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Columnistas
18/09/2022

Decime si exagero

Woodstock y la pistola de Sabag Montiel

Woodstock y la pistola de Sabag Montiel | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Mirando con atención cualquiera de los tres documentales que se han estrenado recientemente sobre el violento desenlace de Woodstock 99 podemos ver la huella adulta de la violencia que arroja a cierta parte de la juventud a explotar de manera insensata y hasta criminal.

Fernando Barraza

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“Clack clack”. Esta es la onomatopeya que nos hace identificar inmediatamente las dos gatilladas en falso que Sabag Montiel efectuó queriendo pulverizar la cara de la vicepresidenta de la nación. El sonido del arma que se gatilla en el vacío y que no dispara nos es bien familiar, lo reconocemos fácilmente por las miles de ficciones que hemos visto desde niños y niñas en las que un arma no funciona y la historia de los protagonistas cambia para siempre. Este ejemplo muestra solo una de las huellas culturales que nos construyen desde el cotidiano. Conocemos de memoria ese sonido, aunque jamás nos hayan disparado sin éxito, ni con éxito, ni nada. Reconocemos ese sonido porque estamos construidxs por huellas significantes globales, desparramadas en la sociedad día a día, año tras año, década tras década.

¿Qué tiene que ver todo esto con los dos documentales que se estrenaron en los últimos 45 días sobre el fallido y ultraviolento festival Woodstock 99? Se dirán ustedes...

Mucho.

A los jóvenes de hoy

La juventud es una de las llaves para comprender el nexo. Todos los nombres involucrados hasta ahora en el atentado a Cristina pertenecen a personas que -como máximo- tienen 35 años, la mayoría de ellas tienen veintipocos. Desde hace varias décadas, las juventudes parecieran ser el canal perfecto para los laboratorios de acción de todo aquello que quiera construirse desde la violencia marginal.

Los francotiradores estadounidenses que asesinan en masa en espacios públicos son jóvenes, los grupos de choque de las fuerzas políticas de ultra derecha están llenos de jóvenes, las barras futboleras latinoamericanas y europeas están llenas de jóvenes, los ejecutores del asalto al Capitolio norteamericano eran en su mayoría gente joven y los troll centers del planeta tienen casi exclusivamente empleados jóvenes trabajando contenidos de odio ya que -pareciera- son los que mejor pueden manejar el discurso del odio sin tanta culpa ni prejuicios que entorpezcan el camino de la infección social iracunda.

¿Siempre fue la juventud la fuerza de choque para los caminos de acción de la violencia y el odio? No. Esa franja etárea cobra preponderancia social recién en la segunda mitad el Siglo XX, por lo que el fenómeno no tiene más de 70 u 80 años.

Ahora sí, por “nuevo” no deja de ser una realidad concreta: en nuestros días pareciera tener la juventud casi la exclusividad en la ejecución de acciones de violencia marginal. No estamos hablando del armado, ojo eh, no, no; porque el armado o construcción del clima de violencia no es joven, ese es bien pero bien adulto.

Aquí es donde entra Woodstock 99.

Paz, amor y ultraviolencia

Quien quiera ver cualquiera de los tres documentales sobre Woodstock '99 que se estrenaron en las plataformas Apple TV, Netflix o en HBO Max, tendrá la oportunidad de ver como -desde una adultez hegemónica y reinante- se tejió de manera desaprensiva un camino de violencia joven sin parangón en la historia de las expresiones vinculadas al entretenimiento, y no solo dentro de la cultura norteamericana (que es el espejo de casi todo el planeta) sino en la historia del mundo todo.

Los tres productos audiovisuales mencionados se encargan de reseñar con lujo de detalles las alternativas que convirtieron (en solo 72 horas) al festival por los 30 años de Woodstock -el festival ícono de la paz y el amor- en un acto de violencia colectiva de dimensiones escalofriantes. Quienes necesiten un back up o una refrescada de datos al respecto, aquí les va:

En 1999 el productor de espectáculos John Scher y uno de los creadores del Woodstock original, Michael Lang, se unen para poner en escena la tercera edición del festival, ya que en 1994 -para los 25 años del primero- se hizo el segundo en el que la organización (dicen) perdió una cantidad importante de dinero por la gente que se coló fácilmente cortando el alambrado perimetral.

