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Columnistas
25/05/2018

Macri y su presidencialismo del carácter

Macri y su presidencialismo del carácter | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Podemos prever que la mecánica de esta forma de ejercer la presidencia que propone el actual mandatario nacional no tendrá oportunidad para un desarrollo conceptual que altere significativamente los cuerpos teóricos vigentes sobre la temática.

Gabriel Rafart *

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El país promete ser vanguardia en el diseño de un nuevo formato presidencialista para el presente. Es el turno del “presidencialismo del carácter”. Este nace de la presidencia personalísima de Mauricio Macri. Recordemos que, a mediados de mes, después del fenomenal descalabro financiero de los primeros diez días de mayo, el mismo presidente ensayó una autocrítica sobre su rol y lo hizo desde “su carácter optimista”. Seguidamente dijo cosas que muchos mandatarios no se atreven a decir. Mayormente por la insustancialidad de sus explicaciones. Nada muy distinto a un tipo de exposición en que todo parece resumirse a un “un temperamento positivo” que lleva sin mediaciones a la construcción de verdades amargas. 

Si prospera este tipo de presidencialismo “del carácter” y lo hace dentro un diseño que “institucionalice” algo más que lo que deja ver el módico, inconsistente y por momentos ingenuo verbo de Macri, tendremos una interesante discusión para los cientistas políticos, además de quienes ocupan su tiempo en la crítica al régimen presidencialista. Y es sabido que en los últimos tres decenios las academias teorizaron mucho y criticaron otro tanto acerca del desempeño del presidencialismo. Aún así, podemos anticiparnos y prever que la mecánica de este presidencialismo del carácter que propone Macri no tendrá oportunidad para un desarrollo conceptual que altere significativamente los cuerpos teóricos vigentes sobre la temática.

Debemos señalar que la historia del presidencialismo da cuenta de muchos actores que dejaron su impronta afectando muchas veces el desempeño del modelo presidencialista. Que por una actuación a veces sin anunciar qué carácter o temperamento los guiaba, crearon estilos y modalidades que revolucionaron el esquema de poder. Por ello habría que dejar de lado la idea de un presidencialismo de una sola arquitectura y considerarlo a partir de la mejor o peor fragua de lo que lo hacen los mismos presidentes. O sea, cuenta su personalidad excluyente. Eventualmente su sello de “carácter”. Y si bien se puede destacar los temperamentos de Reagan, Trump, Alfonsín, Menem, Calderón, o cuantos otros, siempre importa la presencia de una lógica institucional. Por ello las presidencias de Fernando Henrique Cardozo o las de Ignacio Lula Da Silva se destacaron por su proyección hacia el resto de los presidentes americanos, que buscaron contar con nuevas herramientas para aplicar al sistema de poder con cierto aire de familia. Se habló entonces del presidencialismo de coalición. Importaba la manera que tuvieron esos presidentes de articular política en un mundo de partidos dispersos, aunque propensos a establecer coaliciones, en un Estado de tipo federal.

Otros casos, como Uruguay o Chile pudieron exponer el modo de actuar de sus presidentes en una consecuente institucionalización y un prototipo a seguir. Chilenos y orientales cultivaron expresiones moderadas y concertacionistas. Su presidencialismo siempre se colocó por encima de la lógica del conflicto permanente y de un juego de suma cero. Y sus casos respondían a un presidencialismo de concertación. Hubo otros presidencialismos que dejaron su sello durante parte de los ’80 y ‘90 por la recurrente inestabilidad. Ecuador y Bolivia fueron los ejemplos más destacados.

Por supuesto que la Argentina también contó con presidentes que actuaron de tal modo que hubo cientistas políticos que nos hablaron de modelos nuevos. Guillermo O’Donnell señaló la existencia de una democracia delegativa, derivando de ella un presidencialismo delegativo. Ese que actúa de acuerdo al exclusivo arbitrio de los presidentes, sometido solo a los poderes fácticos y al plazo constitucional del mandato. Los poderes del mercado, de las agencias financieras mundiales, son los que complementa ese “carácter” propio.

Macrí, en la defensa que hace de su temperamento como guía para la presidencia personal que encabeza, parece interpelar la trayectoria de los presidentes que le precedieron. ¿Acaso los otros no contaron con carácter? ¿Sus temperamentos no cuentan? Desde 1983, a excepción de Fernando De la Rúa y de una parte del lote de esos presidentes efímeros previos a Eduardo Duhalde, todos tuvieron un marcado temperamento que provocaba tanto admiración reverencial como temor casi religioso. Asomando en algunos de ellos una verdadera dimensión carismática, carente en el actual presidente. Y ninguno de ellos avisaba que contaban con una perspectiva optimista que debía enfrentarse a la cruda realidad.



(*) Historiador, UNCo.
29/07/2016

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