aspecto que los trabajadores de la cultura y quienes disfrutan y se benefician de ella no deben perder de vista: el recorte que acaba de derogar el Parlamento argentino fue impulsado por el mismo dirigente que ahora anuncia que ya no hay espacio para el gradualismo y propone, explícitamente, dar un giro violento hacia la derecha. Sin ningún tapujo, Mauricio Macri reitera el mismo mantra que en su día recitaron Alsogaray, Martínez de Hoz y otros capitostes del neoliberalismo más acérrimo: establecer una rigurosa austeridad en el gasto social. Y -ya se sabe-, para este sector de la franja ideológica toda la inversión social y cultural constituye un gasto. Habrá que tenerlo presente para no volver a poner en riesgo nuestros derechos de acceso al arte y a la cultura.



(*) Docente e investigador del Instituto Universitario Patagónico de las Artes.
29/07/2016

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