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Es agosto todavía pero los primeros brotes del sauce vecino ya entran por la ventana con la luz de la tarde. Dicen que en Buenos Aires hace frío, pero aquí en el valle el viento parece indicar que la primavera está cerca. Carlos Skliar atiende el teléfono al tercer timbrazo y dice, con una voz más joven que su edad, entre risas, que ambos estamos enamorados de la misma mujer. Lo sabe porque le han contado de la fascinación que ejerce Alda Merini en esa poesía que parece abandonarse a la mística en los rincones más sórdidos del alma, y desde ahí gritar cantos de alabanza, cantos de amor, porque ella ha amado mucho. En la potencia de sus versos recuerda a Francisco de Asís, ése cuya biografía oficial desmintieron aquellos que repetían como un mantra “nosotros que con él fuimos” en la pobreza elegida, en la pequeña nada que dejaba todo el lugar al Cristo.
Los ángeles curan las llagas de quien cae
e inconscientemente se lastima por amor
pues el amor, que es la tragedia del hombre,
es también la tragedia divina,
cuando en un ímpetu de violencia
Dios creó no tanto el amor
sino la locura del amor.
La llamada es para que Skliar hable de su libro “Escribir, tan solos”, compuesto tras años de labor: ensayos desperdigados en publicaciones sobre autores y autoras y su relación con la escritura en soledad. Es que la soledad, dirá con frecuencia, no tiene buena prensa en el mundo de hoy, que casi obliga a hiperconexión constante y total, absoluta. “La soledad podría ser un principio, un punto de partida, una patria, un refugio una guarida, el propio cuerpo, algo parecido a una atmósfera, a una tonalidad de la voz, un devenir y revenir que será siempre irrepetible, imprevisible, indefinido”, dirá más de una vez en sucesivas entrevistas. También ahora: “sería posible disimular el laberinto de la soledad, desviarlo por un instante, contarnos a nosotros mismos el relato de la continua compañía, amar para acortar las sucesivas distancias, conversar para no sentir la gravedad del silencio. Y, sin embargo: el llanto es solo, la espalda es sola, la luna ilumina la parte menos honda de la tierra” (http://continuidaddeloslibros.com/la-soledad-carlos-skliary http://lalineadefuego.es/2017/07/30/escribir-la-soledad/).
La conectividad funciona como una mercancía más en un mundo cada vez más mercantilizado. Otro tanto ocurre con el lenguaje, que está “infectado por el poder”. O, más precisamente, “con los poderosos, los altaneros, los mentirosos”. En un artículo de hace unos años, Skliar ha explicado que el poder secuestró las palabras más vitales “como si se tratara de propiedad privada para un provecho personal y consumista”. Es entonces, dice, cuando el lenguaje se pone del lado de quienes convirtieron el mundo en un lugar irrespirable e insoportable. Lo aclarará luego en un artículo de hace unos años: “Es la enfermedad del lenguaje o su inhabitabilidad, o para decirlo más claro, su podredumbre, un lenguaje infectado, pestilente, corrompido, que no podemos pensar ni sentir como nuestro, porque ha sido arrasado, allanado, alisado, mutilado, deshumanizado, porque ha sido convertido en un lenguaje de los deslenguados, en un lenguaje de nadie, sin nadie y para nadie” (https://www.nodal.am/2017/12/analisis-educacion-tiempo-lenguaje-carlos-skliar/).
“Escribir, tan solos”, recopiló catorce ensayos y una conclusión sobre la soledad en el acto de escritura. Fue publicado por en España Mármara Ediciones el año pasado y su autor hablará de él el próximo 3 de septiembre en la feria del libro de Neuquén y una semana después en Villa Regina. Ese martes por la tarde también ofrecerá una conferencia con el tema “¿Qué vida, qué mundo, para quiénes? Relatos de fragilidad”. El libro refleja “las múltiples figuras de la literaria soledad”, habrá dicho en una entrevista. Se había propuesto la rutina de terminar un libro y escribir inmediatamente sobre él, como reflejo, como hizo Peter Handke en “Historias del lápiz”. Algunos textos fueron publicados en revistas, otros en libros, con el denominador común de la escritura y la soledad. En un momento determinado, el proyecto coaguló: allí había algo con peso específico propio, “algo como la repetición de la soledad”.

