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Columnistas
19/06/2022

Estamos un poco hartes

Estamos un poco hartes | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
Jorge Luis Borges (izq.) y retrato de Miguel de Cervantes Saavedra (der.).

Hablamos de lenguaje inclusivo y también del idioma. Los desaciertos políticos, por muy bienintencionados que sean (fomentar la igualdad de género), no dejan de ser errores, pues lo ideológico-cultural no se transforma por la voluntad del Príncipe ni por ley alguna, no se modifica de prepo ni en patota.

Juan Chaneton *

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El lenguaje devenido campo de batalla. El lenguaje inclusivo como hecho esencialmente político aun cuando se vista con los ringorrangos y arrequives de un debate académico. Se trata de política porque se trata de dar voz y empoderar un poco más a uno de los tantos movimientos sociales que, en el marco de la globalización, han emergido en la sociedad civil de occidente cuestionando el reparto del poder y, a partir de ahí, instalando en tela de juicio ni más ni menos que lo siguiente: si las mujeres podrán dar al traste con un orden social patriarcal y si la verdadera y cabal liberación femenina es posible en el marco del capitalismo o, por el contrario, ese objetivo de máxima sólo será asequible si otro tipo de organización social alumbra en el horizonte de la especie humana. Todo eso es lo que subyace. Por eso no es, en última instancia, lenguaje, es política.

Si hoy trazáramos en un planisferio la isoglosa del lenguaje inclusivo veríamos que ésta une las capitales de Latinoamérica con las de Europa, Buenos Aires con Montevideo, La Habana, Bogotá y Caracas, y con Madrid, París, Londres o Berlín. Ello nos está indicando que el fenómeno es mundial y que no sólo el castellano experimenta presiones en favor de la democracia sino también la lengua de Schiller, Marlowe, Pirandello o Baudelaire.

Se discute en la Argentina y en la Ciudad de Buenos Aires ha tomado estado público un decisorio del ministerio de Educación local “regulando” el uso de tal lenguaje en las escuelas. Ni tanto ni tan poco, se extravían los unos y los otros y las partes enfrentadas toman partido con fundamentos francamente truchos. Veamos.

Dijo Sileoni, el ministro bonaerense: “ ... la escuela debe enseñar la diversidad, porqueatrás del lenguaje inclusivo está la conciencia de que hay un otro que merece un lugar”. Pero, ¿quién es ese otro que está detrás y que “merece un lugar”? Decir eso exhibe un fallo ideológico. Pues, ese otro, ¿es la mujer? Si es la mujer, ¿quién es el varón para discernir merecimientos? Es decir, hablamos en inclusivo porque, graciosamente, le otorgamos a la mujer el lugar que nosotros hemos decidido que merece. Machirulismo implícito. No. No es así. Ese no es el argumento, ministro de Educación Sileoni.

No le va mejor a Soledad Acuña. No prohibimos sino que “regulamos”, dice. Otra pavada. A la que agrega la chicana: “En la ciudad de Buenos Aires no hay escuelas en que no se den clases porque falta gas”. Pero de las falencias macro en la economía argentina no se puede hacer responsable al ministro de Educación. En la provincia de Buenos Aires no hay gas porque, en todo caso, la falla de gestión está en otro lado, no en el ministerio de Sileoni, ello sin entrar a considerar si ese “otro lado” es el área del ministro Guzmán o el gobierno que antecedió al actual. En todo caso, la culpa no es de Sileoni. Y, además, hay que decir que si los déficit de una política económica nacional no perjudican a la Capital Federal ello se debe a que éste es un distrito privilegiado respecto del resto del país y a contrapelo de la letra y el espíritu del sistema de gobierno federal que consagra la CN. Cuando Nación “le quita” recursos a Ciudad, en realidad no se los quita, hace lo justo federal, aunque Larreta vaya después a los tribunales a exigir “justicia”.

“Para promover la lectura y la escritura debemos enseñar el idioma como se debe, después cada uno verá cómo quiere expresarse, pero en la escuela se debe respetar el idioma español para que los chicos puedan encontrar oportunidades, tener herramientas y explotar su potencial. Es una medida que ya se tomó en Uruguay, Francia y en otros países”. Estos son los “fundamentos” de Acuña para “regular” el uso de la lengua en las escuelas.

Fundamentos truchos, por cierto. Pues impartir un buen uso del idioma no ha de tener por objeto el único objeto que puede concebir la señora Acuña y dictado por la ideología que profesa: la del negociante insomne. No es para “encontrar oportunidades” que los alumnos no deben bastardear la lengua de Cervantes, sino, apenas, para vivir la maravillosa aventura de regar en su simiente la plantita del hecho estético por antonomasia, que es el que los hará espiritualmente mejores en el futuro. Pero, ¡qué puede saber de esto gente conducida por Mauricio Macri y por Patricia Bullrich ...!

Veamos, entonces. Ni a un niño ni a una niña de cuatro años se les puede enseñar a decir "chiques" porque ni Cervantes, ni Quevedo, ni Lope, ni Storni, ni Pizarnik, ni Borges, ni Juan Rodolfo Wilcock, Almudena Grandes o Jitrik jamás escribieron "chiques". Hay que compartir, con nuestras niñas y niños, el milagro de la literatura universal, la epifanía de la lengua castellana, su belleza incandescente. Después de eso ... pues que cada cual haga de su genitalidad un pito o un ovario, tienen toda la vida por delante, y esto parece parecido a lo que dice Acuña pero no es lo mismo.

