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Columnistas
03/07/2022

Fuerte mensaje del colectivo cultural argentino al neoliberalismo

Fuerte mensaje del colectivo cultural argentino al neoliberalismo | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

La centro derecha y la derecha se mordieron los labios cuando la campaña militante por mantener las asignaciones presupuestarias a los organismos de cultura triunfó y el Congreso prorrogó por 50 años la quita a los entes de fomento a la cultura. El mensaje fue claro: ¡Por supuesto que vale la pena luchar!

Fernando Barraza

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Este último trimestre sonó la palabra cultura ligada a la palabra desfinanciamiento con insistencia. Muchas personas en Argentina se enteraron que estuvo a punto de suceder algo bastante grave en materia de producción cultural, y primero -como sucede por lo general- se lo hizo saber la derecha, y de la manera más odiosa.

Empresas multinacionales de información (grupo La Nación, grupo Disney y grupo Clarín, entre otras pocas y masivas) le habilitaron micrófono y cámara a los sujetos más rancios del conservadurismo político para que celebren la desfinanciación y emitan opiniones confusas y descalificantes sobre las asignaciones presupuestarias específicas que recibían y/o generaban entes autárquicos como el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), el Instituto Nacional del Teatro (INT), Radio y Televisión Argentina Sociedad del Estado (RTA), ENACOM, la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) y el FOMECA (fondo creado para proyectos especiales de comunicación audiovisual y el apoyo a medios comunitarios, de frontera, y de Pueblos Originarios), todas entidades de fomento federal de cultura.

El discurso de estos eternos cachivaches de la sociedad (Espert y Milei entre los políticos, Canosa, Feinmann y Etchecopar entre les comunicadores, solo para mencionar a las figuritas más reaccionarias, pero la lista es más amplia) apuntaba a lo que suelen decir siempre: que el estado debe dejar de gastar dinero en subvencionar a agentes de la cultura que no son masivos, acusándolos -como siempre- de vividores del erario público.

Lejos de comunicar o reflexionar sobre el funcionamiento aceitado de fondos que ingresan a estos entes, produciéndose de manera autárquica y ordenada, vendían el humo de que se estaba gastando “nuestra plata” en pavadas. Ninguno mencionó que la plata de esas entidades proviene de impuestos, tributos, sellos y multas cobradas a empresas y usuarios del mismo universo de la producción cultural y que no desfinancian a ningún otro sector del estado. Los muy cretinos tuvieron un par de semanas en los que intentaron hacer creer a un público masivo (porque mirá que les dan aire, eh?) que era muy bueno que se desfinanciara la cultura. El discurso difamante prendió en una parte de la sociedad que está lista y dispuesta a odiar a todo lo que les dicen que debe odiar, pero por suerte el resultado no fue el esperado por los exégetas de la desfinanciación. El entusiasmo por permitir que arrasen con los fondos de los entes no fue tal. Y mucho se debe a que -por suerte- las personas odiantes no militan. Comentan en redes, cacarean virtualmente, pero si hay que militar una idea fuera de la Internet, no suelen mover un dedo. Por suerte, vale la pena repetirlo una y mil veces: por suerte.

En la vereda de enfrente sí hubo militancia. Muchísimas agrupaciones y personas referentes de la cultura argentina se pusieron a trabajar para intentar explicar lo que estaba sucediendo y lo hicieron con claridad, más allá de lo embarrada que habían dejado la cancha (¡como no!) las bestias del odio. Y no solo hubo excelentes explicaciones para la opinión pública, también hubo acciones allí donde debían suceder para que fueran efectivas: en las comisiones parlamentarias pertinentes.

La cosa era sencilla y había que actuar con rapidez y en conjunto. Resulta que en la neoliberal reforma tributaria aprobada por el Congreso en 2017, que fue votada a favor por el Pro, Unión Cívica Radical, la Coalición Cívica, Evolución Radical, Frente de la Concordia Misionero, Frente Cívico por Santiago, Salta Somos Todos, Somos San Juan, Partido Intransigente de Mendoza, Elijo Catamarca, Movimiento Popular Neuquino, Córdoba Federal y Justicialista por Tucumán; y en contra por Frente para la Victoria-PJ, Compromiso Federal, Partido Socialista, Peronismo para la Victoria, PTS-Frente de Izquierda, el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, Libres del Sur, Somos Mendoza, Primero Argentina, y Nuevo Espacio Santafesino (esta lista de votaciones es bueno recordarla), se dispuso que a partir de diciembre de este año caía el artículo 4° de la Ley 27.432, por la que los organismos de fomento a la cultura mencionados más arriba dejarían de recibir las asignaciones específicas al finalizar el último mes de 2022. Esto quería decir que los fondos conquistados por las organizaciones en años de legislación y reglamentaciones, y que habían traído bonanza y distribución verdaderamente federal a través de beneficios devenidos de un manejo autárquico, caerían para pasar directamente al Tesoro Nacional y de allí su uso sería discrecional, al gusto que cada gestión determinara. Todo a dedo. Todo antojadizo. Todo muy neoliberal.

