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6:50 PM
 
 
Argentina
24/04/2022

Noventa años de Irma Cuña

Para estar en la poesía

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En esta segunda entrega de la serie de tres exposiciones sobre la poeta neuquina, se transcribirá el texto de Isabel Vassallo, discípula y también poeta.

En la Biblioteca Nacional en Buenos Aires el 6 de este mes de abril se realizó un homenaje a Irma Cuña, de quien se recuerdan los 90 años de su nacimiento, que se cumplirán en septiembre próximo. Para esa fecha, designada por ley provincial como día de la poesía neuquina, se prepara un programa para recordar a esta poeta e investigadora que transformó el panorama poético y literario de la Patagonia.

Con la organización y coordinación del escritor, periodista y editor Guillermo Saavedra, este homenaje fue la primera actividad del ciclo “El verso argentino”, dedicado a relevar “el pasado y el presente de la poesía argentina”. En esta primera jornada, hablaron sobre la obra y la vida de Irma Cuña, Isabel Vassallo, Jorge Monteleone y Gerardo Burton.

A continuación, la segunda conferencia, a cargo de Isabel Vassallo:

 

Para estar en la poesía

por Isabel Vassallo

 

Gracias a Guillermo Saavedra, que me invitó a formar parte de esta mesa de homenaje a la poeta, docente e investigadora Irma Cuña, a mis compañeros en esta mesa por compartirla y a quienes están aquí, seguramente convocados/as por el relieve de la homenajeada, muchas veces unido al afecto que le profesaron, y para quienes la conocen menos, o sólo de nombre, por el interés en saber de ella.

Durante todos los días en que, preparándome para formar parte de este homenaje, releía textos de Irma y recordaba encuentros puntuales con ella en el Instituto Superior del Profesorado, donde fuimos colegas entre 1977 y 1992, pensaba que es una iniciativa feliz no sólo dedicarle un espacio para recordarla y volverla presente, sino que el espacio concreto elegido sea la Biblioteca Nacional. Porque si bien aquí se guarda una memoria, enorme y diversa memoria, también se la enciende, se la hace arder, se la vuelve viviente, y así el pasado se resignifica en el presente y tiende una hebra de hilo dorado hacia el porvenir, por incierto que este sea.

En mi intervención voy a hacer una referencia a Irma Cuña docente y a Irma Cuña poeta, sobre todo quisiera compartir con ustedes algunas impresiones y observaciones sobre El extraño, el libro de poemas publicado en 1977, el primero que me regaló cuando nos conocimos.

I. La docente

La docencia de Irma a la que yo me refiero es la que ejerció en el Instituto del Profesorado, en la cátedra de Literatura Española II, la del Siglo de Oro - inicio de la poesía moderna en lengua española-; recuerdo que con otras y otros colegas las conversaciones sobre lo que hacíamos en las clases, sobre la Literatura, en fin, era algo que quedaba enmarcado en reuniones, pocas y específicas, de tipo institucional. Con Irma, en cambio, hablábamos de nuestras clases y de poesía en un pasillo, mientras firmábamos la asistencia, subiendo una escalera allá en el edificio de Avenida de Mayo, o años más tarde, en medio de la arquitectura bellísima y desamparada del Colegio Mariano Moreno en Almagro. Pero sobre todo quiero referirme a la experiencia que recojo de exalumnos y exalumnas de ella, hoy colegas con trayectoria y con trayectoria brillante, que han dejado registro, escrito o no, del efecto que producían sus clases. Por ejemplo, hay quien me comentó que entendieron lo que era la poesía el día en que Irma llegó al aula, tranquilizó los ánimos, inquietos y desazonados frente a la dificultad de leer la intrincada sintaxis de Góngora en el Polifemo (las Soledades) y empezó a leer ella los versos. Produjo un efecto encantatorio, y así los y las introdujo en la poesía, dejando para después la reconstrucción de la sintaxis, la búsqueda de términos hoy abstrusos en el diccionario; confluían seguramente allí, en esa aparente magia, su saber, su sensibilidad, su condición de poeta.

Otra cosa que escuché reiteradamente entre alumnas y exalumnas de una misma promoción es que, al preparar la materia para dar el examen final, descubrían todo lo que ella les había enseñado, había –dice una de ellos- “perlas” entre las notas sueltas que podían llegar a tomar y la memoria. Alguien me dice que llamaba la atención “algo del orden de lo pasional que hacía a la no separación entre lo viviente de la literatura y lo literario de su vida”, que le resultaba al mismo tiempo “abrumador y fascinante”. Otro testimonio, de quien labró una verdadera amistad con Irma: “Irma lo dejaba todo en el aula…mientras nos leía un poema, por ejemplo, de Quevedo, se quedaba a veces suspendida [como si] ahí mismo, frente a nosotras, hubiera descubierto o construido algo más, y sonreía de gusto”. Otra observación de quien fue alumno en el umbral de los noventa – en la época en que ella se dedicaba de lleno al estudio de la utopía- dice que en sus clases procedía rizomáticamente, “iba y venía dando vueltas por los textos, tirando observaciones yuxtapuestas, muchas de ellas económicas (:..) o de filiación utópica: Moro, Campanella, Jesucristo, Marx…”

Quiero decir con estas muestras que dejó una marca, una huella poderosa que no se traduce en términos de saber prolijo y exhaustivo, sino más bien en explosiones de sabiduría provocadas desde luego por el conocimiento, pero también por su capacidad de establecer conexiones originales y sutiles entre pasado y presente – digo pasado porque enseñaba una literatura escrita hace tres siglos, a la que sin embargo, dada su impresionante potencia, volvemos-; por su sensibilidad: literaria y ante el desquicio del mundo.

