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15/09/2019

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Guerras, guerras

Guerras, guerras | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Con Angelino ocurre que lo primero es el disfrute: las palabras iniciales de sus novelas funcionan como un anzuelo, como los títulos de las crónicas periodísticas, como los titulares de los diarios sensacionalistas.

Gerardo Burton

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El primer Salamanca llegó a Entre Ríos en 1858, podría decirse de la mano de Urquiza, que lo había estado rastreando o campeando más o menos desde que asumió al gobierno en el 41. Por entonces, las estancias fiscales, esas enormes extensiones de campo que el General manejaba a discreción como si fuesen suyas, estaban pobladas por el ganado cimarrón que había llegado a esta parte de América traído por los conquistadores andaluces y extremeños. 

Es el inicio de la novela Al país de las guerras, el punto de partida de una parábola que comienza a cinco años de la batalla de Caseros, con Justo José de Urquiza como presidente de la Confederación Argentina y termina poco antes del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, ya en el umbral de esos años 30 a los que “se va a reconocer como a los de la más ignominiosa manera de la infamia” (página 194). El hilo conductor de la narración es la vida de Félix, Santiago y Diego Salamanca -padre, hijo y nieto- desde los remotos tiempos en España del primero hasta la decadencia total de los últimos dos en un campo del centro entrerriano. Félix Salamanca es un inmigrante andaluz buscado por Urquiza para mejorar su ganado con el fin de mejorar la oferta para su principal cliente: el ejército nacional. Los negocios del General, la leyenda de su prole, sus claudicaciones en Cepeda y Pavón, los acuerdos y pactos políticos y económicos con Mitre y con el imperio del Brasil, la crueldad con que se saldaban -y saldan- las disidencias en el país son el telón delante del cual se despliega la primera parte de esta novela, la más reciente de Diego Angelino, publicada este año por la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos. El volumen incluye también, como yapa, su primera novela, Sobre la tierra, llevada al cine por Nicolás Sarquis en 1998, y que comienza así:

El destartalado carruaje emergió de una nube de polvo que todavía flotaba cuando se detuvo frente a la casa, al lado mismo del pozo que abrevaría a los sedientos caballos. (Sobre la tierra, página 205)

Ambas citas son para ejemplificar el placer del lector. Con Angelino ocurre que lo primero es el disfrute: las palabras iniciales de sus novelas funcionan como un anzuelo, como los títulos de las crónicas periodísticas, como los titulares de los diarios sensacionalistas. Golpean como consignas, anticipan el manjar de la lectura, atraen como esas pinturas de Cándido López que ilustran la edición no por casualidad. Esos cuadros -esos fragmentos de cuadros- son vistas panorámicas de la vida en estas trágicas provincias, de historias nada pacíficas y de conflictos nunca sellados: pasan por estas páginas Urquiza -ya se dijo-, López Jordán, Mitre, Sarmiento y los enfrentamientos que empezaron antes, durante y después de la guerra genocida de la Triple Alianza. Nada que ver con la displicencia gris de otros textos, con la morosidad cansina de escrituras sin pasión. Angelino cuenta una historia, o varias: desde el punto de vista de mujeres y hombres comunes, que protagonizan actos heroicos a su pesar y cuyos nombres no aparecerán jamás designando calles, plazas o monumentos. Apenas en lápidas oscuras de cementerios pueblerinos, en el mejor de los casos. Y ésta es una posición del narrador, que abandona -y cuestiona- el papel de historiador y le da una vuelta de tuerca a la memoria para que funcione, para que diga, para que cuente aquello que no relata la historia.

