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El peronismo de derecha -que el gobierno llama "peronismo racional"- se esforzó supremamente, de la mano de Miguel Pichetto, para llegar a la sesión del pasado miércoles 30 de mayo en la Cámara de Senadores, en condiciones de votar junto al oficialismo el tarifazo contra el bolsillo del soberano, es decir, del pueblo.
Pichetto es el jefe del bloque de senadores peronistas de derecha, puesto que a los senadores peronistas que no son de derecha, Pichetto no los representa. El peronismo está dividido, algo que le ocurre siempre que no está en el gobierno... hasta que se une.
El senador rionegrino se esforzó, pero no pudo. Le dio plazo al gobierno (una semana) para que le expusiera, en los conciliábulos previos a la sesión de aquel miércoles, una propuesta distinta al tarifazo, pero como el gobierno no le expuso nada, no hubo acuerdo. Pichetto llamó a este acontecer, a este deleznable acontecer, "una derrota de la política".
Pero, si se mira bien, no es una derrota de la política. Porque el veto está dentro de la Constitución. De modo que -podría decirse- la política, lejos de haber sido derrotada, ha posibilitado que el sistema institucional funcionara apelando a sus mecanismos internos para zanjar una crisis en la coyuntura. En todo caso, fracasó la rosca, no la política. Y en todo caso, la solución a la crisis ha sido sólo formal, pues sus contenidos más duros se manifiestan, a partir de ahora, en el espacio público.
Y se trata de un fracaso que expresa una crisis que comporta un riesgo. La crisis que se insinúa es la del sistema institucional, pues hay demasiada masa crítica que irrumpe y circula por fuera de éste, en la calle, que deviene, así, espacio que el Estado no controla. El riesgo, por su parte, está en la salud del sistema de partidos, que aparece ahora, ese sistema, como epifenómeno de una institucionalidad en crisis. Por eso hay riesgo.
Tal vez, entonces, lo que está fracasando en la Argentina es un funcionamiento sistémico (organigrama institucional y sistema de partidos), porque dentro de este organigrama institucional y con este modo de representación de intereses y opiniones (eso son los partidos políticos), ni es posible ponerle límites a un gobierno que avanza en clave de austeridad neoliberal, ni es posible garantizarle al pueblo una vida sin zozobras y al que se le está negando, incluso, la posibilidad -el derecho, en realidad- de que vaya a la universidad, a las universidades del conurbano pobre de Buenos Aires. Esto propone, insólitamente, la gobernadora Vidal, tan lejos de Alberdi como cerca de Paul Singer.
El veto, entonces, lejos de ser un fracaso de "la" política, es el éxito de "una" política. Porque el veto le ha posibilitado al peronismo de derecha alcanzar su objetivo "técnico" (que es inconfesable, porque el aumento de tarifas no es ninguna "línea roja" para los gobernadores peronistas), pero apareciendo ante el pueblo y de cara a la disputa política interna con el kirchnerismo y externa con Cambiemos, como defensor de la economía del ciudadano de a pie.
El veto se impuso a la rosca, no a la política. A una rosca en la que participaron todos, incluso el gobierno. Pichetto -ese Disraeli del subdesarrollo-, rosqueó todo lo que pudo sin que sus afines del gobierno le concedieran prenda alguna para exhibir como trofeo ante propios y extraños. No le quedó, entonces, más opción que volver sobre sus pasos y votar junto a Cristina, nada menos. Fracasó la rosca de Pichetto, no la de, por caso, Crexell, que, fiel al hontanar ideológico del que proviene, rosqueó lo suyo y, a cambio, saltó el cerco y votó lo que quería Macri. Hay roscas y roscas.
El veto, entonces, no está fuera de la política. El contubernio tampoco. Aquél es legal. Éste no, pero se legitima, una y otra vez, en la práctica de los dirigentes. Y esto no está ni bien ni mal. Depende del uso que se le dé a uno y a otro.
Y si todo esto es así, se trata de un problema para el pueblo, seguramente, porque vive en un marco institucional que lo perjudica y que no puede modificar. Pero también -y principalmente- es un problema para el kirchnerismo, pues en algún momento deberá enfrentarse al cara o cruz de elegir su lugar en el mundo, esto es, seguir chapaleando en el mismo barro con Urtubey, Julio Bárbaro, Pichetto o Schiaretti o, en una decisión de envergadura histórica, auto pensarse como núcleo y parte de una formación atómica polivalente (esto es, con varios núcleos) que salta sobre su propia historia grupal para ir al encuentro de las corrientes más audaces del pensamiento social en un mundo globalizado.
Nada está fuera de la política. Ni la dictadura está fuera de la política. Diríase que la dictadura, en la medida en que viene a resolver por la fuerza una crisis en cuya resolución ha fracasado la democracia, es política en estado puro.
Ciertas utopías que construyó el pensamiento ilustrado de la modernidad del siglo XX concibieron como deseable y posible la desaparición del Estado -la saludable desaparición del Estado- e, incluso, la desaparición del derecho en su forma codificada. Pero nunca operaron con la hipótesis de la desaparición de la política, que es como concebir la desaparición del pensamiento humano. La política no desaparecerá nunca porque siempre habrá temas que debatir en el ágora en que se debaten los asuntos de la polis, es decir, siempre habrá temas que interesan no sólo a la subsistencia del colectivo social sino que también -y en primer lugar- esos temas son, en su forma incandescente, el sentido y la finalidad de nuestra existencia en el tiempo de nuestra vida individual, que es diferente al tiempo histórico y al tiempo del universo (en este dictamen coinciden Fredric Jameson y Jorge Luis Borges, que no se conocieron).
Pichetto, el jefe del bloque de senadores del peronismo de derecha, no postuló el fin de la política, sino su fracaso. Tal vez no sepa que la política, cuando es menos la urdimbre pequeña en espacios conclávicos, que la civilizada aspiración a una justicia elemental, nunca fracasa.
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