II. La poeta

Si me detengo en El extraño, como dije de 1977 (fechado en el 77 y publicado ese año por Siringa, de Neuquén, aunque los poemas fueron escritos entre 1964 y 1969) es porque creo que hay allí toda una declaración de principios poéticos – y humanos - por un lado en lo que se desprende del epígrafe elegido por Irma; por otro, del prólogo/dedicatoria que preside el libro por lo menos en su edición de 1977.

El epígrafe, tomado del códice matricense de los toltecas (Irma vivió en México y ese paso por México deja marcas muy fuertes en su vida y su poesía), dice: “Tenían la costumbre de hablar con su propio corazón”. Nosotras, nosotros, e incluyo a Irma, venidos/as de Safo, de Dante, de Góngora, y también de Poe y Baudelaire y mucho más cerca y acá no más, de Darío, Vallejo, Juanele, Pizarnik, interpretamos ese bellísimo pasaje -creo– haciéndolo entrar en consonancia con la lírica. Género que ha sido definido -en uno de tantos numerosos intentos por definirlo - como un hablar consigo mismo. Con lo cual siempre hay por lo menos dos -como lo vio Bajtín-: yo y ese a quien me dirijo, que puede ser un desprendimiento de mí; mi otro de mí. Casi un tú. Así, integrando en amoroso mestizaje las dos cosmovisiones, la precolombina tolteca y la occidental, la autora de estos poemas está declarando: Esto que van a leer es poesía. Y lo hace afiliándose a una cultura otra, a la que reivindica y de la que se apropia.

En cuanto a su prólogo/dedicatoria, lleva por título “Al poeta y otros extraños” . Dice en el inicio: “Este libro nació por haber descubierto el signo que llevan en la frente algunos extraños: los que no aceptan un mundo heredado y, peor aún, pretenden crear otro con la palabra”. Y añade: “Por eso está destinado al poeta, al artista, al extraño, al hombre, a la mujer y al ángel niño, ya que a ellos, a todos ellos, les cabe ser potencialmente extraños”. Leemos y releemos estas palabras y reconocemos que a la vez que se señala a algunos, unos pocos, los que recibirían la calificación de extraños, potencialmente todos lo serían. En los extraños esa posibilidad se actualiza. Pero no se trata de elegidos, que se consideren ajenos al mundo o separados de él; no los presenta así la autora: no aceptar el mundo heredado implica que el mundo importa; por eso, protagonista de una “búsqueda incansable” que emprende en su acto creador, el extraño querría compartir esa interioridad de la existencia en la que se afincó (estoy parafraseándola). Querer compartir que vuelve necesarios a los otros, “hermanos humanos”. Creo que esta dialéctica entre el único, el extraño que está solo por serlo, y el sentirse parte de un todo que lo trasciende (el hermano humano) es una constante en la poesía de Irma Cuña.

Se puede rastrear ya en Neuquina (1956, muy anterior a El extraño), en ese bello poema titulado “Soledad”, que trae aire de copla machadiana, y que dice: “El que ama la soledad/ama una esfera de fuego/ con que aleja a los demás,/ mientras él se quema dentro./ / El que ama la soledad/lleva sus penas ardiendo.” Pero al que sigue el poema “De todos”, que dice. “Hablarás, corazón, a los que sufran/ con una voz universal tan amplia,/ que al insinuarles tu dolor, descubras/ ese dolor de todos que se calla”. Y que termina diciendo ¡conversando con su propio corazón!: “Corazón mío, tan pequeño: -¡Calla!”. Asimismo, ese juego soledad/hermandad, ser uno/ser con otros, o ser en la desazón frente al mundo se puede cotejar en estos otros dos poemas: el último de Cuando la voz cae (1963), que dice: No descifro vuestras señales. / Me son ajenas como los corazones secretos. /¿Qué he de hacer, / solitaria/ como he nacido entre las cosas?” Mientras en Angélicos (1999), en el borde del siglo XXI, enuncia, cerrando un poema sin título: “…temí / que las serpientes de la indiferencia / descubrieran / la verdadera opacidad de este siglo”.

Para terminar, y trasladando esta mirada sobre su poesía a la persona de Irma, no sabría decir si en ella prevaleció hasta el final la esperanza en la transformación, o en qué forma lo hizo. Lo que sé es que cuando no la abrumaban cuestiones vinculadas con lo cotidiano, el malestar físico, la supervivencia, se experimentaba, en su cercanía, la aspiración cálida y fecunda a la existencia de un mundo otro. A su lado, alguna vibración nos hacía sentir multitud. Ella había querido ir “dos pasos más delante de la indiferencia/y la apatía” y había “[tratado] de ver señales diferentes” (“Epístola universal”). Así, en ella, el estudio del discurso utópico no buscaba menciones ni prestigio: estaba en la prolongación de deseos e inquietudes que arraigaban profundamente en su ser, y que la constituían.

Me gustaría cerrar esta parte mía de homenaje a Irma citando, a la vez, el cierre de ese prólogo/dedicatoria que tomé como centro de mi exposición. Que dice: “Si en él (en el libro) habitará la poesía, ¿para qué pretender una presentación más esclarecedora que ella misma?” Me gusta pensar que los poemas que vamos a leer al final de este homenaje, obedecen a esa advertencia interrogativa de la autora. Leer poesía para estar en la poesía, que es, ya, una forma de entenderla.

29/07/2016

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