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Especialmente maltratado en algunos recientes debates sobre la supuesta “eficacia” del macrismo, el concepto de hegemonía ha sido incorporado en una variedad de dominios en las ciencias sociales para intentar explicar cómo se construyen alianzas, bloques o voluntades colectivas que den sustento a determinada política. En las últimas décadas, en una red que puede tejerse tomando como referencia los puntos del eurocomunismo en Europa, las “transiciones a la democracia” en América Latina y el libro de Laclau-Mouffe Hegemonía y estrategia socialista, el término quedó asociado a una especie de superación de la lucha social y especialmente de la lucha de clases, dentro de una política progresista. El reciente ciclo de los gobiernos latinoamericanos y los debates sobre la necesidad de un “populismo de izquierda” contra el “populismo de derecha” en curso en la Europa actual volvieron a asociar el concepto con algún tipo de liderazgo carismático con apoyo popular.
Surgido de la política de alianzas de las antiguas ciudades-estado griegas, que asociaban el término al rol de una jefatura para la guerra, el concepto fue introducido en el marxismo a fines del siglo XIX por el ruso Pavel Axelrod para pensar el rol de la clase trabajadora en una revolución que tendría lugar en un país que no se correspondía para nada con lo que se podía suponer un modelo de capitalismo moderno. Si bien pueden rastrearse ciertos elementos en el pensamiento de Marx y Engels, fue el marxismo ruso el que haría de este concepto una clave de reflexión político-estratégica.
Para el marxismo ruso, la cuestión de la hegemonía significaba especialmente la necesidad que tenía el proletariado de ese país de establecer un ascendiente sobre el campesinado para impulsar una revolución que terminara con la autocracia zarista, haciendo suyas las demandas de todos los sectores oprimidos de la sociedad. Lenin desarrollaría con especial potencia esta idea en algunas obras muy conocidas como Qué Hacer o Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Fue un marxista heterodoxo respecto de la tradición rusa quien buscaría darle un nuevo sentido al término: para Trotsky la hegemonía no podía reducirse a la adopción de las demandas de otros sectores sociales con los que la clase trabajadora tenía un interés convergente, sino que suponía en igual medida e incluso como prioridad una lucha muy decidida por las propias demandas y los propios intereses. Esa fue una de sus principales conclusiones sobre la Revolución Rusa de 1905, en la que mediante el surgimiento de los soviets o consejos obreros, la huelga general y la insurrección, se había demostrado “la hegemonía del proletariado en un país de mayoría campesina”, arrastrando incluso a los estudiantes y profesiones liberales al torrente de la lucha de clases.
Esta diferencia de interpretación de dos (relativamente) jóvenes Lenin y Trotsky sintetiza varios de los problemas en torno de los cuales han girado las interpretaciones de la hegemonía en particular y de la política de clase más en general: ¿la lucha de la clase obrera está condenada únicamente al sindicalismo -es decir al reclamo de una mejora en el precio de la fuerza de trabajo en los marcos del capitalismo- o puede asumir una connotación política? ¿Esa connotación política, comienza donde termina la lucha social o la supone como elemento constitutivo sin la cual no habría mucha diferencia entre una política democrática y una socialista?
Muchos de estos temas, serían retomados reiteradamente a lo largo de la historia del marxismo en especial en las encrucijadas de 1936-1939 con las experiencias del Frente Popular en Francia y España, las cuales constituyeron alianzas entre socialdemócratas, comunistas y partidos “progresistas” que buscaban agrupar a la clase trabajadora pero limitando los alcances de su lucha y sus demandas en los marcos de algunas reformas dentro del capitalismo.
Las derrotas de los procesos de lucha de los años '70 y la posterior ofensiva neoliberal, sembraron un profundo escepticismo sobre las potencialidades emancipatorias de la clase trabajadora y dieron aliento al desarrollo de nuevas teorías críticas que pusieron el acento en otros agentes de cambio y otros tipos de lucha, haciendo propia en muchos casos la idea de luchas puntuales y separadas que solamente podían unirse a partir de una política impulsada desde el Estado. La crisis del capitalismo desde 2008 y las limitaciones de distintas experiencias políticas orientadas por esos enfoques, vuelve a plantear la necesidad de repensar los contornos de una política revolucionaria centrada en el desarrollo de la lucha de clases. Y en ese sentido, la necesidad de restituir la idea de hegemonía, separándola de ciertas interpretaciones limitadas, al contexto de la teoría marxista.
Esta problemática resulta particularmente importante para la coyuntura argentina, en la que el Frente de Izquierda destaca contra todas las alas del peronismo la necesidad de estructurar un resistencia contundente contra el gobierno de Macri para derrotar su plan de ajuste ahora y no esperar a las elecciones del año que viene, en la que los mismos que hoy lo sostienen van a presentarse como opositores. La posibilidad de constituir un bloque social de los sectores populares que pueda dar una respuesta a la altura de la ataque en curso depende estrechamente del carácter decidido con que la clase trabajadora se ponga al frente de la resistencia, convocando a todos los sectores oprimidos.
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