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Columnistas
25/08/2018

Decime si exagero

Flan para hoy, hambre para mañana

Flan para hoy, hambre para mañana | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Mal que le pese a muchos, la alegoría del comediante macrista Alfredo Casero ha revitalizado el discurso de la pesada herencia con fuerza inesperada. Analicemos un poquito cómo los artistas -a través de nuestra historia- le han dado una mano grande al poder con simples ocurrencias creativas.

Fernando Barraza

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Si revisamos la historia reciente con una lupa –que ni tan potente tendrá que ser- podremos detectar en un solo vistazo rápido que las construcciones de lo que miles o millones consideran “la realidad” de su tiempo, desde siempre han sido algo así como la resultante de la construcción sólida de un relato entretejido en pequeñas usinas vinculadas a los poderes de turno, amplificada posteriormente por los principales medios de comunicación de cada época y finalmente hecha carne en el inconsciente colectivo; a tal punto de generar una sensación de “realidad” que convierte lo que se aspavienta en la “realidad” misma.

Por esta introducción no nos darán un premio importante al gran hallazgo del siglo, no señorxs, esto que estamos garabateando en el comienzo de la nota puede sonar inclusive a verdad de Perogrullo, pues ya ha sido insinuado, escrito, estudiado y ensayado más de diez mil veces desde que Marshal McLuhan dijo hace 50 años que “la aldea global hace que el desacuerdo máximo y el diálogo creativo sean algo inevitable (la misma cosa en muchas oportunidades)”, hasta estos días, en los que el filósofo coreano Byung-Chul Han asegura que estamos viviendo un estado de psicopolítica en el que las “psicodisciplinas” (que utiliza el poder) “tienen un carácter ortopédico” (y no de shock e imposición a la fuerza), asegurando con certeza total que “la actual técnica de poder neoliberal no ejerce ninguna coacción disciplinaria”, es decir: la pluma/voz/imagen del poder hoy se expresa ingeniosa y atractivamente y nosotros aceptamos y nos auto-imponemos nuestra propia condena. Por eso Durán Barba es Dios.

Es más, el análisis sobre la necesidad que animalmente sentimos como individuos sociales de aferrarnos a una idea pre-digerida que nos “colectivice” y nos deje en paz, viene de muchísimo más atrás en el tiempo. Ya Plotino (siglo III A.C.) parafraseó a Platón afirmando que nuestra compulsión por “ser parte” de lo que dijo alguien ingeniosamente, para sentirnos a salvo, es tan grande “que el alma lucha por huir del cuerpo material y abrazar la unidad del ideal real detrás de una idea creativa”, admitiendo que nos queda muy cómodo repetir consignas “ingeniosas” como si fuéramos loros para sentirnos en paz y con los pies en la tierra.

El tema es que esas consignas no son inocuas, son vectores de fuerza que en una resultante terminan formando “la realidad”. Voy a ser bien canalla y voy a spoilear el cuento “Algo muy grave va a suceder en este pueblo” de Gabriel García Márquez, no me importa que piensen los que no lo leyeron, porque el argumento de este cuento (de un mensaje moral clarísimo) viene como anillo al dedo para terminar con la fase de introducción a esta nota:

Hay una señora grande, una vieja de pueblo. Se despierta y durante el desayuno sugestiona a sus hijos diciéndole que algo muy grave va a suceder ese día en el pueblo. Su sentimiento es tan grande y su poder dentro de la familia tan notable que sus hijos se van al trabajo, cada uno por su lado, y no paran de convencer a quienes van cruzando de que algo muy grave va a suceder ese día en el pueblo. Al atardecer la noticia es plaga, y la población está diezmada por el miedo, tanto que empieza un éxodo masivo de habitantes que se van de la comarca antes de que algo grave pase en el pueblo. La señora y sus hijos están en la caravana de huida pavorosa, en medio de toda esa gente desorientada y temerosa que deja todo atrás sin preguntarse demasiado por qué; entonces ella mira ese cuadro asolador y volteando la mirada hacia sus hijos les dice “Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca”.

