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Capítulo Uno: Macca

En 1983 Sir Paul McCartney invitó a su granja en Sussex a Michael Jackson. Aquella noche cocinó Linda y lavaron los platos ellos dos, como puede usted ver en la foto que acompaña este artículo. Durante la sobremesa Jacko y Macca hablaron de un montón de cosas de la vida, y en un momento de la noche, el Beatle le recomendó dos cosas puntuales a su nuevo amigo. Por un lado, que cuidara mucho los derechos de autor de sus propias canciones; y por el otro, que comprara derechos de canciones que le gustaran y estuvieran a la venta, aconsejándole que así, podía encarar y sostener un negocio redituable con poco esfuerzo. Entonces le habló de las canciones de Buddy Holly, Carl Perkins y Al Johnson que él había comprado en los setentas y le contó que recientemente había adquirido las dos primeras canciones que hizo con su amigo John: "Love me do" y "P. S. I love you", que no habían ingresado en el paquete de canciones de los Beatles. Dice Paul que el Maikol sonrió y suelto de cuerpo le dijo: "¡Oh, entonces voy a conseguir tus canciones!".
Treinta y cuatro años después, el Beatle dio una entrevista donde contó como ATV , la empresa de Michael Jackson, compró sorpresiva e impulsivamente en 1984 los derechos de gran parte de las canciones de los Beatles realizando un negocio que al día de hoy no queda del todo claro (al menos no para nosotros, simples mortales). Macca entonces, y por este gesto gris, le quitó para siempre el saludo al que pasó a ser su ex amigo Jackson: "Uno cree que alguien es tu amigo, y de repente, llega y te roba la misma alfombra en las que te sentabas con él", le dijo Paul a la prensa hace muy poco.
Lo cierto es que el 29 de junio de este año, el Beatle se presentó en una corte de Manhattan exigiendo la devolución de los derechos de sus grandes creaciones por haber pasado la cantidad de años que estipula la Ley de Derechos de Autor norteamericana y –desde ayer- el Macca es el dueño legal de sus canciones otra vez. Final feliz para el gran autor y, más allá de que Paul sea un millonario que no necesita esos royalties, la jurisprudencia internacional que el caso genera en todo el planeta (que tiene casi calcada la ley de autores yanqui en la mayoría de los países) no es menor. Para nada menor.
Capítulo Dos: Litto

En nuestro país no hay ningún músico que tenga siquiera la cuarenta-y-ocho-ava parte de la fortuna del Macca, porque –no jodamos- el capitalismo es así: mucho en el centro, poco en las periferias. Pero ese (el dinero) no es el tema de este artículo. Nosotros aquí también tenemos a varios de nuestros legendarios autores luchando contra el monstruo industrial del negocio discográfico.
Si acabamos de contar el triunfo sobre un acto legal pero injusto que cercenaba los derechos de autor sobre una obra original, hoy celebremos esta conquista foránea en tribunales compartiendo un gran disco de Litto Nebbia, quizás el músico popular argentino más timado por las empresas multinacionales en materia de derechos de autor y disposición para la re-edición de su propia obra. Algunos avances ha tenido en su intento por recuperar su propia música, capturada por Sony Music Argentina (que “heredó” los derechos de la desaparecida RCA), en otros foros le fue muy (pero muy) mal. Cuando intimó a Sony para que dejaran de re-editar el material de los Gatos Salvajes, Los Gatos y los dos primeros discos suyos como solista, la multinacional le contestó tajantemente en tribunales diciendo: “(…) Usted es autor, intérprete o co-intérprete, pero no es el productor fonográfico ni es el titular de la propiedad intelectual sobre los fonogramas que pretende comercializar como si fueran suyos (y, definitivamente, no lo son)” terminando el escrito con la siguiente sentencia: “Han sido iniciadas las acciones legales correspondientes en defensa de los derechos de Sony Music Entertainment Argentina”. Litto, que firmó el contrato con RCA siendo un menor de edad, 50 años después está en juicio con un pulpo multinacional y sus propias re-ediciones (las de su sello Melopea) son, siempre según Sony, ilegales. Bueno, usted ya sabe cuál tiene que comprar si decide re-hacerse de aquellos clásicos discos ¿no? Mientras tanto el maestro sigue esperando un viento a favor de su propia creación y dice: “debemos tener un poco de paciencia, esperar algo milagroso y a la vez esperar un acto de justicia… que espero suceda”. Desde aquí lo acompañamos bien de cerca.