Esto no sucedió, porque el tres de mayo de este año -y a instancias de una fuerte y efectiva militancia a favor de la continuidad de la autarquía- la comisión de presupuesto del Congreso se puso las pilas y lxs legisladorxs emitieron dictamen de mayoría al proyecto de ley que prorrogó hasta el 31 de diciembre de 2072 las asignaciones específicas previstas para industrias e institucionales culturales. En los palcos del Congreso había referentes de la cultura mirando y arengando. Por supuesto que en la sesión hubo diputados que dieron vergüenza ajena tratando de mantener discursos en contra de la prórroga, y que los medios empresariales de comunicación les sacaron al aire en vivo, pero afortunadamente quedaron solos y en orsai, tanto lxs legisladorxs como los medios.

Esto que pasó, y que puede haber quedado un poco relegado en el olvido por la vorágine de noticias en la que vivimos, sucedió hace solo dos meses, y en su proceso de maduración debe generar una reflexión enorme en todxs nosotrxs, más allá del corto acto de celebración que generó cuando pasó. Una victoria de este tipo puede parecer acotada, pero es inmensa, pues se trata de una victoria que trasciende el campo de lo cultural y se expresa también en el terreno de lo político con mucha fuerza.

Ahora: las personas que bregaban por la difamación y la aplicación del recorte presupuestario de estas entidades ¿respondían a algún interés en especial o simplemente lo hacían por cuestiones de ideología “anti estatista” (de alguna forma hay que llamar a la manera espantosa en la que piensan muchas cosas)? A ver, hilemos fino por un rato:

Si los fondos autárquicos de las instituciones que fomentan y financian emprendimientos culturales independientes y plurales se cortaban para empezar a ser discrecionales, el resultado final iba a ser un desastre total y garantizado. Para empezar, la cuestión federal de la generación de la cultura se hubiera caído a pedazos, y no es suposición: eso sucedió durante la dictadura, el menemismo y el delarruísmo. Para continuar la catástrofe, las voces diversas hubieran perdido terreno casi por completo, pues la capacidad financiera de producción y de distribución de quienes comunican, cuentan o ficcionalizan desde las minorías (periferias sociales, multiplicidades étnica y diversidades en general) se quedarían sin financiación para emprender y -no nos engañemos- no son parte de un relato y una realización que les interese a las empresas trasnacionales, más allá de casos aislados.

Y esto último no es una opinión maliciosa en contra de los imperios audiovisuales que compran contenidos producidos en Argentina, más bien es un hecho cotejable: todas las apuestas fuertes argentinas estrenadas en los gigantes del streaming este año son productos diseñados para no tener identidad regional, propia y definida. Revisen títulos y lo verán, todos son una apuesta al hacer cine a la norteamericana (sucede en Argentina y en cada país donde las empresas concentradas producen). Ejemplos: la de Francella como si fuera una estrella de un late show, la de Peretti como si fuera un asesino serial hollywoodense y Minujin un periodista de Los Angeles, la de Luisiana Lopilato haciendo de mujer policía detective tipo serie de Fox, y así...

Y solo hablamos de Netflix, pero si quieren también podemos analizar lo que ha hecho en Argentina Disney +, que produjo “Entrelazados”, una serie que cuenta la historia de Allegra, una adolescente que trabaja en la compañía de teatro musical Eleven O’Clock y quiere convertirse en la protagonista de una obra que se llama “Freaky Friday”, o la otra apuesta de la cadena del ratón, que estrenó “Los Macanimals”, un calco de una comedia tipo sitcom norteamericana realizada por una productora de nombre Non Stop. El resumen de ambas propuestas exime cualquier comentario aclaratorio sobre las voces regionales que no se intentan mostrar en estas cadenas. Solo piensan en contenidos globalizados que no choquen ni por asomo con el standard norteamericano de lo que se entiende por relato audiovisual.

Como se verá, no asoma por el horizonte ni una sola inversión que permita pensar que las voces federales y diversas tengan posibilidades de encontrar aire, pantalla y proyección fuera del apoyo que los entes de fomento a la cultura proporcionan cuando funcionan con autarquía. Y eso que solo ejemplificamos con las ficciones audiovisuales. A esto se le puede sumar la producción musical, la editorial literaria, el teatro y todas las otras disciplinas culturales que iban a quedar desfinanciadas. Todas ellas iban a correr la misma suerte: a pasteurizarse o a morir.

Celebrar esta victoria, entonces, es preciso y es necesario. Es un triunfo político que desanda el camino de la pasteurización al que se cae cuando gana y domina el desentendimiento de una sociedad por sus propios intereses colectivos. En este caso los culturales. Por eso es bello, ejemplar y hasta un poco épico haber librado esta batalla y haberla ganado, porque demuestra que -a pesar de que tienen toda la prensa y todo el apoyo mediático- los rancios que trabajan día y noche para el beneficio corporativo y en contra de sus propios pueblos no siempre son oídos ni tienen el triunfo garantizado solo por pertenecer (a veces ni siquiera eso) al sector que dicta el discurso dominante.

Valga este ejemplo para un futuro, traspólese a otros ámbitos sociales, no solamente el cultural. Luchar colectivamente por no ser pisados y desaparecidos es lo mejor que nos puede pasar como pueblo. El simple acto de no haber dejado que se desfinancien los entes culturales ha dejado esa confirmación. En buena hora, y bendita sea.

29/07/2016

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