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Columnistas
21/01/2019

Macri y Bolsonaro cuidan la retaguardia de Estados Unidos

Macri y Bolsonaro cuidan la retaguardia de Estados Unidos | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

De los procesos populares que agitaron a Suramérica hasta mediados de esta década, solo resisten Bolivia -que pronto deberá pasar otra prueba electoral- y Venezuela -sometida a amenazas militares, y a una guerra económica y de propaganda-. Los gobiernos de Argentina y Brasil resguardan los intereses norteamericanos.

Miguel Croceri

Repugnantes e inmundas, moral e ideológicamente, resultan las expresiones de Mauricio Macri cuando califica de “dictadura” a la Revolución Bolivariana de Venezuela, y de “dictador” al presidente Nicolás Maduro.

Igual de repugnantes e inmundas resultan las afirmaciones del ultraderechista Jair Bolsonaro, haciendo alarde de que junto con el argentino comparten “valores de democracia y de libertad”. El mismo que, en una entrevista radial en 2016, dijo que “el error de la dictadura (de Brasil, 1964-1985) fue torturar y no matar”.

(Lo del brasileño es solo una mención, de las muchas posibles, a su habitual violencia retórica. Los múltiples ejemplos se hicieron conocidos en los últimos meses. Por caso, el día que se realizaba la segunda vuelta electoral en el vecino país, el portal Perfil publicó un compendio de frases que llamó “polémicas”. Nota del 28/10/18).

(Las referencias de los dos presidentes a Venezuela fueron realizadas al terminar en Brasilia su reunión de la semana pasada, la primera que mantienen como respectivos jefes de Estado. El diario porteño La Nación, de orientación ideológica similar a ambos, lo reflejó en una crónica. Nota del 16/01/19).

El mandatario argentino jamás repudió a dictadura alguna. Ni a las europeas del nazismo y el fascismo de la primera mitad del siglo XX, ni a las que devastaron América Latina en la segunda mitad de esa centuria, entre ellas las recurrentes que sufrió Argentina.

Mucho menos repudió o condenó nunca jamás a la última de ellas, el régimen genocida que azotó a nuestra Patria entre 1976 y 1083. Solo hizo menciones excepcionalmente, para quedar bien y como referencia al pasar, en muy escasas declaraciones públicas.

En la época del genocidio el poderío económico del Clan Macri, donde Mauricio era un joven jerarca empresarial, dio el gran salto que llevó a sus integrantes a convertirse en multimillonarios, y así pasaron a formar parte de la clase capitalista dominante en el país. En 1973 el grupo familiar era propietario de siete empresas, mientras que, en 1983, al concluir la dictadura, tenían 47.

Se repite: en una década, pasaron de 7 empresas a 47. El dato ha tenido cierta difusión pública en medios periodísticos alternativos y en las redes digitales, pero el aparato comunicacional dominante siempre lo oculta. (A principios del año pasado, el diario cooperativo Tiempo Argentino detalló la información en partir de un estudio que encabezó el militante político, economista y ex diputado Claudio Lozano. Nota del 15/01/17).

La indignación y la repugnancia moral e ideológica por la impunidad retórica de Macri y Bolsonaro son legítimas. Sin embargo, lo más importante es interpretar la disputa de poder a escala mundial que está detrás de los dichos de ambos sobre la “dictadura” venezolana.

No solo dicen lo que dicen porque son impunes. No solo hacen lo que hacen por su ideología derechista y pro-estadounidense. Los actuales presidentes de Argentina y Brasil son, fundamentalmente, quienes cuidan en el sur del continente la retaguardia de los intereses geopolíticos norteamericanos.

Tres primeros lustros del siglo

Los procesos políticos que en América del Sur confrontaron contra los intereses de Estados Unidos y de todo el capitalismo trasnacional, y con las respectivas clases dominantes locales en cada país, abarcaron los primeros tres lustros del siglo. (En términos estrictos se puede tomar como referencia de inicio la primera elección ganada por Hugo Chávez, en 1999, aunque en ese momento todavía el proyecto bolivariano y su perspectiva revolucionaria solo estaban en una etapa embrionaria).