Hoy en día, la construcción de la realidad a través de pequeños discursos efectivos que ventilen odio, miedo, ideas lujuriosas instantáneas, promesas de felicidad inmediatas o cualquier otro sentimiento directo y atávico es como la advertencia de la señora: un camino descendente que lleva a la construcción de una realidad social más o menos controlada ¿Se entendió la idea?. Decime si exagero…

Artistas que imponen realidades

Por eso -por todo lo insinuado arriba- no hay que andar analizando tanto “el cómo” fue que la alegoría del flan de Alfredo Casero entró en nuestra vida social como país de una manera tan directa. Tan pero tan directa que no necesito aclararte de que alegoría estoy hablando. Hoy todo el mundo en Argentina está hablando del flan. Pero bueno, esperá, tomémonos unos minutos. Voy a invitarte a que veamos una serie de cosas antes de que el flan aparezca en escena.

Arranquemos por una desprolija historia que mencione a algunos de lxs argentinxs “escribas” de la realidad provenientes del campo del arte popular. Cada época tiene su arte popular poderoso. Si arrancamos en el siglo XIX, tenemos que pensar en los escritores y en la fuerza que la literatura tenía para formar opinión; entonces podemos mencionar a los primeros notables que intentaron (con más o menos talento, por lo general con más) escribir relatos ficticios que dejen la impresión de “cómo es la realidad” en el imaginario colectivo de toda una sociedad. Mencionemos al más famoso de la generación del ochenta: Esteban Echeverría. ¿Quién no ha leído en la secundaria “El Matadero”? El cuento, alucinantemente escrito, es una pieza de la literatura romántica universal y tiene el status de clásico entre clásicos, nos cuenta como un civilizadísimo caballero unitario es asesinado por la iracunda chusma federal que, antes de que él llegara con su preciosidad homo-erecta y su conducta europea refinada, estaban haciendo una orgía entre chinchulines y carne ensangrentada de reses, tanto así que hasta habían dejado –en una de las escenas mejor escritas de la literatura nacional- que un toro degüelle a un niño. Podría decirse que Echeverría con este relato corto y salvajemente bien escrito, logró su cometido, vitoreó la consigna de los intelectuales de su clase: civilización sobre barbarie, un guante que recogió Sarmiento con énfasis y lo convirtió en razón de estado durante su presidencia. Con esta alegoría cargada de un discurso “proto-grietista” clarísimo, comencemos este racconto y vayámonos rápidamente al siglo XX. Acompáñenme…

Los medios electrónicos

El siglo XX trajo consigo a los medios electrónicos de llegada masiva. ¿Primero el cine o primero la radio? Esto es algo que se discute bastante. No entremos en ese dilema. Más bien pensemos en un escriba que utilizó ambos medios de una manera súper efectiva: Enrique Santos Discépolo.

Nadie desconoce a esta altura de la soirée que Discepolín era un peronista hecho y derecho, un importantísimo (si no el más importante) artífice de que el imaginario cultural del peronismo quede grabado en la gente para siempre.

Desde el cine y con argumentos tan disímiles como el oscuro melodrama “Yo no elegí mi vida” o la costumbrista “El Hincha” (por tomar dos ejemplos casi polares) el bueno de Enrique se las arregló para que las masas generaran una identificación inmediata con sus personajes, todos ellos (los empáticos, claro) con el foco puesto hacia el costado de la justicia social. En la radio el huracán Discépolo fue otro tanto: la Argentina toda cantó “Yira Yira” durante el golpe de estado de Uriburu y solo cuatro años más tarde el flaco hizo que –en medio de la furibunda desigualdad y corrupción del gobierno de Agustín Justo-  “Cambalache” entre para siempre a nuestras vidas. Pero ese fue su aporte como escriba en contra del poder. A favor su impacto fue más grande todavía. Desde 1951 y hasta 1952 Discepolín crea para la radio, en el horario central y estelar de la noche radiofónica, a un personaje  que es el estereotipo del gorila porteño de antaño: Mordisquito, un tipo espeso, antiperonista rabioso, que enfrente lo tenía a él, que también era áspero, y encima le contestaba todo desde el peronismo más reflexivo.

El legado de Mordisquito en la sociedad argentina es incalculable. La potencia creativa que aquellos monólogos tuvieron, calaron hondo en generaciones y aún siguen siendo material de imitación (cuando no de repetición) entre los monologuistas de stand up de hoy en Argentina. Sin ir más lejos, en diciembre de 2015, cuando Scioli perdió las elecciones frente a Macri, se viralizó el famoso “monólogo del té de Ceylan”, reproducido hasta en espectáculos de la TV por cable y de algunos teatros “standaperos” de la calle Corrientes:

