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Son casi las ocho y media y garúa en Buenos Aires. El cielo es una plancha de plomo sobre las cabezas, los vehículos y los edificios de la avenida Corrientes. Ahí nomás está el teatro San Martín, pero cuesta llegar hasta su puerta. Las calles están ocupadas por una multitud en su mayoría de mujeres jóvenes y adolescentes que cantan, gritan y vuelven a cantar imparables en su alegría. Entre todos los colores sobresale el verde: en pañuelos, en pinturas sobre las mejillas y en las tinturas de los flequillos. Son largas y cortas cabelleras -del frío, podría decir Neruda, pero no cabe un poeta tan machista en estas veredas, aunque se lo disfrute-. Ríen, cantan, no dejan de reír y saltar: es la revuelta que no cesa. Da cierto pudor decir revolución, pero parece eso.
Hace frío y es miércoles y quizás vaya a ser la noche más helada de junio en esta ciudad menos orgullosa de sus realidades que de sus pretensiones. Pero a nadie le importa: la fiesta abriga, la esperanza no deja de circular por debajo de las canciones, de las consignas y de la dura posición crítica hacia un sistema que, si bien no está al caer, tambalea ante tanto cuestionamiento.
En el vestíbulo del teatro las voces de la calle llegan como un murmullo, como un río exterior que invita a navegarlo. Después, quizás. El escenario de la sala Casacuberta está poliedrizado con triángulos que producen desniveles en el suelo y relieves hacia arriba. Los efectos luminosos y sonoros son de una tormenta, eso es indudable. Y los personajes hablan en un castellano de libro, casi en el dialecto de la península ibérica. Pero permanece la potencia simbólica del texto y entonces se comprende de inmediato por qué la poesía de Shakespeare atraviesa los siglos de esa manera.
La tempestad no es de las obras más populares del poeta inglés y se entiende la causa: cuando se estrenó en Londres, en 1611, Gran Bretaña había iniciado la colonización del actual territorio de los Estados Unidos con el modelo que había convertido a España en el gran imperio de entonces. Poco tiempo antes había muerto Jacobo I -VI de Escocia- el monarca que, para salvaguardar la pureza religiosa en las islas, reprimió la magia y la brujería y a las mujeres acusadas de practicarlas, que en la mayoría de los casos terminaron en la hoguera. El juego dramático de Shakespeare pone en escena el poder en la Europa del siglo XVII donde el capitalismo reformulaba su codicia a expensas de América, África, Oceanía y Asia, y también -aunque lateralmente- la persecución a hechiceras, brujas y curanderas. Mujeres indóciles.
Afuera del teatro ululan las voces de las que marchan hacia el Congreso. Algunas consignas parecen respuestas a la acción teatral: saquen sus doctrinas de nuestras vaginas/saquen sus rosarios de nuestros ovarios, dicen mientras en el escenario Próspero cuenta que la madre de Calibán, su esclavo, es la bruja Sycorax, una mujer deforme y vieja de Argel, cuya repugnante imagen ha heredado su hijo. En la obra, la relación entre Próspero y Calibán es la de opresor-oprimido. A este último se le atribuye toda clase de bestialidad pero “no podemos pasarnos sin él” porque provee los bienes y servicios que el colonizador necesita para subsistir. Calibán se queja porque le robaron la isla y la única educación que le dieron fue para dominarlo -“me habéis enseñado a hablar, y el provecho que me ha reportado es saber cómo maldecir”-. Es el salvaje malo y por tanto es indómito, rebelde, ladino y, sobre todo, traidor. Los náufragos -nobles de Milán y Nápoles- que ingresan a la escena intentan seducirlo con el alcohol, no para liberarlo sino para que cambie de amo. Calibán puede ser América y África en las telarañas del dominio imperial. Y Calibán -junto con Sycorax- es también las mujeres que no se adaptaron en la historia: Ahora que estamos juntas/ahora que sí nos ven/abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer, se va a caer.
Hay complicidad en los gestos, en las miradas, en las caras de quienes están en la fiesta en la calle. Algunos, algunas parecen reconocerse como si vinieran de otras gestas, de otras épocas. De gentes que siempre estuvieron de ese lado. La multitud parece heredar las marchas de la juventud de los años setenta, con sus bombos, candombes y banderines y banderas. Y un poco más allá, viene del Mayo francés, del Cordobazo, de los hippies de Estados Unidos, de los estudiantes de Tlatelolco, de la caída de los muros. Es una alegría confiada en su poder, en la posibilidad de algo distinto e inminente. Es la alegría del oprimido que se saca el grillete, que sale del cepo. Para quienes pueblan las calles que desembocan en Callao como si fuera su columna vertebral, ya es ahora. Los cantos y las pequeñas hogueras; el vino que abriga y circula, las fumarolas de los choripanes, todo dura la madrugada y eclosiona en la mañana siguiente, plena de sol. Ya es ahora.
Es una épica que critica el sistema y su cultura. El capitalismo sólo tolera con gesto complaciente y perdonavidas la épica de los recitales de rock y de los espectáculos deportivos. Quizás también la de los barrabravas y seguramente la de los self made man, la de los tiburones de las finanzas. Pero ninguna otra. La única épica que el sistema capitalista no digiere es la política que le cuenta las costillas al poder, y ésa es la que está en la calle aunque los amanuenses quieran reducirla a un folclore más. Ya es ahora.
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