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Pasaron 15 años desde que la politóloga Ana María Mustapic escribiera el influyente ensayo “Inestabilidad sin colapso. La renuncia de los presidentes: Argentina en el año 2001”. En el texto Mustapic trata la crisis presidencial de diciembre del 2001 y ofrece al lector una doble perspectiva, analítica y prescriptiva. Se afirmaque las renuncias de los presidentes argentinos se dieron por diversos contextos donde contaban entre otras cuestiones la distribución del poder partidario en el ámbito del Congreso. Por supuesto que para ese diciembre del 2001 ese cuadro parlamentario se había recompuesto en elecciones muy recientes. Ello dio oportunidad para que la salida traumática del presidente De la Rúa no llevara al colapso de la democracia. La realidad de la sucesión “ordenada” dio previsibilidad a un proceso que podría haber desbarrancado en una crisis de mayor profundidad. En definitiva, la idea de que el mandato fijo es un elemento para sostener la democracia quedaba en entredicho frente a las oportunidades de salvar al país de un colapso mayor. Y que el presidencialismo con las renuncias forzadas o voluntarias de los presidentes demuestra su adaptación y flexibilidad dentro del régimen democrático. El tema analizado por Mustapic tiene una enorme importancia cuando se presentan situaciones de borde, donde vemos a un presidente que ha perdido la centralidad de la escena y se aproxima una situación de colapso de la gobernabilidad.
Gobernabilidad es sumar a un liderazgo efectivo concretas capacidades de dirección y mando político. Hoy Mauricio Macri carece de lo primero y parece haber perdido muchísimo de lo segundo. Posiblemente su propia herencia cuente, ya que mucho de su liderazgo fue y lo que resta sigue siendo de opinión, esa que genero la ilusión de que había un jefe político que contaba con capacidad de mandar y hacer obedecer. No hay que olvidar que ese liderazgo fue ejercido al asumir la representación del más duro antikirchnerismo y de foguearlo en cuanta ocasión se presentara. La fórmula era y es netamente negativa. Y en algún momento la dinámica de lo negativo se agota o pierde eficacia frente a la dura realidad de que para mandar hay que contar con obediencia. Cuando esto último comienza a fallar entramos en una cuenta regresiva para la gobernabilidad. Entonces, la cruda realidad de una jefatura sin capacidades y menos carisma, deja al príncipe totalmente a la intemperie.
Mucho de lo dicho ocurre en estos días cuando la figura de Macri decidió “ir al frente”, como única garante de confiabilidad para el mundo exclusivo de los mercados. Lo hizo en ese brevísimo discurso y de contenido falso que desató la tormenta cambiaria del jueves. Antes, se había reunido con rectores universitarios para mostrar que él es quien ofrecerá una solución al conflicto del sector. Siempre desde su fugaz presencia. Cosa que ya empezó a molestar, tanto a propios como extraños. Es que ese estilo Macri equivalente al del príncipe medieval Pepino el Breve ya es un dispositivo gastado. Además de la insuficiencia de las escasas palabras hay un presidente que comenzó a ocupar el rol de sus funcionarios. La situación se parece bastante a aquel desgastado Nicolás II que descabeza a sus comandantes de guerra en 1916 y asume la dirección de sus ejércitos en plena derrota. Sabemos que aquella decisión fue parte del coctel explosivo que llevo a una de las mayores revoluciones de la historia.
Hoy la combinación de una jefatura bamboleante sin carisma ni capacidades ciertas y un sometimiento absoluto al salvavidas de plomo que es el FMI está creando el mundo conocido y ya estudiado por la citada Mustapic del inicio de esta columna. El mismo Macri está dejando sin futuro a su gobierno. Hablamos de un vacío del poder. Con ello el macrismo está llevando al país al colapso. Sobre todo si su propuesta es profundizar el mundo del ajuste: ¿qué o quién lo interrumpirá?
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