¿Qué hace un entrerriano que a sus veinte años, tras una temporada en Chile recaló en Comodoro Rivadavia, ya no se fue más de la Patagonia y elige escribir? Con el cruce del Salado hacia el sur se convirtió en ex-céntrico. Cierto, Angelino se quedó en esta vasta región que, desde el primer avistaje que hicieron españoles y portugueses, fue motivo del relato de viajeros europeos, científicos o misioneros que, por lo general, la miraban entre asombrados y despectivos. La recuperación de los aborígenes como sujetos, en la literatura y en el horizonte cultural, fue posterior a la reivindicación de los pioneros, esa suerte de nuevos criollos que, aquí en el sur, fueron una mezcla de americanos con inmigrantes de última hora. Es sabido que el colonialismo es cultural pero sobre todo es territorial. Y la descolonización, que constituye un problema cultural, empieza por ser territorial, quizás por ese atavismo que tienen los mamíferos con la delimitación de su territorio. Ésta es, entonces, una posible e inicial interpretación de la narrativa de Diego Angelino. Desde aquí, Angelino edificó su narrativa de manera laboriosa según cuenta en el “Esbozo de autobiografía” que figura al final de la edición de Al país de las guerras. Hay un itinerario de lecturas -su canon también carece de un centro, es más bien un orden creado por la necesidad del escritor parido por un lector curioso, cómplice, voraz. En el listado figuran los pesos pesados -Bioy Casares, Borges, Cortázar, Walsh- algunos mencionados apenas, otros protagonistas de anécdotas, y una relación especial con Juan L. Ortiz y su mujer Gerarda. Hay un movimiento pendular entre los autores mencionados en primera instancia y el poeta del Gualeguay: es el juego pendular entre el centro consagrado y la periferia que ignora al autor de provincias que, no obstante, se constituye en interlocutor-antagonista de aquello que el oficialismo cultural escribe sobre mármol.

Y si de canon se habla, en el prólogo de la novela, Martín Kohan dice que “el juego de centros y periferias asume otra complejidad, combinaciones menos rígidas, más matices y contradicciones” y agrega que “una serie de escritores que se supondría periféricos ocupan en verdad un lugar central en el canon argentino de este tiempo, conformando algo así como una centralidad del margen”. Está por verse si esto es así, o si simplemente significa diluir una disputa que esconde posiciones políticas, compromisos culturales y razones históricas y posterga la discusión. Lo de Angelino, entonces, puede interpretarse como una devolución de favores: afirmar que nadie tiene escriturada la propiedad de una determinada región. Así como tanta literatura argentina actual producida en otras latitudes radica su acción en escenarios y tiempos patagónicos, Angelino, igual que Mariano Villegas y Héctor Mendes, por ejemplo, para mencionar autores coetáneos, decide cruzar el Salado y plantar su narrativa en historias y geografías de Buenos Aires al norte. Eso es lo que hace con Al país de las guerras. (Ver también: https://vaconfirma.com.ar/index.php?articulos/id_6213/novela-en-los-margenes ). Quizás no sea ésa su intención, pero cierto que es posible interpretar esa intromisión en la historia de la Argentina cuando era apenas una confederación de Buenos Aires y trece ranchos, al decir de Sarmiento, como una retribución que a la vez demuele cualquier intención de encasillar a la literatura producida en Patagonia en el incómodo sitio de lo regional.

Datos:

Angelino, Diego: Al país de las guerras, Paraná, Universidad Nacional de Entre Ríos, Eduner, 2019. Prólogo de Martín Kohan. Ilustraciones: pinturas de Cándido López.

Diego Angelino nació en Entre Ríos en 1944 y desde 1964 reside en la Patagonia. Al sur del sur, su primera novela, fue recomendada en el premio América Latina organizado en por el diario La Opinión y la editorial Sudamericana, con Onetti, Cortázar y Walsh como jurados.

En 1974 ganó el premio La Nación con su libro de cuentos Antes de que amanezca (editado con el título Con otro sol), con un jurado integrado por Borges, Bioy Casares y Mallea. Su novela Sobre la tierra fue editada en Barcelona en 1979. En 2011 rompió un largo silencio

editorial con Escrituras, antología de cuentos y relatos. El bumerang vuelve al cazador fue seleccionada entre once finalistas del Premio Herralde de novela 2014. Al país de las guerras es su última novela.

La Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos -Eduner- tiene hoy cuatro colecciones: Tierra de Letras, con las obras completas de Amaro Villanueva, editadas en 2010; el teatro reunido de Arnaldo Calveyra, los cuentos y poesías completos de Juan José Manauta y la obra reunida de Francisco Madariaga; El País del Sauce, textos clásicos de poesía, narrativa, periodismo, con estudios críticos de Ulrico Schmidl, Alberto Gerchunoff, Emma Barrandéguy, Juan L. Ortiz, Rodolfo Walsh y Roberto Arlt; Cuadernos de las Orillas, textos más breves, desconocidos, perdidos o inhallables y Aura, colección de autores contemporáneos, en la que, además de estas dos novelas de Angelino, figura la poesía completa de Marilyn Contardi (ver https://eduner.uner.edu.ar/).

29/07/2016

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