Con el chavismo ya en el poder, en 2003 asumieron Lula Da Silva en Brasil y Néstor Kirchner en Argentina. En 2006 lo haría Evo Morales en Bolivia y en 2007 Rafael Correa en Ecuador.

Otros gobiernos, de menor intensidad transformadora pero que aportaron a la tendencia general en el continente, fueron los del Frente Amplio en Uruguay (que ganó por primera vez en 2005 con Tabaré Vázquez y en 2010 con José “Pepe” Mujica; luego otra vez Vázquez); más algunos gestos soberanos de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet (cuyo primer mandato comenzó en 2006); y la presidencia de Fernando Lugo en Paraguay.

Al finalizar la primera década del siglo XXI, el subcontinente latinoamericano, y particularmente el Sur, vivía una poderosa transformación por la composición político-ideológica de sus gobiernos, la gran mayoría de ellos con una tendencia de centroizquierda o izquierda, o que fueron calificados como progresistas, o que se definían como nacional-populares, y en algunos casos como revolucionarios.

 De los siete presidentes que asistieron a los festejos del Bicentenario, en la imagen solo falta Hugo Chávez.
 

Más allá de las denominaciones, los movimientos políticos con sus respectivos liderazgos que predominaban en el mapa de la región, llevaron adelante acciones de gobierno transformadoras, de distinta intensidad, pero todas orientadas a disputar la capacidad de decisión de los factores de poder tradicionales -locales y extranjeros- para establecer en su lugar políticas que beneficiaron a la mayoría de la población, en particular a las clases populares.

En 2010, los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo en Argentina, fueron una foto de ese momento histórico: invitados por Cristina Kirchner (y con la presencia de Néstor, que moriría pocos meses después), participaron otros siete presidentes: Lula Da Silva, Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, José Mujica y Fernando Lugo. También, como excepción a la regla, el chileno Sebastián Piñera (que hacía poco había asumido su primer mandato en reemplazo de Michel Bachelet, en un país donde no está permitida la reelección inmediata).

El proceso continental duró aproximadamente una década y media. (Los periodos para separar momentos históricos tienen siempre una cierta arbitrariedad. En este caso, se puede tomar como fechas de cambio de tendencia el triunfo de Macri en Argentina a fines de 2015, y el golpe parlamentario que derrocó a Dilma Rousseff en Brasil a mediados de 2016).

Hacia finales de esta segunda década del siglo, Estados Unidos, el capitalismo trasnacional, y las oligarquías y corporaciones locales, ya han recuperado ampliamente el dominio sobre la mayor parte de la geografía que le había sido disputada.

Venezuela y Bolivia

De todos los procesos que agitaron la historia hasta mediados del decenio y que provocaron revulsión -y reacción- en los intereses dominantes locales y extranjeros, solamente sobrevive con cierta fortaleza el proyecto democrático, popular y de reivindicación étnica y cultural que lidera Evo Morales en Bolivia.

También resiste, y heroicamente, la Revolución Bolivariana de Venezuela, pero con una economía devastada, bajo amenazas de ataque militar, y sometida a una guerra diplomática y propagandística feroz del imperio norteamericano, sus gobiernos aliados y los factores de poder del capitalismo mundial.

El hostigamiento desde afuera y desde adentro ha desgastado enormemente al proceso chavista, que de todos modos se sostiene gracias al respaldo de una parte considerable de la población, una conducción firme y patriótica encabezada por el presidente Nicolás Maduro, el sostén de una mayoría de las fuerzas armadas, y alianzas internacionales con Rusia y China, entre otras potencias grandes y medianas.

(Un análisis profundo de la situación actual venezolana fue realizado la semana pasada por el periodista Aram Aharonian, en un artículo para la agencia de noticias Nodal que también fue publicado por Va Con Firma. Nota del 16/01/19).

