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06/11/2022

Decime si exagero

La balada del hombre de los bordes

La balada del hombre de los bordes | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Ayer por la noche, en el horario del día favorito del autor, salió oficialmente el libro de poemas y relatos breves “Lo inmóvil de la quietud y otros textos”, un volumen en el que Alfredo López no se priva de pasearte por lo más profundo y vertiginoso de su propio y conmovedor mundo interno.

Fernando Barraza

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Algunas veces suceden cosas extraordinarias en el mundo literario de nuestra región; pero no siempre. Esto no está aseverado en función a la cantidad de apariciones de nuevas producciones editadas, ni está asegurado desde la clasificación de calidad de los materiales literarios que circulan en nuestra zona. De hecho la producción es constante, es prolífica y está plagada de excelentes trabajos. Autoras y autores de calidad por aquí no faltan. Pero también es cierto que esa producción constante hace que la escena se torne regular. Regular no como adjetivo calificativo despectivo,sino como constante que hace que la variable de la sorpresa mengüe.

Por eso es tan potente que irrumpa de repente, cuando nadie esperaba nada, el último y único libro de Alfredo López, músico, escritor y artista visual.

Al cierre de la edición de esta semana de Va Con Firma, estaba por comenzar la presentación en vivo del libro “Lo inmóvil de la quietud y otros textos”, el libro de López que significa (en el tiempo en el que usted está leyendo esta nota debe decirse “significó”) una muy buena oportunidad de acompañar un lanzamiento que es como una rara avis en las bateas de la región, una edición más del hermoso y potente catálogo de la editorial independiente Ediciones Con Doblezeta, que es bastante especial por lo que constituye como texto en sí y por lo que representa. No sabemos como salió todo, si yendo las personas que fueron tuvieron la oportunidad de conocer en persona al autor, o si se reencontraron con él tras un largo tiempo de no verlo en ninguna parte de la ciudad. Todo pudo haber sucedido: Alfredo López es uno de los artistas más peculiares de estas tierras de -en el sentido de la excentricidad- más bien pocas sorpresas.

López, el tipo, tiene 50 años. Es guitarrista por infección temprana del virus de la música, hay fotos de su álbum familiar en las que es un niño de pre-escolar y deja un camioncito de juguete tirado al costado y elige una guitarrita, posando altivo para la foto. Puede que esa actitud le venga de su sangre mixteca, que la tiene. O de otro lado, uno desconocido ¿como saberlo?

Muchos dicen que nadie por estos territorios es capaz de tocar el blues como él lo hace. Esto se asevera desde hace décadas en Neuquén y en otras regiones de la Patagonia, y no solamente en el testimonio de cualquier persona, eh: lo han felicitado B B King y Botafogo, por ejemplo. Bien, lo cierto es que, haya o no un ranking de las mejores personas que tocan el blues en la región, persiste aun un halo flotando en su derredor cada vez que se presenta en escenarios, por lo general escenarios de los de pocas personas, y por lo general con una periodicidad similar a “casi nunca”. Y ojo que esa elección, la de los escenarios mínimos y la de las fechas muy esporádicas, no son una elección de artista maldito, más bien es una resultante de las asimetrías que aun existen en la oportunidad para el trabajo cultural sostenido en nuestra zona. Bueno, en realidad hay un poco de cada cosa, porque Alfredo es un poco maldito, y no solo toca blues. También toca y canta rock. Rock maldito, claro. Él lo llama “rock moderno”, casi como burlándose de las etiquetas de placard de la industria discográfica, que son aquellas etiquetas que luego le hace repetir géneros y subgéneros a la prensa especializada y -por decantación- a la gente común, que encuentra en el mundo de la música actual más rótulos que en el muestrario de una pinturería. Igual aquello del “rock moderno” lo suelta con sorna, es cierto, pero difícil le puede llegar a resultar tratar de no reconocer las influencias modernistas que viven en él como creador, porque a pesar de ser un gran fanático de las vanguardias artísticas mundiales de finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, mucho del espíritu y la estética modernista habita en él. Si nos vamos a la definición de diccionario, encontramos que el modernismo fue “el movimiento que propuso que cada ciudadano (hombre libre) fije sus metas según su propia voluntad. Esta se alcanza de una manera lógica y racional, es decir, sistemáticamente dándole sentido a la vida”. Para la consolidación de este imaginario, los artistas del modernismo se valieron de dos elementos mezclados como en cóctel: la racionalidad de los postulados mezclados con la exuberancia verbal del romanticismo (movimiento artístico anterior) que fueron dejando atrás. Si uno toma la letra, por ejemplo, de “La sonata del diablo sincero” de La Fisura del Chocón, encontrará a Baudelaire dando vueltas por allí, pero la lírica es puro y clásico modernismo. Tomen nota:

 

Aconteceres impecables, tardías noches

la aventura es imposible y el baile es en las sombras

la muerte del amor, la súbita herida

el dolor es el fruto del árbol caído

 

La sonata de diablo sincero

deja que dances, pero sin tocar el fuego

 

Miserables visiones de locura y ensueño

tibios infinitos, oscuras proporciones

vientres oscuros esperando la magia

lenguas enlazadas por francas palabras

 

La sonata de diablo sincero

deja que dances, pero sin tocar el fuego

 

No temas a lo extraño

nuestra miseria lo supera

lo terrible es lo real

y a veces su recuerdo

 

La sonata de diablo sincero

deja que dances, pero sin tocar el fuego

 

Aquí debajo está la canción de López que acabás de leer. Es parte del disco “Samarkande”, de La Fisura del Chocón. El tema en Youtube está ilustrado con fragmentos del film de animación “Tieshan gongzhu" (China, 1941) de Wan Guchan y Wan Laiming, el combo canción/animación, ensamblado así, era parte de una prueba para un fallido concierto con scoring que la banda quiso dar en los primeros años de este siglo meses después de haber brindado uno similar en el desaparecido Teatro de La Curtiembre:

 

Como siempre ha sido un iconoclasta border, Alfredo López también es artista visual. Recibido en el IUPA como realizador, fue director de cortometrajes sombríos pero seductores, como “Ruido de botellas rompiéndose”, la aventura casi sorda de un joven que asiste a la pequeña sinfonía del derrumbe de su propio plan de vida; o “Kelenken”, una película corta en la que Alfredo se anima a mezclar con audacia el subgénero norteamericano de películas tontas de adolescentes en viaje que sufre un aterrador episodio paranormal con el imaginario de weza newen (malos poderes o fuerzas) de los pueblos mapuche y guna kununa, dando como resultado una mini película oscura e inclasificable. Al igual que con sus canciones, López se animó a contar historias cotidianas pero universales, mezclando el rito con la existencia, lo real con la fantasía más oscura. El trabajo en la realización cinematográfica no lo atrapó como todo el mundo que le rodeaba por aquellos años entendió que iba a suceder. Alfredo se cansó del mundo de la producción del cine. Luego dio clases de cine y medios en escuelas públicas. Imaginen a sus alumnos, adolescentes de escuelas vespertinas sentados una o dos veces por semana frente a esta suerte de pastor de la noche...

Porque el cine lo cansó un poco, se volcó a la pintura. Pero este es un tema que no amerita mucho desarrollo crítico, al menos quien escribe esta crónica no se siente capaz de hacerlo. Es que no se puede escribir con detalles muy precisos sobre su estilo pictórico, porque son muchos y están yuxtapuestos. Son varias técnicas las que usa para pintar (ha elegido ese formato, tan clásico) y son varios estilos por los que transita.

En este sentido solo puedo decirles que miren la imagen que ilustra la portada de su propio libro y entenderán un poco qué es lo que habita en sus pinceles.

