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Hace algo menos de dos décadas se instaló con fuerza la política de dos vías. Apuntaba a establecer los campos en disputa para una Argentina que debía afrontar una dramática crisis económica y social. De un lado, el pasado reciente, el de las consecuencias sociales de la experiencia criolla del neoliberalismo. Del otro, un neodesarrollismo encarnado por el primer Kirchner. Sumaba la realidad de la inclusión social y económica, además del empoderamiento de nuevos grupos sociales. Un tiempo después, hacia 2008, una nueva crisis parecía proyectar una tercera vía. Lo hacía de la mano del conflicto entre el gobierno y las corporaciones agrarias. Hoy, a diez años de aquella experiencia sabemos que esa tercera vía no era tal y si puntapié inicial de una búsqueda de dimensión y esencia cultural por relanzar políticas propias de los años ‘90.
Después de una década de aquel dramático tiempo la llegada del macrismo hizo efectivo y, en gran medida consensuado, el retorno de la vía neoliberal. Por supuesto con actualización de discursos y la oferta de algunas iniciativas, de esas que hicieron decir aún entre los críticos de los años ‘90, que había algo nuevo. Que posiblemente estábamos ante una experiencia que, además de original y con gente distinta, podía contar con oportunidades de obtener resultados mejores a los de los años ‘90. A menos de cumplir tres años, el fracaso de esta vía está en los duros datos de la economía doméstica. De allí que su permanencia obligue a sus promotores del gobierno y las voces que todavía siguen ofreciéndole algo de crédito, a establecer lo mismo, pero con fórmulas nuevas.
En estos días, desde la misma voz presidencial, se propone la política de las buenas intenciones y se busca dejar atrás la política del mejor equipo. Esta constituye la esencia de la vía que enfrentara aquella de las malas intenciones y los peores dirigentes. Con ello se promete la modernidad enfrentando lo antiguo. Como la intelectualidad del liberalismo del siglo XIX las voces de Cambiemos relanzan el discurso de lo viejo y lo nuevo. Aquí no hay mucha actualización de la palabra. De allí que se insiste en un mundo de mandatos que es el pasado frente a este otro que estaría al alcance de las manos si se hacen las cosas bien. Por lo tanto todo lo que parece exponerse como una cuestión de dos vías antagónicas se reduce a una sola desde donde se quiere consolidar un tipo de pertenencia que es fundamentalmente ideológica pero también de una nueva ingeniería social. Al final de cuentas vuelve a instalarse la esencia del anti kirchnerismo, último baluarte conceptual de la vía del actual equipo gobernante.
Ciertamente, si Cambiemos y el Pro se constituyeron como el partido antikirchnerista con dosis variables de antiperonismo, su actual momento es ver si pueden seguir definiendo su identidad de grupo a partir de aquello que les dio sentido y éxito, o comenzar a abrir su mundo y ofrecer otro campo de disputa. Queda claro que deben precisar quienes no forman parte del universo que le es propio. Pero han fallado en señalar lo que ya no pueden ser y que prometieron serlo. La política del fin de la grieta, el partido del crecimiento, el mejor equipo para terminar con la pobreza, los que representan a los jubilados. Todo eso ya carece de sentido, siquiera simbólico. Y menos material cuando se observan los resultados de su gestión económica y social.
La política del futuro tiene su contrario en la política no de ayer, de los últimos 70 años, de la Argentina peronista. La paciencia y el sacrificio de hoy frente al pasado de una fiesta que debe ser olvidada. El drama de hoy no es un intermedio, es parte del futuro, aunque esté cargado de privaciones. Lo hecho en los siete decenios anteriores es vergüenza y engaño. Las dos vías tienen la obligada condición binaria que es esencia de la misma política. De esa que el mismo macrismo dijo venir a superar en su versión unanimista de su campaña presidencial e insistente hasta las pasadas elecciones legislativas. De allí el nuevo ensayo de su destructiva fórmula binaria. La corrupción frente a la transparencia. Esta es su bala de plata para reencauzar un destino que sin duda vive al ritmo de los dólares que faltan por la restricción externa. Y de su actual desbarrancadero.
¿Alcanza esta narrativa de una política binaria para enfrentar el seguro tiempo del creciente conflicto social?
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