En cuanto a Bolivia, la fortaleza y perdurabilidad del proyecto liderado por Evo Morales será puesto a prueba, una vez más, en forma inminente. Dentro de pocos días (el próximo domingo, 27 de enero) se realizarán por primera vez en ese país elecciones primarias. De allí surgirán los candidatos que disputarán la presidencia del Estado Plurinacional en octubre venidero. (El tema puede ampliarse con información de la revista digital Cuba Ahora. Nota del 16/01/19).

Pero aun cuando el actual líder y mandatario boliviano resultara triunfante en los votos -ahora, en las primarias, y luego en la elección general- la ofensiva de la derecha local y trasnacional seguirá agravándose. La oposición interna planea desconocer la legitimidad de un eventual nuevo gobierno del presidente originario del pueblo aymara.

Por eso están pidiendo aplicar la llamada “Carta Democrática Interamericana”, que es una cláusula establecida en 2001 por la Organización de Estados Americanos (OEA), por la cual se puede sancionar con la expulsión de ese organismo y otras acciones en el campo de las relaciones internacionales, a un país que no sea considerado “democrático”. (Acerca de las presiones dentro del país, y también desde Europa y otros centros de poder mundial, contra el proceso popular boliviano, informó recientemente la agencia Nodal. Nota del 18/01/19).

Traducido: la -tramposamente- llamada “Carta Democrática” sirve actualmente como un instrumento más para hostigar a Venezuela, y ya está comenzando la escalada para utilizarla a futuro contra Bolivia, si Evo Morales volviera a lograr una victoria electoral.

Coaliciones político-corporativas

Por ahora, Macri y Bolsonaro de Bolivia no dijeron nada. Pero en su momento lo harán si hiciera falta. En su reunión de la semana pasada lo más significativo que hicieron fue atacar a Venezuela, y dar todas las señales precisas de que seguirán haciendo lo necesario (el brasileño asumió hace 20 días, pero con un perfil categórico) para afianzar al capitalismo ultraliberal en cada uno de sus países, y sometiéndose a la geopolítica estadounidense.

Así, dentro del proceso de recuperación de la dominación norteamericana en el sur del continente, los dos cumplen una función relevante. Sus gobiernos encabezan coaliciones político-corporativas que les garantizan la defensa de sus intereses a Estados Unidos y a los grandes conglomerados económicos mundiales. Cuidan su retaguardia.

De todos modos, más que los gobiernos mismos que presiden uno y otro, lo fundamental son precisamente esas articulaciones de poder con las corporaciones. Allí está la clave de los actuales regímenes de derecha que se han apoderado del control del Estado nuevamente, y por lo cual las estructuras estatales, precisamente, vuelven a integrarse con los bloques dominantes, luego de haber sido controladas -al menos parcialmente- durante una década y media, por fuerzas políticas y líderes que les disputaron poder y afectaron sus intereses.

Tanto en Argentina como en Brasil -igual que en Ecuador y Paraguay, mientras Venezuela y Bolivia resisten- los regímenes gobernantes están constituidos, junto con los presidentes, sus equipos de gestión, sus respaldos parlamentarios, etc., por las corporaciones económicas, judiciales, mediáticas, del espionaje y militar-policiales, entre otras.

Así, con esa compleja articulación entre distintas fuentes de poder, sustentada en los mismos intereses y en similares perfiles ideológicos, y que convergen en alianzas políticas que consiguen legitimarse electoralmente, lo que estuvo desafiado durante una década y mediaestá volviendo “a su lugar”: el Estado está otra vez dirigido por personeros de los intereses económicos y geopolíticos extranjeros que, dentro de sus estrategias de dominación planetaria, controlan esta parte del mundo.

Y en los dos países más importantes del sur del continente -al menos por ahora, aunque cualquiera de ellos puede ser sustituido si llegara a perder sustentabilidad política-, ese trabajo sucio lo hacen en primer lugar Macri y Bolsonaro.

29/07/2016

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