Estamos ferviente y racionalmente a favor de la igualdad de género. Pero estas cosas no admiten un decreto. Estamos hablando del lenguaje pero también del idioma que, en el trashumar de varios siglos, nos dio una literatura, no sólo en castellano, asimismo en francés ("psicoanálisis", en la lengua de Andre Gide, es una palabra femenina, y no se nos ocurre la tontería de reclamar su masculinización) y en otras lenguas, como griego, inglés, italiano, alemán, etc., y esa literatura universal es refractaria, con pleno derecho -con el derecho que exige la obra de arte- a dejarse envilecer por desaciertos políticos que, por muy bienintencionados que sean (fomentar la igualdad de género), no dejan de ser errores políticos, pues lo ideológico-cultural no se transforma por la voluntad del Príncipe ni por ley alguna, no se modifica de prepo ni en patota, sino por el moroso transcurrir de un tiempo en que la costumbre mutará en su opuesto, es seguro que así será, pero los derechos de Homero, de Virgilio, de Alighieri, de Cervantes y de Shakespeare deben, qué duda cabe, quedar al margen de efusiones sentimentales que no conducen más que al ludibrio y al ridículo de decir, por caso, "muches de nosotres ya no somos niñes", ¡hay que estar extraviadE para enseñar esa excrecencia en las escuelas creyendo que, de ese feo modo, se aporta a la causa de la igualdad de género ...!

El tema viene conflictuado y confuso, por cierto. Lo prueba una columna de Néstor Abramovich que, en el marco de una crítica general a la decisión del gobierno de la Ciudad, vacila un poco a la hora de ponerse firme. Se hace eco del argumento de la derecha: el uso del lenguaje inclusivo impide el aprendizaje de la normativa propia de la lengua. Y agrega: no es que, en parte, no les asista alguna razonabilidad. Y remata: el buen camino no es prohibir lo que fluye, lo que no daña, lo que reconoce progresos y derechos. (Ver enlace). 

Es que de eso se trata, precisamente: se trata de que el camino no es prohibir lo que fluye, sino que el camino es, sólo, enseñarle a los niños y niñas, en la escuela, “la norma propia de la lengua”. Aquí hay una razonabilidad más bien plena que “alguna”, como adjetiva el columnista.

Esto significa que no hay que prohibir que niños y niñas hablen en la escuela del modo que mejor les parezca. Es absurdo decir esto de tan elemental. Pero una maestra o un maestro que descerrajara en el pizarrón una pavota frase "inclusiva" estaría atentando contra la literatura universal y su epifenómeno: el hecho estético. Y no hay ideología ni política que legitime semejante atentado contra los derechos de niñas, niños y adolescentes.

Por eso, se equivoca el ministro de Educación de la Nación, Jaime Perczyk, cuando dice que todo es posible en materia de educación de niños y niñas debido a que "en la Argentina, desde 1918, hay libertad de cátedra". Y se equivoca porque, con ese criterio, un docente podría, con legitimidad presunta, experimentar con el Facundo o el Martín Fierro en clave surrealistadesplegando una jerga extravagante cercana la "Patafísica" de Alfred Jarry y ello estaría muy bien porque el docente de marras estaría ejerciendo su libertad de cátedra. Se trata de niños/as, ministro. Se entiende que Larreta busque votos, pero no los busque usted también. Se trata, otra vez, de niñas y niños.

El árbol tapa el bosque y no vemos lo que tal vez sea esencial. El rol de la escuela como AIE (Aparatos Ideológicos del Estado según la creación dogmática althusseriana) es lo que está involucrado aquí. Estos aparatos ideológicos son fuente productora de sentido y el sistema escolar es uno de ellos. Como las iglesias o la familia, se trata de instituciones cuyo producido no puede ser derogado por el úcase de nadie, pues apunta a la formación que, más allá de propósitos inmediatos, sedimentará como formación al cabo del rutinario transcurrir del uso y la costumbre.

La escuela devendría, así, determinante más inmediato y directo de la ideología (de una ideología patriarcal, por caso) y esto rompe con el tradicional dogma de atribuirle tal sobredeterminación sólo y en exclusiva a las clases sociales o al Estado. Hasta ahí, todo bien. Sólo que ir a disputar allí (en la escuela) la ideología y los valores, nos obliga a hacerlo en modo dialéctico y no metafísico pues de lo contrario no se gana en eficacia y se fracasa en el cometido transformador. El primer modo alumbra cuando se incorpora la temática del lenguaje inclusivo a los planes de estudio (al educando hay que contarle lo que pasa más allá de las paredes del aula) pero, simultánemente, se preserva aquel "aprendizaje de la normativa propia de la lengua" al que se refiere Abramovich citado más arriba.

De lo contrario, hacemos metafísica porque vamos, de entrada, de prepo y en patota a tratar de imponer algo que nunca será el fruto de un acto de voluntad único y unidireccional. Los fascismos son los que creen que la voluntad hace la Historia.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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