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Columnistas
30/10/2022

Aguafuertes del Nuevo Mundo

Recursos para apropiarse de la historia

Recursos para apropiarse de la historia | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
La disputa entre Borbones y Austrias aún deja marcas en la memoria de los españoles. Esta escena retrata el asalto final a Barcelona, en 1714. ¿Cómo apropiarnos de la historia?

¿Cuánto sabemos de los sucesos de otros tiempos que fueron decisivos para el destino de las sociedades? ¿Y cómo adquirimos esos conocimientos? La serie española “El Ministerio del Tiempo” contribuye a mostrar trozos del pasado de su país, poniendo en el centro del escenario a los seres humanos.

Ricardo Haye *

Ya alguna vez estas Aguafuertes lo contaron. Una buena parte de los argentinos que llega a España por primera vez suele sorprenderse cuando escucha discusiones entre los locales que se recriminan agriamente por episodios ocurridos hace más de 300 años y que estuvieron enmarcados en la Guerra de Sucesión española.

Allí está el origen de los enfrentamientos pasionales que el país catalán continúa sosteniendo con la corona. Pero, más allá del alineamiento que catalanes, aragoneses y mallorquines mantuvieron con la casa real de los Austrias para enfrentar a los Borbones, lo cierto es que un buen número de los ciudadanos de estas regiones también suelen expresarse a favor de modos de gobierno republicanos y no monárquicos.

A pesar de su condición de Nación moderna y de historia considerablemente más breve, la Argentina igualmente tiene en qué ocuparse con sus confrontaciones e incluso grietas internas.

Del pasado previo a su consolidación como Estado el registro es mucho menos abundante de lo que debería, lo cual es una forma de señalar que la historia escrita por los que ganan, con frecuencia resulta un relato deficiente, injusto y violento.

¿Cuánto sabemos de nuestra historia y cómo llegamos a adquirir ese conocimiento?

La parte más reciente nos alcanza a través de la memoria de nuestros mayores, testigos de circunstancias que siguen muy presentes en el imaginario social de nuestro país.

Todavía se discute acerca de los acontecimientos que en 1945 tuvieron como epicentro la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Una pueblada gigantesca fue a reclamar por la libertad de un líder popular que había sido encarcelado. Una vez que consiguió liberarlo, meses después esa muchedumbre lo ungió presidente y celebró su unión con una muchacha que gozaba de las mismas simpatías masivas que su pareja.

Desde allí hacia nuestros días, los recuerdos son más frescos y se conservan más vigorosos en la memoria y la conciencia de las personas. Hacia atrás, en cambio, las nociones tienden a desdibujarse, salvo -claro- para estudiosos y especialistas de campos como la historia, la sociología, la política y demás.

Si alguien se pregunta cómo hacen otras naciones a fin de mantener vivos los sucesos que resultaron decisivos para sus destinos, con el propósito de estudiarlos, analizar su aporte benéfico y considerar sus aspectos negativos, habrá que visitar las acciones que despliegan sus universidades y academias, pero también convendría pispear qué otros recursos implementan.

Hace mucho tiempo, cuando en la Argentina la televisión todavía se veía en blanco y negro, algo inimaginable para las chicas y los purretes de la actualidad, permaneció en el aire durante un año una serie norteamericana que fue un auténtico fracaso. Se llamó “El túnel del tiempo” y estuvo a cargo del productor Irwin Allen, un hombre acostumbrado a los éxitos de público, aunque fueran mamarrachos audiovisuales de valores escasos tanto en lo argumental, lo estilístico o lo ético, según lo comprueban algunos de sus bodrios como “Viaje al fondo del mar” o “Perdidos en el espacio”.

“El túnel del tiempo”, que combinaba la aventura y la ciencia ficción a través del socorrido expediente de los viajes en el tiempo, exhibía como curiosidad algunos aspectos muy contrastantes entre sí. Porque cada vez que los sacrificados científicos que vagaban entre épocas eran disparados al futuro, les tocaba participar de un episodio de ideas torpes y escenarios de mampostería desechable por inverosímil. No obstante, las incursiones en el pasado soportaban un poco mejor esas correrías. Allí fueron los dos héroes de esta historia a ser observadores y permitirnos apreciar alguna escena junto a Napoleón o los acontecimientos de Pearl Harbor, por mencionar un par de casos.

Las crónicas de aquel momento especularon que la serie no logró mantenerse porque en su día y horario la pusieron a competir con “Tarzán”, “El agente de CIPOL” y “Jim West”; como si un niño criado por gorilas, dos agentes secretos paródicos contemporáneos y otro del lejano oeste constituyesen un valla infranqueable para cualquier construcción histórica.