Capítulo Tres: Huinca

Esta postal doble que incluye en la apertura de este artículo a dos músicos de la misma generación (Litto y Macca) nos lleva, para pasar al “grand finale”, a la tercera entrega de la serie “Biutiful Lúsers”, una saga de inmensos discos de grandes artistas que, a pesar de ser resistidos por la crítica de su tiempo y muchas veces siendo sonados fracasos comerciales, terminaron convirtiéndose en joyas invaluables en la historia de la música grabada en estudio.
La saga de hermosos perdedores se inauguró en esta columna semanal en mayo de este año con el [capítulo uno-> https://vaconfirma.com.ar/?articulos_seccion_719/id_6514/biutiful-lusers-primera-entrega]: “The genuine imitation life gazette” un disco inesperado y revolucionario de los hasta entonces “italianos caretitas” de The 4 Seasons, quienes abandonaron su zona de confort para grabar uno de los discos conceptuales más bellos y melancólicos de los segundos sesentas del siglo pasado.
El capítulo dos de esta saga de discos incómodos -pero hoy de culto- fue “Watertown”, el disco más triste y oscuro que Frank Sinatra editara en su prolífica carrera en los estudios de grabación.
El capítulo tres trae uno de los discos más olvidados en la carrera de Nebbia, editado de manera casi independiente por el sello argentino Trova en 1972. Fue el momento exacto en el que Litto decidió dejar atrás a Los Gatos, a su incipiente carrera solista con la Nebbia Band y, de paso cañazo, a las multinacionales del disco.
El primer viraje que puede observarse en esta nueva faceta de Nebbia, de 23 años de edad por aquel entonces, se da ya en la portada del álbum. El arte de tapa del disco es oscuro y desenfocado, su nombre no figura (contratos de por medio no podía usar su propio nombre con total libertad) y el único vocablo visible es “Huinca”, palabra que define el partido por el lado del folklore, justo en una época en la que los rockeros eran completamente fóbicos del folklore por considerarlo fachistón y atrasado. Pues a Litto esto no le parecía tan así, pues en octubre de 1972 en la revista “Cristina” (la yegua de las revistas… bueno, es un chiste) el rosarino decía:
“Hay que vivir la realidad de uno mismo, la realidad de Latinoamérica, de donde somos. Un caso en la música es el de George Harrison, que quiso hacer música oriental, y no pudo, porque él es europeo, es de otra raza. Esto no significa que debamos ignorar todo lo que viene de fuera; pero no hay que copiarlo, sino ver de qué manera podemos usarlo y aplicarlo a lo que es nuestro verdaderamente. Esto de copiar o imitar, es bueno para culturizarse. Pero es perjudicial, si se lo toma como base para iniciar un movimiento. Sería imposible hacer una música pop argentina basándonos en la música de la China”.
Así explicaba Nebbia un disco que durante muchos años fue resistido y olvidado, una hermosa placa en la que el joven padre del rock argentino comienza a atreverse a despegarse de lo que se esperaba de él, para desconsideración (e inclusive desprecio) de sus coetáneos, pero para el actual regocijo del canon de la historia de la música popular argenta que, en la perspectiva que el tiempo otorga, ha hecho triunfar a este disco y hoy lo considera un verdadero clásico. Pero este es el para-texto. Vayamos a la acción.
El disco en sí abre con una gran sorpresa sonora: con un preludio que mezcla lo folklórico con el rock progresivo, Nebbia toca la guitarra de Nylon y la armónica, algo que hará durante todo el disco –además de cantar, claro está- corriéndose un poco al costado y dejando que la banda imprima el “sonido Nebbia” casi “sin él”. El piano, ese instrumento tan “litteano”, queda durante todo el disco en manos del hasta entonces ignoto Gabriel Ranelli, un influenciado total por el prog-rock. En el bajo, una bestia del rock: Cacho Lafalce, bajista de La Pesada del Rock and Roll. En la batería un prócer, su amigo de Los Gatos: Oscar Moro.
