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¡Es Estados Unidos, estúpido! La paráfrasis del dicho atribuido al principal asesor de Bill Clinton para referirse a la economía de su país, parece oportuna para ensayar un diagnóstico sobre la grave situación que atraviesan la Argentina y Suramérica.
Es que el modelo implacable de persecución a los líderes populares del continente, y las políticas neoliberales social y económicamente devastadoras se repiten como un calco en Brasil, Ecuador y la Argentina.
En todos lados se aplica la misma doctrina. Usar a los medios de comunicación más poderosos y a un sector del Poder Judicial para llevar adelante campañas de desprestigio y persecución; encarcelar, despojar de su patrimonio e inhabilitar a los principales dirigentes populares.
La función de esos medios es formatear la subjetividad de buena parte de la sociedad, para que presa del odio deje de entender lo que ocurre y termine votando contra sus propios intereses.
Se trata de un plan que acaso vio la luz en 2012, cuando se selló el Acuerdo de Atlanta, con la participación de funcionarios estadounidenses y unos cuantos dirigentes de la derecha latinoamericana, verdaderos sátrapas deseosos de aplicar la nueva doctrina de la potencia hegemónica.
En los hechos la estrategia ha sido muy clara: desgastar a los gobiernos nacionales y populares y recuperar espacio para los sectores dominantes y la potencia del norte. Un ‘nunca más’ retrógrado que tuvo su principal enemigo en Hugo Chávez -inspirador de la década ganada en América Latina- y pasó por uno de sus momentos más traumáticos con el “No al Alca”, en la cumbre de Mar del Plata del 2005.
Por eso se vive una contraofensiva reaccionaria en todos los planos, que busca reposicionar a Estados Unidos en una región que considera propia y revertir o demorar lo más posible el avance de China, su principal competidor y desde hace poco la mayor economía del mundo.
Esta política tuvo una vuelta más de tuerca en 2017, con la llegada de Donald Trump y su planteo de “America First”, que enfatiza el nacionalismo estadounidense.
“América First” para Brasil, haciendo eje en el debilitamiento de empresas como Odebrecht, una de las mayores constructoras del mundo, o de Embraer que produce aviones competitivos en el mercado internacional.
“America First” también para Argentina que tiene empresas como Techint, la principal productora de caños para la industria y una de las acerías más eficientes del mundo.
Porque el tema no es la cartelización de la obra pública, eso estaba antes y nadie decía nada. Ni tampoco la corrupción que financia desde siempre la política. El principal país corruptor del mundo no tiene de qué escandalizarse por estos temas.
El asunto es otro, es el sostenimiento de una hegemonía amenazada. Y por eso no solo hace falta meter presos a los líderes populares como Lula o Cristina, también es preciso tener a los principales empresarios de Brasil y Argentina con las manos atadas.
En ese contexto, el escándalo de las fotocopias del cuaderno que no aparece, permite matar dos pájaros de un tiro: avanzar en la maniobra para encarcelar a la principal figura de la oposición y mantener en capilla a los empresarios.
Los ejecutores de esta política en la Argentina, son Macri y sus CEO, como lo es en Brasil el gobierno golpista de Michel Temer. Ellos son los encargados de ponerle a la soberanía el cerrojo de la deuda externa y aplicarle el manual de la economía dependiente que administra el Fondo Monetario Internacional.
También, de llevar adelante el brutal ajuste económico y social que está viviendo el pueblo argentino, y de asegurar el abismo cambiario que dentro de muy poco permitirá comprar las empresas argentinas por monedas.
Esta es la estrategia a la cual está subordinando Macri. La del capital financiero internacional y Estados Unidos. Que quieren que el país no tenga industria, ni ciencia, ni tecnología y se limite a producir materias primas, mientras centenares de miles de personas vagabundean en busca de una “changa”.
Cuando eso se haya conseguido, irán por los recursos de Vaca Muerta, la segunda reserva de gas y la cuarta de petróleo del planeta; y por los enormes yacimientos de litio del norte argentino, para hacer más baratas las baterías de los autos eléctricos que ya invaden el mercado de los países ricos. Al final, irán también por las enormes reservas de agua dulce que posee el país.
Es verdad lo que dice Cristina: el problema no es Bonadio, él es un instrumento de un modelo regional que ya no necesita de las dictaduras porque tiene a la prensa y a los jueces para ejecutar la política del departamento de Estado de Estados Unidos.
Si los argentinos no abren los ojos no sólo van a ver peligrar sus trabajos, sino también su país.
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