Previendo no perder esa cantidad de dinero, Lang y Scher fueron a lo seguro: armaron toda la infraestructura para 4 días de música casi ininterumpida en un predio militar en desuso al que no era fácil acceder sin entradas, ni mucho menos. Claro que no tuvieron en cuenta algunas cosas fundamentales: que -como buen campo militar- casi todo eran playones de concreto y caminos asfaltados por donde antaño pudieran circular camiones militares, todas superficies que aumentan en cinco y hasta en diez grados la temperatura. Ni siquiera el sector de carpas tenía la posibilidad de armar sobre el verde, porque verde no había. Es más: no había un solo árbol y cuatro centenas de miles de personas armaron sus tiendas en el predio barroso/cementado que se ubicaba justo... al lado de los baños químicos.

Ahora imaginen el calor del verano total de una patria de por sí calurosa y encima recalentada por el efecto invernadero. Imaginen que no hay demasiada agua potable para consumir, que la poca que hay comienza a contaminarse con las aguas servidas de detritus de las propias heces de las personas que defecan de a miles por día. Listo, no imaginen más, porque es un asco.

Y no es todo: en el sector de abastecimiento comercial de bebidas y comestibles, una botellita de agua que afuera se compraba a 30 centavos de dólar (pero que te la quitaban en la entrada) aquí dentro costaba -dependiendo del día- entre 4 y 10 dólares. Ni hablar de una hamburguesa, un pancho, o un simple pretzel.

No voy a demorarme más en los detalles. El resultado final de todo esto fue: la mayoría de las instalaciones del festival prendidas fuego, centenares de heridos, un número no precisado jamás de personas muertas durante esos cuatro días y decenas y decenas de casos de violaciones sexuales denunciadas desde ese entonces hasta ahora.

Los testimonios de los responsables de la organización del evento (Scher y Lang) están presentes en los tres documentales anteriormente citados, porque desde 199 hasta la fecha ninguno de los dos se niega a dar declaraciones a nadie que se las pida, pues sueñan con despegar sus nombres de cualquier responsabilidad que les pueda competer en todo aquel acto de violencia masiva. Adultos los dos, constructores ambos (¿instigadores “involuntarios” podría decírseles?) pero émulos pares de Poncio Pilatos.

Scher es más claro y menos resbaloso: él le echa la culpa al barbarismo en el que supuestamente ya vivían los jóvenes desde 1999, y a la MTV, que transmitió en vivo el festival y supuestamente les llenó la cabeza a los concurrentes con que todo se estaba dando de manera usurera e injusta dentro del predio. Un torpe malicioso. Pero Lang es más siniestro aun, para él la culpa no es de los jóvenes, ni de la organización. Desde su discurso new age burgués, todo esto ha sucedido porque tenía que suceder. Y se para en cámara y lo dice con una tranquilidad zen plástico/premeditada. Y ya.

Cualquiera de los tres documentales que veas muestra esa realidad, ya sea “Clusterfuck Woodstock” (el kilombo de Woodstock '99, de Netflix) “Woodstock Wrecktrain” (el descarrilamiento de Woodstock, de HBO) o “Woodstock, peace, love and rage” (Woodstock, paz, amor y furia, de Apple TV), algunos tendrán más contenidos de análisis sociológicos, otros más contenidos de perspectiva de género, otros más lecturas sobre políticas corporativas en el mundo del espectáculo, pero los tres muestran la miseria adulta operando para que la juventud estalle. Las huellas previas, bah.

La lectura sobre la (i)rresponsabilidad adulta en el montaje de este desastre, es decir: la actitud ideológica de avaricia transformada en bomba de tiempo, abrieron directamente la puerta a los acontecimientos que luego sucedieron en el predio: la juventud se enfureció un poco más cada día, se intoxicó paulatinamente de sus propias heces, del odio al marketing y al mundo adulto, entonces violó y finalmente -cuando el festival estaba terminando- arrasó y prendió fuego todo.