La suavidad folklórica se interrumpe ya en la pista dos, cuando comienza “Gritar y Amar Es Luchar”, una canción rockerísima con factura de himno en la que un Nebbia ya peronista invita a “Gritar y amar”, asegurando que “es igual a luchar”. Este tono –el agite- es una constante en el disco de Huinca, abriendo las puertas a ese Nebbia que, de tanto decir sin callarse, debería partir al exilio cuatro años más tarde. En la misma revista Litto decía:
“Es necesario que se difundan canciones que les muestren problemas que el día de mañana deberán resolver, y no sabrán cómo hacerlo. Que le muestren realidades, verdades... Esto es lo que quiero: que la juventud tome conciencia de lo que es y puede llegar a ser. Pero para pretender esto es necesario, primeramente, que los músicos tomen conciencia del problema. Una vez que esto ocurra, ¿quién nos para?”
Clarísimo para un pibe de 23, rompiendo las reglas de las estéticas musicales dadas en pleno onganiato.
El disco continúa con “Harlem”, un divertido entremés musical de jazz trasnochado, juguetón y casi vodevilesco que le da paso a un pequeño, romántico y bellísimo solo de piano de Ranelli, que a su vez deviene en el blues anti-materialista “Cadenas y Moneda” en el que el Nebbia letrista conversa con el sol, que todo lo ve desde arriba, que el individualismo “sucede aquí todos los días, nada te debe asombrar”. El solo de guitarra eléctrica de Litto es una sorpresa y tiene el tempo y la construcción armónica de –claro que sí- un solo de piano. La cara A del disco cierra con un posludio instrumental en el que el instrumento melódico solista es… ¡un trombón!
La cara B abre con “Yo Soy Tu Voz”, otra canción en clave de himno que –por más que el mismísimo maestro lo niegue- remite indudablemente a la figura de Eva Perón, escondida en una supuesta canción de amor. La épica de los versos es inocultable y no en vano la JP supo cantar esta canción no una, sino mil veces, en las peñas de la primavera camporista. El entretejido stereo del órgano casi barroco del final y esos estupendos ligados de la guitarra eléctrica con fuzz de Nebbia le abren la puerta a lo siguiente: “Alunar”, la única canción que no es de Litto (es de Lafalce), otra canción de amor que en su interior oculta palabras ancladas en el imaginario colectivo por otros motivos que no son románticos: “exilio”, por ejemplo.
El disco entra en la recta final con “Chocolates (Para Usted)”, la canción más emparentada con la estética beat-pop de Los Gatos, pero más madura en todo sentido. El tema es auto-referencial, habla del regreso de alguien del mundo irreal del éxito “Una mañana fui dueño del mundo, pero amaneció y todo volvió atrás. Hoy quiero ser real, que todo el mundo me pueda tocar”, dice un joven tal vez un poco podrido de ser un ícono de las revistas. El tema interpela a también al ser humano que imposta su propia vida “esa cara no es de usted, esa máscara: ¡tírela!”, canta en un coro extraño que termina con un solo de guitarra muy emparentado con el pentatónico “estilo Ricardo Soulé” de tocar el rock argentino. El tema se va con la sentencia: “esa cara no es de usted”, nada mal para una época como esa, en la que aparentar socialmente era la fórmula del éxito del buen ciudadano. Bueno, nada que haya cambiado demasiado.
Las dos últimas canciones son “Canción Para Ramona”, donde Nebbia despliega su famoso scat (cantar con vocablos sueltos, en el idioma nebbiano que diez años más tarde lo hiciera bien conocido en muchos países de Latinoamérica), la canción para Ramona trae consigo jazz y una melancolía que viene un poco del folklore argentino. Para cerrar: “Por algo es”, un auténtico himno de época en el que Nebbia exigía la libertad que le era negada a su generación: “¿Cuánto va a durar mi vida hasta hoy postergada?/ ¿Cuándo va a nacer la gente hasta hoy reprimida?/ Siento que ya nadie escucha mi llanto y por algo es/ ¿Quién harta estallar mis penas hasta hoy dormidas?/ ¿Y quién beberá la sangre que más tarde caiga?/ Ya nadie escucha mi llanto y por algo es”. Acompaña el tema, rockero en su constitución, una percusión afrolatina en congas. Un final que predice todo lo que Nebbia desatará estética y líricamente a partir de este disco, y que resultará ser ni más ni menos que un muestrario en miniatura del recorrido total en la trayectoria de un gigante de la música regional. Las seis notas del arpegio final, lo último que suena en el disco, son abiertas, parecen de una cítara, no queda del todo claro. Son el futuro, eso sí queda claro.
Pegale una oída atenta a este inmenso disco de la serie “Biutiful Lúsers”, ponete los auriculares, sentilo y… ¡Decime si exagero!
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