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Recuerdo que cuando era chico, y nací en un año en que estaba a pleno la segunda guerra mundial, se decía desde una derecha encubierta de sentido común, que las guerras eran necesarias. ¿Necesarias para qué?, me preguntaba? Para limpiar a la Humanidad de las malas ideologías encarnadas en etnias no puras, según selectivos criterios, o para disminuir drásticamente la población de un mundo superpoblado, y sobre todo para que la ciencia pudiera avanzar. Así fue como la cohetería y la ciencia misilística cobran un inusitado impulso que llega hasta nuestros días.
Claro que semejantes propósitos tuvieron el módico precio de más de 66 millones de muertos, más de la mitad de ellos civiles.
El gobierno de Macri, empecinado en destruir la industria nacional, el empleo y menospreciar el salario público y privado, hace tabla rasa con todo lo que represente población económicamente activa y no mueve un dedo para frenar la sangría que representan tantos despidos, porque en el fondo los que sostienen los beneficios de la tierra arrasada, creen que si se destruye todo, serán ellos los que podrán construir una nueva sociedad con sus normas y con su cultura. Que no es otra que aquella hecha a imagen y semejanza del rostro más siniestro del capitalismo, el mismo que se creó en base al lodo y la sangre de millones de personas.
Entonces, como alumnos del mal, dejan que se despliegue la destrucción con total naturalidad en base a condiciones económicas creadas por ellos mismos, lo cual produce la parálisis y la muerte del empleo industrial en la Argentina.
Concluyen en que esa sangría es necesaria para que nazca un nuevo país, de élite, con un homogéneo color en la mayoría de sus componentes: rubios y de ojos celestes.
No estamos contra la tecnología o el progreso. Estamos contra un programa de gobierno diseñado con la intención de pauperizar para restar valor al trabajo y favorecer el desempleo, así como el cierre de fábricas, obedeciendo también a los dictados de EEUU, que no quiere industrialización en ningún país de Suramérica porque quieren ser ellos los únicos proveedores de bienes, así aseguran el pleno empleo en su propio territorio.
Su visión del mundo no es ecuménica sino sectaria y fanática. Ellos producen todo este desmadre que ocurre con el desarrollo de los pueblos porque solo piensan con egoísmo, como los justificó Adam Smith, en su calidad de nación gendarme del mundo.
Visto así, claro que las guerras terminan siendo necesarias o funcionales a los intereses de quienes dominan las variables del poder político y bélico. Lo que no dicen ni comentan es el costo real en calidad de vida de esas medidas extremas inspiradas en teorías, en caso de estar bien informada, la Humanidad en su conjunto repudiaría.
No hay nada más valioso que la vida, y el trabajo es el instrumento que califica para que aquella pueda desarrollarse en paz. Se supone que es misión de los Estado proveer lo necesario para que los hombres y mujeres se realicen como tales, porque no tendrán otra oportunidad que la que les ofrece su tiempo vital.
Todo lo que se pretenda mediatizar para justificar el sacrificio humano, como las necesidades económicas reflejadas en indicadores que se suponen relacionados con una futura satisfacción tal y como prometen ciertas teorías utópicas, no merecen la menor consideración si subestiman lo que suelen generar: pobreza, enfermedad y marginación.
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