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El comienzo de 2019 presenta una escena política en Latinoamérica donde, por un lado, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (quien asumió hace un mes y medio, el 1ro. de diciembre pasado), lidera un ambicioso proceso de recuperación moral y material del país, basándose en valores esenciales para la vida de cada persona y del pueblo en su conjunto.
No por casualidad, la fuerza política que él mismo fundara años atrás y con la cual -aliado con otros sectores- ganó las elecciones, tiene como clave semántica de su nombre a la palabra “regeneración”: el partido se llama “Movimiento de Regeneración Nacional” (Morena).
A su vez, el otro país latinoamericano más poderoso por el tamaño de su economía -además de su extensión territorial y su población-, Brasil, está gobernado desde hace dos semanas (asumió el primer día de este año) por el ultraderechista Jair Bolsonaro, quien llegó al poder como resultado de un proceso electoral fraudulento y es un extremista en todo sentido.
En solo unos días, demostró su peligrosidad para la paz del continente al insinuar alianzas “bélicas” con Estados Unidos e Israel, al mismo tiempo empezó a darle todo el poder económico y las riquezas naturales brasileñas a las empresas y bancos trasnacionales, profesa un fanatismo religioso mesiánico, ultra-conservador y autoritario, y sus rasgos neofascistas amenazan con eliminar los derechos individuales, las libertades públicas y las garantías democráticas.
(Digresión: así como en López Obrador cobra particular relevancia la palabra “regeneración”, en Bolsonaro es elocuente el nombre que él se inventara para sí mismo: “Messías”. En portugués, ese nombre tiene exactamente la misma significación que el sustantivo castellano “mesías”. Según la Real Academia Española, el término admite tres acepciones: 1) En el judaísmo, salvador y rey descendiente de David, prometido por los pueblos al profeta hebreo. 2) En el cristianismo, redentor enviado por Dios para salvar a la humanidad. 3) Sujeto real o imaginario en cuyo advenimiento hay puesta confianza inmotivada o desmedida. Acceso a definición de la RAE. Bolsonaro se inventó el segundo nombre después de bautizarse como evangélico en aguas del río Jordán en 2016, mientras se iniciaba el golpe de Estado parlamentario que derrocó a Dilma Roussef. El tema fue explicado, por ejemplo, en una nota del portal chileno El Desconciertoluego de la primera vuelta electoral brasileña. Nota del 08/10/18). También el periodista Gustavo Veiga lo informó en esa ocasión en Página 12, al analizar el poder de la ultraderecha evangélica. Nota del 08/10/18).
En el tercer país de mayor importancia de América Latina por su volumen económico y territorial, Argentina, Mauricio Macri ingresó (hace un mes) en el último de sus cuatro años de mandato presidencial.
La trascendencia del novedoso gobierno reformista de Andrés Manuel López Obrador, o AMLO (como llaman los mexicanos a su presidente, por sus iniciales), en el norte del subcontinente latinoamericano, se puede medir por su contraste con la presencia de Bolsonaro y Macri en el sur. La diferencia es abismal en el plano simbólico, pero además ya tiene consecuencias prácticas de máxima importancia para la paz de toda la región y la defensa de la soberanía de las naciones.
Tanto el mexicano como el brasileño han asumido recientemente, y por lo tanto aun resta atravesar la experiencia real de sus respectivos desempeños al frente de cada país para evaluar los hechos.
Sin embargo, el decoro democrático de López Obrador quedó en evidencia recientemente, frente al fanatismo ideológico pro-norteamericano de Macri y de Bolsonaro -en eso son iguales, aunque en otros aspectos el argentino no exhibe el extremismo del vecino-, que los lleva a ser protagonistas de la ofensiva diplomática y propagandista de Estados Unidos contra Venezuela. Y de las amenazas militares.
Venezuela
El pasado jueves (10 de enero), el presidente venezolano Nicolás Maduro inició su segundo mandato en el cargo, tras haber ganado ampliamente la elección realizada el 20 de mayo del año pasado.
Pero el proceso de la Revolución Bolivariana fundado hace justo 20 años por Hugo Chávez -asumió, tras ganar su primera elección, el 2 de febrero de 1999- sigue bajo minucioso hostigamiento de Estados Unidos y los demás países de América controlados por gobiernos de derecha, que hoy son amplia mayoría en el continente.
Ese bloque de países consiguió aprobar por mayoría que la Organización de Estados Americanos (OEA) declarara “ilegítimo” al gobierno de Maduro para ejercer el cargo y reclamara nuevas elecciones. En la votación, además de Venezuela mismo, votaron en contra Bolivia, Nicaragua y algunos países del Caribe, mientras que México se abstuvo. (Una crónica del tema se publicó en Perfil el pasado jueves. Nota del 10/01/19).
Una posición casi idéntica había anunciado pocos días antes el Grupo de Lima, que es “el mismo perro con otro collar” que el bloque mayoritario de la OEA. Formado en agosto de 2017 para hostigar diplomáticamente al gobierno de Venezuela, el mencionado grupo estuvo integrado desde el principio por Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Paraguay, Panamá, Perú. Luego se unieron Guyana y Santa Lucía (pequeño estado insular del Caribe). En total, 14 miembros.
Previo a comenzar el segundo periodo presidencial Maduro, el denominado Grupo de Lima instó al mandatario venezolano a no asumir su nuevo mandato. México, que forma parte desde ese grupo porque allí lo metió el anterior presidente Enrique Peña Nieto, fue el único de los 14 integrantes que no votó esa declaración.
