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Columnistas
29/05/2022

Decime si exagero

Un irresistible mundo de distopías animadas

Un irresistible mundo de distopías animadas | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

La serie animada “Amor, muerte y robots” acaba de estrenar su tercera temporada y ya se perfila como un verdadero clásico de todos los tiempos en materia de animación para adultos. Estéticamente impactante, conceptualmente imperdible. Aquí van varios motivos para no perdérsela.

Fernando Barraza

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¿Puede una serie con un formato excéntrico, llamada “Amor, muerte y robots” y con una estética cambiante en cada episodio ser un éxito global de público y crítica? Por qué no.

La demostración de que sí se puede es la mismísima serie entrando triunfalmente a una tercera temporada consecutiva con un público que no le para de crecer y con la devoción viral en cada una de las redes digitales del planeta.

¿Sabía el equipo formado por Joshua Donen, David Fincher, Jennifer Miller, y Tim Miller que la serie los iba a posicionar al tope de las preferencias antes de lanzarla? Probablemente. Solo hay que empezar a analizar cada uno de los miembros de esta ecuación de productores. Veamos:

Joshua Donen es hijo del célebre productor Stanley Donen, aquel tipo que construyó hitos de la historia del cine como “Singing in the rain” (Cantando bajo la lluvia), “Seven brides for seven brothers” (Siete novias para siete hermanos) o “Blame it on Rio” (Échale la culpa a Río), todos súper éxitos de taquilla y crítica que se diferenciaron del cúmulo de las películas coetáneas a su estreno por ser bien pero bien distintas al pelotón ¿Cómo lo lograba? Pues bien, siendo el terrible personaje que era el bueno de Stan: tan productor como director y tan coreógrafo como guionista, un hombre todo terreno y distinto. Ustedes dirán: bueno, pero ser “el hijo de” ¿te convierte en un talento? No, pero si sos alguien que se forma profesionalmente desde pequeño con tu padre, aprendiendo el oficio con uno de los mejores de “los distintos”, pues bien, algo te llevás ¿verdad? Y eso pasó. Por eso Joshua encontró el éxito cuando apostó -hace ya varios años- a una serie distinta como “Spartacus”, mucho antes de que la antigüedad estuviera de moda; o arrancó en punta produciendo “House of Cards” en Netflix cuando nadie soñaba que se podía construir un fenómeno global en una plataforma de streaming que no era conocida a nivel mundial (¡y mucho menos con una serie de un hombre inescrupuloso de la política grande que rompía constantemente la cuarta pared para hablarle al público!); o triunfó con “Mindhunter”, esa serie que está enteramente construida sobre el fenómeno forense de la psicología criminal y la elaboración de perfiles criminales en el FBI. Es decir: Joshua aprendió de su padre que “lo distinto” puede posicionarte, y vaya si ha logrado confirmar el terorema.

El segundo en la ecuación de “Amor, muerte y robots” es el más conocido de los cuatro mosqueteros: David Fincher, el director que arrancó muy jovencito para hacer la tercera parte de la mítica saga de “Alien” y la rompió. A partir de allí la industria del cine le dio changüí (gugleen fuera de la Argentina y Paraguay que significa el término) y el tipo no paró de meter hitazos aquí y allá filmando películas que oscilaban entre “lo que el público espera de un film” y “lo que al público ni se le ocurriría pedirle a un film”. En esta lista figuran largometrajes como “Se7en”, “El club de la pelea” y la muy reciente “Mank”, que cuenta la historia de Herman J. Mankiewicz, el célebre guionista maldito de la época de oro de Hollywood que co-escribió junto a Orson Welles el que quizás sea el mejor guion cinematográfico de todos los tiempos, el de “Citizan Kane”. Bueno, no es casual que quien dirige ese biopic sea Fincher, pues Mank (el personaje real) era la perfecta síntesis entre el guionista que escribía éxitos y el lunático que hacía lo que quería, que es un poco la impronta de Fincher. Bien, este personaje se conoció con Joshua Donen dirigiendo sendos capítulos de “Hosue of Cards” y luego co-produciendo y dirigiendo varios capítulos de “Mind Hunter”.

El tercero en aparecer aquí es Tim Miller, un animador, guionista y director fuera de serie, el fundador de uno de los estudios de animación más originales de la industria norteamericana del cine que es el Blur Studio, una verdadera máquina de generar caracteres (personajes) intensos, a veces extremos y siempre humanos que entró en el negocio grande del cine animando secuencias de títulos para 20th Century Fox y terminó de ganarse un sitial de privilegio empresarial y creativo cuando Marvel dejo en manos de Miller y su equipo la dirección de la primera película de Deadpool, incorrecta e innovadora en lo que ahora es la architrillada estética de los súper héroes rebeldones y sarcásticos. Pues bien, un sujeto así es ideal para supervisar las animaciones de LA SERIE DE ANIMACIÓN de los últimos tiempos ¿no? Sobre todo si es respaldado por la cuarta figura de esta mesa de producción.