En la charla telefónica lamenta que los vericuetos del negocio editorial y las vicisitudes del cambio de moneda -adversas, cuándo no, para los argentinos-, obstaculicen la circulación de los libros de pequeñas firmas. De Mármara considera que es “una editorial hermosa que publica bellos libros de autores como Strindberg, Leduc, Balzac”. El mes próximo aparecerá, con ese sello, su traducción de “La otra verdad. El diario de una distinta”, de Alda Merini (Milán, 1931-2009), casi la única obra en prosa de la poeta italiana. Merini lo escribió en Tarento, donde vivió tres años -el único período de su vida fuera de Milán-. Además del diario, compuso los veinte poemas de “La urraca ladrona” -en alusión a la ópera de Rossini- y algunos textos para su marido de entonces, Michele Pierri. Skliar comentará luego que es “un diario ensombrecido que relata la experiencia de violencia de un hospital psiquiátrico en la década de 1960, antes de que se sancionara la ley de desmanicomialización. “Sufrió las agresiones terapéuticas de moda”, internada porque su primer marido -anterior a Pierri- la odiaba y, como la ley se lo permitía, la hizo encerrar. El diario, dice, es un ejercicio de memoria muy cruel, un testimonio de esa época, muy parecido a los del holocausto. Y uno va queriéndola salvar, queriéndola ayudar. Es, aclara, la batalla de la poeta: la imposibilidad y la soledad, y algo muy íntimo, como el amor (http://triunfo-arciniegas.blogspot.com/2014/10/alda-merini-mis-amores-todos-han-sido.html). Hoy día es dificilísimo que salga una poeta así, lamenta, porque el mundo lo impide.
En todas partes,
aun si estuvieras completamente desnudo
o completamente cubierto
o completamente loco,
te veía ascender las colinas de mi origen
y no sé
tan enamorada como estoy
cómo hiciste para conocerme
y quién te hizo entrar en mí.
Eres una hoja,
un trazo abstracto
que se eleva como una cometa
que arroja puñados de sal
en mis heridas abiertas,
mas no importa:
es siempre salsedumbre de aquella mar
llena de corales, peces,
tal vez de muertos e infinitos submarinos.
Lo que me dices no tiene importancia,
ninguno de los dos nos escuchamos
pues nuestras peticiones descendieron a un mundo
donde vivíamos sólo tú y yo
en compañía de un amor
que jamás cuestionarán
pues con nadie lo hemos hablado.

Durante el proceso de traducción, Skliar quiso conocer a la familia de Merini, entrevistó a algunos de sus hijos. Encontré al que nació en el manicomio, contará, hijo de otro internado que fue trasladado de hospicio abruptamente y luego perdió todo contacto. El hijo dice ahora que él es “il figlio di pazzo”. Ella decía, sigue Skliar, que por suerte era poeta antes de entrar en el psiquiátrico, y que en todo caso el manicomio la hizo delirar, porque de lo contrario la hubiese anulado. Hasta que un médico le dio una máquina de escribir y comenzó a reencontrarse con la escritura, digitando con un solo dedo las palabras de los poemas. Cuando las primeras quince páginas del diario de una distinta estuvieron listas, las entregó en la editorial. “Les gustó, y siguieron”. La obra de Merini está publicada casi en su totalidad en Vaso Roto en España, traducida por Jeannette Clariond; en Argentina la tradujo la poeta Delfina Muschietti con el título “Clínica del abandono” -editorial Bajo la Luna-. Este libro contiene los poemas dictados por teléfono a sus amigos, una forma poética que desarrolló al extremo la oralidad que ya campeaba en sus textos anteriores. Esa oralidad es la que practicó a partir de los poemas musicalizados por Giovanni Nuti y cantados por Milva
Además, en esos diálogos telefónicos, la composición sin escritura le sirvió a Merini para probar el funcionamiento de su sintaxis, de las imágenes, de los climas que comparte con las otras grandes poetas contemporáneas -Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik-, la incorporación de coloquialismos para que “la poesía sea la transcripción de lo que ya ha sido pensado” a la vez que viaja liviana en el aire de la conversación telefónica
).
Skliar nació en 1960 en Buenos Aire. Es investigador y escritor especializado en literatura, pedagogía y filosofía. Se desempeña como investigador principal del CONICET y del Área Educación de FLACSO. Realizó estudios de posgrado en el Consejo Nacional de Investigaciones de Italia, en la Universidad de Barcelona y en la Universidad Federal de Río Grande do Sul, Brasil. Escribió ensayos (“¿Y si el otro no estuviera ahí?”, 2001; “Habitantes de Babel. Política y poética de la diferencia” (con Jorge Larrosa, 2001); “Derrida & Educación”, 2005); “Pedagogía –improbable- de la diferencia”, 2006; “La intimidad y la alteridad. Experiencias con la palabra”, 2006; y “Lo dicho, lo escrito y lo ignorado”, 2011, entre otros. Ha publicado los libros de poemas “Primera Conjunción”, 1981; “Hilos después”, 2009 y “Voz apenas”, 2011).
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