Al fundamentar esa posición, López Obrador lo explicó con una sencillez categórica: “No nos inmiscuimos en asuntos internos de otros países”. (La información puede ampliarse en el sitio digital del diario argentino Ámbito. Nota del 05/01/19).
La valiente actitud del jefe del Estado fue ratificada días después, transcurridos ya los actos de reasunción de Maduro, quien en un momento de los actos exclamó ¡Viva México!. Esa sola expresión dio lugar a que otra vez AMLO fuera preguntado/presionado por el caso venezolano, ante lo cual reiteró: “Somos respetuosos de todos los pueblos y gobiernos del mundo”, y habló incluso de sus relaciones con Estados Unidos. (Noticia difundida este viernes por el sitio de información internacional Sputnik Mundo. Nota del 11/01/19).
Diplomacia de derecha

La declaración del bloque antivenezolano denominado Grupo de Lima, en su exceso de servilismo a Estados Unidos, cometió un gravísimo error en el manejo de las reglas del derecho internacional, del cual debieron retractarse casi todos sus integrantes. Las diplomacias de derecha se pasaron de rosca.
En uno de los puntos de su declaración contra la Revolución Bolivariana y Maduro -el punto 9, que por ese error pasó a ser “famoso” en el ámbito de la política internacional de los últimos días-, reconocieron como “zona económica exclusiva de la República Cooperativa de Guyana” a un sector marítimo donde este último país -Guyana- mantiene una controversia de soberanía con Venezuela desde hace más de 50 años. El tema es conocido como conflicto “de la región del Esequibo”, que es el nombre del territorio en disputa.
La mención a esa “zona económica exclusiva” era ocasional, porque se refería a la interceptación que la Marina venezolana había hecho (el 22 de diciembre reciente) de una nave de investigación sísmica. (En la página web oficial de la cancillería argentina se puede encontrar el texto completo de la declaración, incluido el referido “punto 9”. Información oficial del 04/01/19).
En realidad, el único propósito de esa mención era decir que Venezuela realiza “provocaciones” mediante “despliegues militares”, como una forma de hacer propaganda contra el gobierno chavista. Pero fue tal la aberración política, en términos del derecho internacional y las relaciones exteriores, de reconocer “zona económica exclusiva” a un área en disputa, que Venezuela reclamó una “rectificación” y casi todos así debieron hacerlo.
Hasta este fin de semana, 10 países habían salido a despegarse del asunto, entre ellos Argentina a través del macrismo. También sus equivalentes de Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Panamá, Perú y Santa Lucía. Los únicos que no lo habían hecho era Canadá y Paraguay. (Este último, gobernador por el presidente derechista Mario Abdo Benítez, directamente rompió relaciones diplomáticas con Venezuela). El gobierno de Venezuela dio plazo hasta hoy (lunes) para que se concreten las rectificaciones, según anunció este sábado el canciller Jorge Arreaza. (Información de Telesur. Posteo del 12/01/18).
El derrape diplomático del llamado Grupo de Lima es un tema de las relaciones internacionales en estos días, pero además para Argentina tiene un interés histórico especial. Aunque no así para el gobierno pro-inglés que encabeza Macri.
Ocurre que reconocer a Guyana su soberanía sobre la costa marítima adyacente a la región del Esequibo, es violatorio del principio de “integridad territorial” que Argentina reivindica históricamente para defender sus derechos soberanos en las aguas jurisdiccionales adyacentes a las islas Malvinas.
El vicepresidente de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de nuestro país, Guillermo Carmona, explicó en una esclarecedora serie de tuits que “la Argentina sostiene la vigencia del principio de integridad territorial, estrechamente vinculado a la cuestión Malvinas, y en el caso del Esequibo ha sostenido que la controversia debe resolverse con respeto de ese principio y mediante diálogo y negociación”. (Acceso al Twitter del legislador).
Contrastes

Esta semana Mauricio Macri termina sus vacaciones y viaja a Brasil. Mantendrá sus primeras reuniones oficiales con Jair Bolsonaro, ambos en ejercicio de la presidencia en sus respectivos países.
Previsiblemente, en público hablarán de la “cooperación” entre ambas naciones, de los “acuerdos de libre comercio” que excitan sus entusiasmos políticos y personales, del “combate al narcotráfico” y los temas de “seguridad”, y del “progreso” conjunto.
Pero sobre todo, lo que resaltará de las posiciones en común de ambos gobiernos será su hostigamiento al proceso revolucionario venezolano, fundado hace dos décadas por Hugo Chávez y liderado hoy por Nicolás Maduro.
Así, los presidentes de los dos países más importantes del sur del continente, ambos de derecha y uno de ellos neofascista, harán una hipócrita exaltación de la “democracia” para atacar, mediante la propaganda ideológica y la intromisión en la vida interna de otros países, a la Revolución Bolivariana de Venezuela. Todo lo contrario de lo que demostró, en unas pocas semanas de gestión, el presidente de México.
El ultraliberalismo económico de Macri y Bolsonaro y su sometimiento a las corporaciones capitalistas trasnacionales, como también el servilismo a Estados Unidos y la humillación indigna de sus -nuestros- países ante los poderes extranjeros, marcan un perfecto contraste con la sobriedad y firmeza soberanista, democrática y patriótica de López Obrador desde el norte de América Latina.
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