¿Cuánto de todo esto ya estaba escrito de antemano? Mucho. Las violaciones fueron posibles por una cultura patriarcal violenta que habitaba (y habita) fuera del predio del festival desde hace milenios. La violencia del final también, habita en cada una de las personas que acometieron esa noche de disturbios desde mucho antes de entrar al predio. Son valores circundantes, respuestas reaccionarias fáciles que vienen acumulándose desde hace mucho tiempo. Y todas están apuntadas para que la juventud -formada en esas violencias legalizadas- explote en cualquier instante.

Ninguna de las bandas o solistas que participaron del evento, de las que fueron entrevistadas para estos documentales, hacen una lectura sobre el clima de violencia social que antecedió a esta demostración de furia colectiva. Solo tres mujeres se animan a arrimarse un poco a esas respuestas: Sheryl Crow, Alanis Morissette y Jewel. El resto se desentiende casi por completo. Pero nadie -desde el lado de los artistas entrevistados- fue capaz de jugarse por un intento de explicación macro. Demás está decir que los Lim Bizkit con las permanentes arengas desde arriba del escenario para romper todo, y los Red Hot Chili Peppers tocando la incendiaria canción “Fire” de Hendrix cuando la organización les pidió que subieran al escenario tras el bis bis y arengaran a todos para que no siguieran prendiendo fuego las cosas, solo demuestra lo cabeza de termo descomprometidos que pueden ser los artistas. Aquí hagamos un paréntesis: tanto los Bizkit como los Pepper por aquellos años eran jóvenes, es decir: la misma franja etárea que su público, el que iba a arrasar todo. A diferencia de que ellos se subieron a sus limusinas y se fueron por la parte trasera del escenario mientras todo ardía...

¿Y las corporaciones? Bueno, sobre los organizadores ya hablamos, Scher y Lang: dos asquerosos sin escrúpulos. Peor ¿y el resto de las corporaciones participantes? Bueno, la cámara de comercio involucrada en la concesión de alimentos y bebidas: asesina. ¿La corporación mediática?: MTV, que durante meses vendió el festival como lo moralmente mejor que le podía pasar a una generación global de telespectadores, fue hasta allí, transmitió el abuso en vivo y en directo y dijo que era un festival grandioso, y luego se retiró -durante el último día- cuando los estaban apedreando desde el público. A partir de allí se despegaron por completo de todo lo sucedido. ¿Y la corporación política? Bien, gracias: solo aparece Joe Griffo, el alcalde del pequeño pueblo (Rome) en el que se hizo el festival. Sus declaraciones actuales son penosas, y las imágenes de archivo en las que se lo ve tapando en tiempo real y con frases bonitas todos los abusos y carencias vividas dentro del predio, dan más pena aun.

En ese contexto de huellas adultas de época, que fueron pregnando la escena del crimen con sus marcas de ausencias, malicias, mensajes morales confusos y actos de corrupción, se construyó el mayor acto de violencia joven colectiva de la historia de EEUU. Es para repetir: no se sabe que cantidad de pibes murieron en esos cuatro días (solo se contabilizan directamente cuatro casos) ni que cantidad de personas resultaron heridas de gravedad, mucho menos cuantas mujeres fueron abusadas exactamente. Pero todo eso pasó.

Por todo esto, lo que pasó durante aquellos cuatro días en una base militar en desuso, es un claro ejemplo de una huella que -si queremos prestar atención- es perfectamente rastreable. Ustedes dirán “¡pero pasó en EEUU hace casi 25 años!”... Minga: pasó en este mundo globalizado que copia a EEUU porque consume EEUU todo el tiempo. No en vano todas las personas jóvenes de Revolución Federal que estuvieron derredor del atentado a la vicepresidenta aman la justicia pistolera norteamericana, la citan, la adoran. No en vano toda esa juventud tiene el mismo discurso anárquico del individualismo que profesan los gorilas de pieles sintéticas que atacaron el Capitolio yanqui. No en vano todxs nosotrxs reconocemos con familiaridad pasmosa el clack clack del arma de Sabag Montiel. Porque las huellas del odio y la violencia siempre están ahí, nítidas, en el antes. Como en Woodstock 99, como en los atentados públicos con armas de fuego en EEUU y eventualmente en distintas ciudades de Europa, como en cada acto de violencia que busca que los jóvenes sean los protagonistas ejecutores. ¿O no?

Decime si exagero...

29/07/2016

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