En realidad, las causas del fiasco deberían rastrear cuánto talento fue puesto en juego en la propuesta y, acaso, si el mero arbitrio de la ficción científica es capaz de conquistar más voluntades que la exploración minuciosa de enigmas o dudas que enfrentaron nuestros antepasados o formas a través de las cuales se les ocurrió resolver algún entuerto o inconveniente.

Una gran ejemplo al respecto le propone la televisión española actual con su ciclo “El Ministerio del Tiempo”.

Esta serie, que ya lleva varias temporadas, nos viene mostrando sucesos y acontecimientos históricos de un país que fue una potencia imperial en cuyos dominios jamás se ponía el sol. Y la mención general queda completamente justificada pues en algún capítulo se alude a las cuevas de Altamira, que alojan arte rupestre prehistórico en la región cantábrica; son frecuentes las apariciones del pintor Diego de Velázquez (1599-1660), convertido en un personaje recurrente, y el siglo 20 surge a propósito de los interminables cuarenta años de la dictadura franquista. Esos mojones señalan un derrotero de más de 30.000 años que ofrece innumerables relatos para contar.

Las historias abrevan en protagonistas de la política (Colón, Bolívar, Hitler, la dirigente sufragista Clara Campoamor), la ciencia (Emilio Herrera Linares, Albert Einstein), la realeza (Felipe III, Margarita de Austria, Isabel la Católica), la literatura (Miguel de Cervantes), la poesía (Gustavo Adolfo Becquer, Federico García Lorca), la dramaturgia (Lope de Vega), el cine (Buñuel), la plástica (Goya, Picasso, el ya referido Velázquez), figuras de la narrativa popular antigua (El Mio Cid, el Lazarillo de Tormes) y más. En medio aparecen pontífices y algún episodio hasta destaca la figura rechoncha de Alfred Hitckcock durante su participación en el Festival de Cine de San Sebastián de 1958, en el que estrenó su película “Vértigo”.

La realización hispana tiene un alto vuelo profesional y un trabajo de orfebrería en la talla de los personajes, a partir de cuyas características personales tan acusadas y precisas se pueden exprimir ricas consideraciones acerca de la primera mujer que consigue acreditarse en la Universidad a finales del siglo 19 o de un soldado español establecido en Flandes hace cinco siglos para defender la soberanía hispánica sobre territorios de los actuales Países Bajos. Ambos personajes lucen una profunda nobleza, pero a los dos les toca confrontar con mentalidades distintas y ajustarse a tiempos que desafían la rebeldía ínsita de la muchacha o el estricto creacionismo y profundo conservadurismo del militar.

La narrativa de la serie le permite desplegar críticas bastante ácidas a su propia españolidad; algunas son de talante ligero y gracioso, pero otras involucran acciones trascendentes y cuestionables como la conquista de América, la expoliación de sus riquezas y el sometimiento y genocidio de sus pueblos originarios.

Así como alguna vez nuestro Héctor Germán Oesterheld se atrevió a disputarle a los estadounidenses la exclusividad de contar historias de ciencia-ficción, aquí los españoles no solo deciden romper el absolutismo sajón en la materia. También se abocan a poner de manifiesto que no resultan socios políticos confiables y que son actores peligrosos en un mundo en conflictos.

En episodios sucesivos, hemos visto tropelías de uno y otros. Del esclavismo, el racismo, el imperialismo, la conquista, la violencia, la niñez en peligro, la discriminación sexual, el hostigamiento al que piensa o siente distinto, ha sido tan culpable España como lo fue en su día su potencia enemiga histórica (Gran Bretaña) o como lo es hoy Estados Unidos.

“El Ministerio del Tiempo” contribuye a dar a conocer trozos de la historia de la humanidad, pero al mismo tiempo propone una desacralización que interrumpe la continuidad permanente e incuestionable de lo celestial y pone en el centro del escenario a los seres humanos.

Casi nos vemos como ese Alonso de Entrerríos, extirpado del brutal frente de combate a mediados del 1.500 y trasplantado abruptamente a un siglo XXI que -a cada paso- le machuca su machismo y su misoginia. Las anteojeras que lleva le provocaron callosidades en la razón y la realidad lo escandaliza y obliga a vivir santiguándose, pero ha iniciado un lento proceso de evolución.

Sería deseable que hubiese más productos audiovisuales como la serie que utiliza a este personaje como protagonista. Porque con narrativas así la televisión se ennoblece, contribuye al desacondicionamiento mental de las personas y les provee información y elementos de juicio que fortalecen su criterio, les airean las ideas y les impiden la ajenidad de la historia.



(*) Docente e investigador del Instituto Universitario Patagónico de las Artes.
29/07/2016

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