Pero Alfredo López también es escritor. Es más: algunas personas piensan que es escritor por sobre todo. Macky Corvalán lo decía siempre, Raúl Mansilla lo alentó en más de una oportunidad con énfasis. Es que si alguien escucha las canciones de su vieja banda de rock con atención particular a las letras, podrá notar de qué madera está hecho el López escribiente, un verdadero paisajista de los bordes y un equilibrista en los claroscuros de la existencia. Sin embargo con las canciones solas no se alcanza a dimensionar su potencial como ser escribiente. Para entender en plenitud al escritor López, hay que leer su obra literaria.

Por eso es de celebrar que los textos de este libro que presentó ayer en el Teatro Deriva no hayan corrido la suerte que impulsivamente Alfredo le dio a la mayoría de sus textos desde los últimos años de los ochenta del siglo pasado hasta estos días: el cesto de la basura y la hoguera.

En este caso López compiló con calma, exorcizó decenas de fantasmas a través de estos versos y de estas prosas poéticas, ordenó y -desnudo como quedó- se animó a mostrar su obra. Griselda Martínez, su correctora y curadora, empatizó con la bestia que habita en los textos y Mauricio Bertuzzi, su editor, entendió qué importante era que se publicaran. Así, con las voluntades íntimas y el pudor silencioso de ambos, Alfredo se animó a hacer social el resultado.

Lo bueno, entonces, es que de esta presentación efectuada hace apenas unas horas, devendrán nuevos lectores y lectoras de la obra de Alfredo, pues este es su único libro tras décadas y décadas de sentarse a escribir en la soledad de su pieza, en la calle, o en los cafés y bares medio orilleros a los que le gusta ir. Serán pocas o muchas personas que tendrán la oportunidad de asistir a una función peculiar, la de la letra de López que -como aseguramos taxativamente en el comienzo de este artículo- es excéntrica, eventual y especial en el concierto de la producción literaria de la región.

Leer “Lo inmóvil de la quietud y otros textos” es acercarse de a ratos a un abismo en el que la guardia cancerbera lo realiza la ternura, o la desesperación, que a veces son la misma cosa. Hay tres versos de su poema “Felicidad” que pintan esta situación bastante bien:

 

Crié un monstruo en mi mente

¿Está muriendo igual que yo?

¿O se dará cobijo en el beso de los amantes?

 

Dice el autor, un tipo atrapado en una Neuquén que no termina de entender, pero que habita.

 

En esta ciudad los aviones no dejan dormir,

vienen de todas partes y en todas las alturas

 

Dice el autor, un tipo que tal vez ayer presentó su libro. O no, quizás fue otra de sus bromas de muchachito malcriado y vanguardista y no se presentó a la cita. Quizás sí. Ojalá que sí. Ojalá haya estado allí, cantando dos o tres canciones suyas, compartiendo con algunos amigos y amigas que hayan leído fragmentos de su libro, su primera y tal vez su única obra literaria. Es muy probable que hayan estado allí su curadora y su editor, y sus hermanas y hermanos de la vida. Ojalá. Si todo esto ocurrió, Alfredo debe haber sonreído, poco, porque así es su estilo. Luego pudo haber cambiado algunas palabras con vos, o con vos, que fueron. No se, quien sabe, cuando el poeta calla el silencio se siente como palabra.

Vos, que no fuiste, y que recién estás conociendo a Alfredo por lo que torpemente te estoy contando en esta nota, tenés que ir a Libracos, por ejemplo, donde está a la venta su libro. Acordate: “Lo inmóvil de la quietud y otros textos”. Allí encontrarás la belleza y la oscuridad, la altura y la bajeza de las cosas y las personas, todas mezcladas con una sinceridad pasmosa. Por eso es extraordinario López, el escritor. Por eso se dice que no es muy frecuente que aparezca uno como él, escribiendo un libro como este. Mucho menos publicándolo. Por eso, sí, por eso.

29/07/2016

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