Y dejamos para el final del conteo a la maravillosa estrella de la contracultura de este equipo. Su nombre es Jennifer Miller, es la hermana de Tim, y se define a sí misma como “artista de circo, malabarista, tragafuegos, escritora, profesora, empresaria y activista estadounidense”. Ninguno de los diplomas que se cuelga es vano o metafórico: Jen es mujer barbuda de circo desde su juventud (de su hirsutismo ha hecho un arte expresivo), es malabarista y tragafuegos, es escritora de ensayos y ficciones y es una activista militante por los derechos del colectivo Queer internacional. Su profundo humanismo, construido sobre lo que el mundo heteronormativo puede considerar “feísmo” (como estética de la belleza en lo que se prejuzga como feo) es un condimento esencial para una serie como ésta, que hace que el 90% de sus capítulos dancen en la estética de la belleza que surge de la catástrofe, el desorden y la abolición de los estereotipos.

Con este equipo, la propuesta no podía fallar. O sí. Quien sabe que puede funcionar en un mundo tan chapita como éste. Ahora gugleen lxs lectorxs de fuera de la Argentina el término “chapita” y continuemos.

Lo cierto que la inversión y la apuesta bien valió la pena, y el 15 de marzo de 2019 la N roja estrenó la primera temporada de la serie convirtiéndose en un éxito creciente que no ha parado de exponencializarse a lo largo de estos últimos tres años.

La primera temporada tenía 18 episodios de cortometrajes que oscilaban entre los 6 y los 17 minutos y mostraba una paleta de temáticas que iban desde la más bizarra comedia futurista, como en “The tree Robots” (Los tres Robots) corto diseñado y creado por el estudio español (sevillano) Blow Studio; o trabajos emotivos y mágicos como “Good Hunting” (Buena cacería) diseñado por el talentosísimo estudio coreano Red Dog Culture House, por mencionar solo dos universos heterogéneos de los 18 que integran esta primera temporada.

Seis meses después del estreno, Netflix quiso más, y exigió una segunda temporada, que esta vez tuvo 14 episodios. El equipo sumó una jugadora más como para darle un nuevo aire a la producción y llamó a Jennifer Yuh Nelson, la primera mujer animadora de un largometraje en la historia del cine todo (fue directora de “Kung Fu Panda 2”, que le pasó con un trapo a la primera). Buena incorporación, pues si bien el arco de comedias, distopías, capítulos existenciales y capítulos de romanticismo épico continuó, el cúmulo tiene su personalidad distintiva y no es una mera continuación de la primera.

Todo este tiempo de las dos temporadas disponibles en la N deriva en el más reciente estreno de la tercera temporada, que es como una suerte de seleccionado de grandes animadores de la actualidad que van entrando en lo que ya se encamina a convertirse en una de las principales series de este siglo.

En esta tercera temporada tenemos, por ejemplo, el primer capítulo dirigido por su productor estrella: David Fincher se pone al mando del impactantísimo “Mal viaje”, uno de los mejores cortos de esta serie. También reaparece el español Alberto Mielgo, que en la primera temporada hizo “La testigo” (un cortometraje hitchcockeano, tan sensual como despiadado) y ahora entrega la mágica “Jíbaro”. Las sorpresas son varias, pero no vale la pena ampliar ¡porque ampliación a veces es spoiler!

Lo cierto es que la serie -con esta tercera temporada- ha expandido sus horizontes de llegada y ya es uno de las producciones de animación más celebradas de este siglo, haciendo prevalecer varias cosas importantes. Por un lado trae de regreso a un público masivo el viejo y querido poder de llegada del cortometraje, un género adorable e implacable que dormía el sueño de los justos para el gran público. Por otra parte devuelve el viejo espíritu de excitación del volumen heterogéneo, como si asistiéramos a una importante antología de cuentos que están encadenados por un mismo espíritu tan inquietante como atrapante; desde hace mucho tiempo no se disfrutaba de una propuesta así de sólida y encadenada. Finalmente deja un hermoso sabor a reflexión sobre temas importantes, ya que -más allá de la maravilla visual de cada producción y sus estéticas fascinantes- en cada uno de los episodios hay un planteo de profundidad que es narrado con tenores muy pero muy esenciales: ternura, desolación, melancolía, comicidad, tenebrosidad, existencialismo... la paleta es impresionante, pero en cada episodio hace que nos espejemos y miremos en derredor: si estamos un poco alienados, si estamos un poco distanciados de lo esencial, del entorno, del resto y de lo que está vivo y late, cada episodio de esta serie nos advierte claramente... ¡es hora de atinar!

Vos tomate un par de días y vete la saga, es un placer darle “siguiente” al final de cada episodio. Dale, vos vela y después... ¡decime si exagero!

 

29/07/2016

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