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Ver y oír

Cuando todo es Cartón Pintado

Cartón Pintado es el nombre que Mariano Altamirano, artista, ha encontrado para convertirse en una sola entidad con su obra desbordante. Tiene 32 años, nació y vive en la Villa 31. Antes de la pandemia hizo su primera exposición en Quimera, una galería de Palermo, antes expuso en el Centro Cultural Haroldo Conti y en el espacio ALpha Centauri.

Pepe Mateos

Mariano tiene 32 años, nació y vive en el barrio Güemes dentro de la villa 31. Eso conforma su identidad pero su obra desbordante trasciende ese dato. Conversando con él aparecen historias, circunstancias e impresiones que son sumamente gráficas no solo de su vida sino de una comunidad.

Aquí su relato.

“Cuando tenia 8 años vi “El Rey León” y hubo una escena puntual que me marcó. 

Simba quiere ir más allá del mundo conocido, atraviesa unos pastizales y queda cubierto por hojas que parecen ser una poderosa melena. Quede tan emocionado con esa imagen que la dibuje y estaba tan contento con el resultado que con mucho orgullo se lo regale a mi madre. 

Ese es el recuerdo más lejano que tengo en relación a la plástica. Luego me replegué; el dibujo, la pintura quedaron olvidados en pos de hacer cosas que agradaban más, como el canto o el baile.

A los 18 años trabajaba en el fichero del Renaper (Registro Nacional de las Personas), en un edificio que había sido una fábrica, muy gris y ahí conocí a una chica deslumbrante, Soledad, que un día me invito a su casa y sorpresivamente, me regalo un bastidor en blanco y algunos acrílicos y ahí comencé a pintar. 

Otra amiga que también pinta, Érica, un día me dijo, tenemos que conocer a Marcia Schvartz y fuimos a tocarle el timbre una noche después de las once, todavía no sé cómo no nos echó. Quiero aprender con vos, le dije, estaba totalmente impactado con su obra. Después de haber estudiado diseño de modas y haber hecho un par de años en el IUNA, conocer a Marcia me dio muchas ganas de pintar. 

Un día mi madre me dice que ella esperaba que yo fuera “el salvador” de la familia.

Después de haber tenido cinco hijas mujeres le pidió a la Virgen de San Nicolás que le diera un varón. Un varón que fuera “el salvador”. Que la redimiera de tantos años de dolor y abusos, de tantos golpes que recibió. No se dio cuenta que tenía cinco hijas mujeres que podían haber sido guerreras y las replegó, las condiciono a repetir su historia. Depositó esa “salvación” en una figura masculina y no pudo valorar a sus hijas, las desdibujo, no forjó personas fuertes.

A los 17 años le dije, me gusta un chico. Ella que había encontrado un refugio en los Testigos de Jehová me dijo que no podía aceptar esas “prácticas”, pero finalmente la curé de espanto y me terminó aceptando. Creo que vine para enseñarle.

No me hacía cargo de donde vivía, me daba vergüenza decir que vivía en la villa. 

Sentía la discriminación. En la escuela, el grado A era para los más acomodados de la zona, el B para los más o menos y a los chicos de la villa nos ponían en el C. (la Villa 31 es vecina de la zona más aristocrática de Buenos Aires). 

Cuando trabajaba en el Renaper estaba con unas amigas de ahí, siempre tengo amigas mujeres, me gusta la energía femenina, el mundo masculino siempre me fue hostil, y una de ellas dice, vamos a tu casa. A mi casa no pueden venir porque vivo en la villa. Siempre quise conocer la villa me contesta. 

Ese fue un momento en el que empecé a asumir de donde venía. 

Cuando hace unos años se empezó a hablar de identidad villera fue algo crucial. 

Mucha gente cuando yo era chico no salía de la villa, toda su vida se desarrollaba acá adentro. 

El discurso de la identidad villera me ayudo a entender más quien era, a perder ese miedo a no quedar bien por decir de donde venía. A sentir orgullo por mi origen.

Hacía las fotos para los documentos y observaba mucho los rostros, compuestos todos por los mismos elementos, ojos, boca, nariz y sin embargos todos tan diferentes, con marcas, gestos, rictus. Me gusta mucho pintar personajes, buscar reproducir el brillo de los ojos, los ojos son delatores, transmiten, expresan las emociones.

De todos modos en un punto todo lo que pinto es un autorretrato o tiene que ver con cosas que me atraviesan, que están en mí desde hace mucho o aparecen en circunstancias como esta de la pandemia, donde la cuestión de la salud está tan presente y encuentro elementos simbólicos como el cáliz de Higia que representa la medicina y empiezo a pintar alrededor de eso.

Uso cartón porque estaba buscando bastidores grandes y eran muy caros y apareció el cartón, lo levanto de la calle. Me resulta chocante cuando me hablan de la perdurabilidad, de todos modos los cartones pueden durar y sufrir las transformaciones del tiempo, como la vida.

Mi arte es una performance que consiste en rescatar basura de la calle y transformarla en algo bueno, recuperar eso que fue un árbol y después el contenedor de un electrodoméstico y finalmente basura. 

Quizás tenga que ver con algo con lo que me formaron, a ser resiliente, esa capacidad para convertir circunstancias adversas en algo positivo.”

29/07/2016

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