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Ver y oír

El adios al Indio

"Cómo no sentirme así..."

Hay un hilo que entreteje las grandes manifestaciones espontáneas. El 45, pidiendo la libertad de un coronel, el momento en el que muere Eva, o cuando se fue el General, o cuando Diego nos sorprendió porque creímos que nunca se podía ir. Y este viernes, con el Indio Solari, volvió a aparecer ese espíritu que brota irreductible: el pueblo en las calles.

Fernando Barraza (texto) y Pepe Mateos (fotos)

 

-Estos ojos... ¿de quién son?

¿de quién son mis deseos de hoy?

¿y éste insomnio de quién es?”

(“Luzbelito y las sirenas”, 1996)

 

Viernes 5 de junio. La noticia de que el Indio Solari no estaba más en este plano llevaba nada más que una hora al aire y en redes. Todo el mundo se volcó a los medios y a las redes. Al aire se palpaba la electricidad viendo un sentimiento profesional replicado: una cautela un poco miedosa por parte de los panelistas de la mayoría de los canales de noticias y streamings, que especulaban en vivo sobre cuál sería la “forma correcta” en la que el pueblo debería despedir a su amado cantante sin que se produzcan “situaciones difíciles de controlar”. Una frase de una canción de los Redondos cobraba una vigencia inusitada: “Si no me protege el empleado mayor (que proyecta todo el tiempo mi televisor)”.

Tal y exactamente como Solari lo había predicho hace 40 años en “Divina TV Führer”, se ejercitaba al aire un intento bien pensante de control de los miedos para que no se expresara la pasión masiva, la conciencia emocional colectiva. Fue un instante, pero durante el transcurso de la mañana hubo en varias empresas de comunicación, a través de voces cavilantes, un temor concreto a que la emoción popular sea “fea y no prolijita” (frase del Indio a Clarín, hace más de cuatro décadas). Era notabilísimo: cada vez que alguien sugería algo al respecto, el silencio sin respuesta del resto de los panelistas era... de velorio.

Hay lecciones de la historia que parece que casi nadie quiere aprender. Pasan los años, las décadas y los siglos y la enseñanza cae en saco roto. ¿Por qué se repite este acto de torpeza? Desde los gobiernos y desde los medios masivos que los soportan, nadie quiere admitir que siempre será la calle, la gente, el pueblo el que salga a exorcizar el dolor y la bronca a espacios públicos en los que la voz pueda levantarse libre y sin ataduras. Tan maquiavélicos que son, y sin embargo hay algo patológico en no admitir esto, algo pueril, algo de querer tapar el sol con la mano, ¿no?.

El pueblo en las calles sucedió siempre. Hoy que todo está a un solo golpe de google podemos constatar con información que el “a la calle sin ataduras” siempre ha sido el gran acto protagonista de la conciencia de los pueblos expresada de manera inmediata. Y este viernes, detrás de todos los algoritmos y de cualquier manipulación siniestra, volvió a aparecer ese espíritu que brota irreductible: el pueblo en las calles.

Y la calle nunca dicta un orden específico, lineal y totalmente claro. Quizás eso sea lo que más miedo les dé. A la calle -de manera espontánea- acude el pueblo llevando la tristeza, la alegría, la indignación, la euforia, todo eso junto, colectivamente. No es un listado, es un cóctel. El poder que se genera en esos instantes sociales es superlativo.

Hay un hilo que en Argentina entreteje a todas las grandes manifestaciones espontáneas. Al 45, pidiendo la libertad de un coronel, al momento en el que muere Eva, o cuando murió el General, o cuando Diego nos sorprendió porque creímos que nunca se podía ir. Y también están allí otro tipo de instantes, como aquel en el que De la Rúa decreta el estado de sitio y todo ebullicionó en un argentinazo en las calles. Todo está hilado por un sentimiento de acción común y trascendente. El pueblo siempre expresa espontáneamente, y de manera genuina lo que es muy difícil de definir en lo concreto, en lo racional, en lo “definido”. Ahí -volvamos a remarcarlo- es donde les da miedo. Alguien nos señaló durante la tarde/noche del viernes desde la misma plaza de 1945 y el 2026: “Perón era un indio, este es el Indio... ¡parece que les da miedo los indios!”. La frase era pilla, elegantemente pilla, casi ricotera. Hay un temita latente ahí ¿no?, claro que sí. La paranoia a “lo incivilizado”, a lo no controlable en términos emocionales, a la rebeldía que bulle, bah, parece ser inmortal.

Se murió el Indio en una muerte que el mismo venía anunciando: “Solo me falta saber

La fecha y el lugar, y allí iré cantando” decía él mismo sobre sí en “Encuentro con un ángel amateur”, hasta hoy su última gran canción. “Solo espero a que la muerte me encuentre vivo”, dijo luego, con un tono zen, en una entrevista.

Se murió el Indio y centenares de miles de personas de todas las edades, a lo largo del país todo, fueron a compartir a las plazas lo que les estaba pasando, esos sentimientos en común y las vivencias subjetivas: otro cóctel delicioso. La muerte encontró vivo no solo al Indio, que falleció en su jardín, floreciendo, si no a un pueblo entero.

Por todo esto queda en claro que lo que les asusta a los Mandarines no es una mera y fugaz reacción coyuntural de un pueblo ante la partida de un ser amado -que no es cualquier ser, es, permítasenos la parafrase ricotera: “una bomba pequeñita”- lo que le asusta a los Mandarines es lo que sigue después de la catarsis, aquello que el mismísimo Solari aseguraba parado frente al Partenón de la huesuda: “la curiosidad es más grande que el miedo”. Si esa curiosidad se mezcla con dignidad rebelde y amor por los demás “nada ni nadie nos puede... nos puede parar”. Amén.

29/07/2016

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