Con el advenimiento del golpe del 55, el signo de los artistas que inspiraron de su propio peculio -o guionados- discursos favorables para que la gente construya su realidad colectiva hubo de a paladas. Con el latente ejemplo de las dos grandes potencias mundiales (USA y URSS) repartiendo mensajes políticos encubiertos en artistas desde su cine, su radio y desde la naciente televisión, la Argentina se perfeccionó en el arte de “proto-trollear” a través de personajes correctos que moldearon argentinos sumisos y frases célebres que la gente pudiera acuñar para apaciguarse, todos estos embates fueron entrando de a mares, frente a la contracara que directores como Torre Nilsson o el jovencísimo Héctor Olivera intentaban mostrar como discurso opuesto. Un ejemplo saliente, ya que mencionamos el cine, fue la versión de “Todo sea para bien” de Luigi Pirandello que Carlos Rinaldi convirtió en una suerte de narración naif y moralista allá por 1957, un prototipo de la nada misma a la hora de tener un pensamiento social y un sentido de lo colectivo.

Mientras tanto la televisión crecía en popularidad y a partir de 1956, con las prohibiciones anti-peronistas en plena vigencia, se impusieron los periodísticos conducidos por figuras casi artísticas como Blackie o Tito Martínez del Box, que –más allá de su profesionalismo indiscutible- construían las ideas de silencio y voz que mantuvieran alejadas las tensiones políticas inconvenientes en largos magazines de los que la gente hablaba, como hoy habla de lo que vio en facebook.

Más tarde, en las dos décadas siguientes, que fueron las de la supremacía de los golpes antidemocráticos y sangrientos perpetrados por los militares, la industria estatal/privada de la tele, la radio y el cine se dio maña para ubicar desde el poder – y en cada momento necesario- a diferentes artistas y referentes que construyan una identidad colectiva favorable. En los sesentas brillaron las comedias que le lavaban la cara a la vida militar, como “Canuto Cañete, conscripto del siete” (con guión de Abel Santa Cruz, un gran constructor de ideología a través de las industrias culturales) o, cuatro años más adelante, “La muchachada de a bordo”. Así de a docenas, todas ellas –vistas a la luz de la distancia- exudaban un claro mensaje que antecedía a los siniestros “¿yo? Argentino…” o “No te metás” de los ‘70 que llegaron recargados con películas atroces como “Comandos Azules”, o “Brigada en acción” (con comandos paramilitares cool y buenos a granel). En esta etapa del cine nacional tuvo gran predicamento y popularidad un gigante escriba de la complacencia pro-dictadura: Palito Ortega, quien no solo cantó “Creo en Dios” vestido de marino en la Fragata Libertad como momento épico de una de sus películas (mientras el terrorismo de estado era LO REAL), sino que también se animó a mandar mensajes morales ultramontanos en films como “Vivir con alegría” o “Que linda es mi familia” o “Amigos para la aventura”, todas películas que hoy deben estar en la colección privada de blu-rays de Cecilia Pando.

En la tele también lo intentaron, siempre, y a veces les salió, como con Pinky instalada como formadora de opinión favorable, o con moralistas series de la talla de “Dr. Cándido Pérez, señoras” (otra vez Abel Santa Cruz) o “La familia Falcón” (esta vez Hugo Moser) que bogaban por la corrección tradicional a ultranza de patria, familia y tradición. Pero a veces los forceps no les funcionaban del todo, y figuras populares como Fidel Pintos, a quien probaron domesticar, no calzaban en el standard y eran expulsados del aire; por eso es que su frase “Un actor es un señor que hoy come faisán y mañana se come las plumas” hoy es un verdadero sinónimo de la rebeldía por principios claros. Con Tato Bores, demás está decirlo, tampoco les funcionó.

Muchas frases de Tato y de Fidel se hicieron populares y sirvieron para aliviar la angustia de aquellos años, como aquella famosa frase del personaje del jubilado que componía Vicente Rubio, que –de cara a la Argentina que estaba harta de los militares- decía cada lunes por la noche “Voy a agarrar un fierro y le voy a entrar a dar y dar” para que el país entero repitiera la frase toda la semana cada vez que estaba indignado frente al relato que periodistas como Juan Carlos Pérez Loizeau o Silvia Fernández Barrio construían a diario. Igual que ahora, pero menos vertiginoso.

El flan nuestro de cada día, dánoslo hoy

Hoy por hoy, con la realidad de la multiplicidad de ventanas que las redes sociales y los Smart-phones juntos y combinados han traído a nuestras vidas, los artistas dispuestos a colaborar con una idea política brillan con luz propia. A fenómenos de masas como la novela “Montecristo” (2006), que convirtió en popular la lucha de las Abuelas y sirvió para que –en su efecto concientizador- más de una decena de Nietxs recuperaran su identidad, se le sumaron adhesiones por el humor de una dupla declaradamente peronista como la que conforman Diego Capusotto y Pedro Saborido, quienes desde su ciclo “Peter Capusotto y sus Videos” desplegaron creatividad para que los argentinos nos riéramos de y con el peronismo, de y con los argentinos derechosos y de y con los yeites bobos de la cultura de masas.

Los tiempos cambiaron, ya lo sabes porque estás aquí y ahora leyendo este artículo. Muchxs argentinxs, a quienes les molestará de sobremanera que ponga “argentinxs” y no “argentinos”, han demonizado a quienes fueron “colaboracionistas” con el “régimen kirchnerista” y –sin embargo- buscan denodadamente, y con bastante envidia sobre los mismos a quienes acusan, a alguien “suyo”, que los represente desde el discurso creativo como los antes mencionados hicieron, o como lo hizo Barragán, o Dolina, o (la lista sigue). La verdad, se les hace un poco difícil encontrar a alguien, por eso son muy populares los twiteros y los furibundos periodistas standaperos como Lanata. Y es que cada tiempo tiene su trampa, su estilo y su forma. Entonces la sociedad irritada encuentra personajes que tal vez mencionaremos luego, porque ahora estaría bueno que vean esta perla mediática antes de seguir con el artículo:

Esto sucedió el jueves pasado, al aire, por TN. La historia del periodismo en vivo no recuerda un guión favorable improvisado con tanta velocidad como el que aquella tarde improvisó el siempre desclasado y siempre dispuesto Guillermo Lobo (ex-conductor de “Telescuela Técnica” y “Comfer Cultural”). Por eso está aquí, en este artículo, porque los tiempos que corren necesitan velocistas como Lobo, que surfeen “aguas tormentosas” (así es como las llama el presi, ¿no?) a una velocidad digna de Flash.

Por eso, en medio de una debacle económica como pocas veces ha vivido este país desde que nació, la alegoría del flan que hace solo siete u ocho días  tiró Alfredo Casero en el programa de Fantino, ha pegado tan pero tan hondo en la Argentina rancia –que es numerosa- animándolos a resucitar el discurso de la pesada herencia que tan desvalido estaba frente al dólar, la inflación, el riesgo país, la desocupación, el hambre, la militarización, etcétera.

La llegada del flan de Casero, rápido, como la lengua salvariega y mentirosa de Lobo que cortó el móvil en directo con Peña acosado con preguntas de La Realidad, no es más que la re-confirmación de la validez Inmensa que tienen las salidas creativas, barnizadas con ingenio. La idea de fondo del flan de Casero es absolutamente retrógada, clasista y mentirosa, pero –para que lo vamos a negar- fue expresada con un humor y un ingenio que gatilló en parte de nuestra sociedad las ganas de “volver a creer” esa mentira que ya estaban empezando a dejar de creer. Decime si exagero.

Que después “la gente” y los mismos funcionarios –including the president- no entiendan un pito y con brutalidad casi simiesca griten en las redes y en las calles “¡Queremos-flan!” cuando la alegoría del Padre Casero indica que los que quieren flan son “los malos”, es harina de otro costal. Para eso, para hablar de lo bruta que puede ser la gente, escribamos otro artículo ¿querés? No éste. Este artículo dice otra cosa, dice que nos quedemos con el alerta:

Una frase ingeniosa y creativa puede torcer la voluntad colectiva de la gente, resucitar sus odios, vivificar sus alienados miedos de clase y estropear un país.

Te lo digo porque en unos meses comienzan las campañas electorales, que están plagadas de estas intervenciones. Todo esto que está escrito puede sonar agobiante y derrotista, pero sólo quiere poner un cachito de luz en alerta.

Mirá… lo bueno, si es que algo positivo hay en toda esta locura odiante, es saber que a cada Echeverría/Sarmiento le llega su Eduardo Wilde (el creador de “los descamisados”), que a cada Pinky le llega su Tato Bores, a cada Palito Ortega su León Gieco y a cada Casero su Hernán Casciari, que cada época tiene su antídoto. Solo hay que estar atentx, militar lo que uno considera justo y jamás (jamás de los jamases) pensar que ellos se rindieron, porque cuando pensás eso, te aparece un Alfredo Casero con un estúpido flan en el medio del incendio y te hace retroceder varios casilleros…

29/07/2016

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