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Que un humano logre dos siglos de vida es un desafío para su fisiología. También para el estado de la ciencia médica. Solo la inventiva literaria de Isaac Asimov logró construir una vida tan larga. Y fue para un robot. Una ficción biográfica para un androide que quiso ser humano. Conocemos la historia tanto por el libro publicado hace ya cuarenta años como por el dedicado film del año 2000 protagonizado por Robin Willians. Allí se cuenta la vida de un robot que es incorporado a una familia como auxiliar doméstico y que progresivamente va adquiriendo capacidades propias de los humanos. Por ello, desde esa familia propietaria se le otorga una condición distinta a la que impera en el mundo de los robots: la libertad. La historia sigue involucrando tres generaciones de humanos. Durante ese recorrido generacional Andru (nombre del pretencioso robot) suma emociones y procura posesionarse con riesgos como el amor y la muerte. Por si fuera poco, es un extraordinario inventor y con ello se ha ganado un lugar entre el mundo de los humanos. Con la colaboración de un científico transforma su cuerpo metálico y cableado en un conjunto de órganos símiles y degradables propio de la fisiología humana. Aún más: pretende que en ese futuro aparentemente armonioso de la humanidad el gobierno (ahora mundial) le otorgue credenciales de humano. Mientras insiste en ese pedido se enamora y envejece. Antes de morir le llega la aceptación de su nuevo status. Sin duda, El hombre Bicentenario es una extraordinaria metáfora para un mundo que parece hacer el recorrido inverso, robotizando la vida.
Hay otro camino para que una vida dure dos siglos. Produciendo teoría sobre lo social, en sus dimensiones políticas y materiales. Esa que constituye una visión clásica y que surge de una vida humana intensa. Carlos Marx es esa vida bicentenaria. Le sigue hablando a los distintos presentes de los últimos doscientos años. Seguramente mucho de su voz continuara interpelando al futuro, dándole nuevos siglos en la medida que el capitalismo quiera seguir prolongando su existencia, desbocado en sus lógicas de desigualdad social y destrucción de la vida comunitaria y planetaria.
Hablamos de un Marx que le entregó líneas maestras, como fueron expuestas por el gran historiador Eric Hobsbawm. Destaquemos dos de sus afirmaciones plausibles y alentadoras.La primera, que ninguna mejora predecible dentro del sistema existente cambiaría la situación básica de los trabajadores en cuanto tales. Explotación, alienación, dominación, eran esas dimensiones estructurales del capitalismo. En segundo término, que la naturaleza del avance capitalista, que sin duda Marx analizó en profundidad dejándonos obras como El Capital, hacía que fuera muy problemático el derrocamiento de la sociedad existente y su sustitución por otra sociedad nueva y mejor.
Además de esas afirmaciones la vida bicentenaria de Marx dejo una teoría política, dispersa en sus obras mayormente históricas y de intervención en el debate público de su época. En esos textos hay líneas que ayudan a entender el orden político de hoy, incluyendo experimentos conocidos dentro de nuestros límites rioplatenses. Hablamos de poder y política. No cualquier poder. El que resulta expresión concreta de la realidad material. Todo ello al sentido último de la dimensión estatal y que esta pervertía el orden moral y vital de la humanidad. Según Marx se debía poner fin al mundo de los Estados y de la política. De allí el parecido de los socialistas marxistas con los anarquistas en su antiestatalismo. Aun así, hay dosteorías del Estado en la obra de Marx: aquella que lo identifica a modo de mera maquinaria al servicio de los intereses del capital, hasta otra, más compleja y sutil, donde el Estado conserva una autonomía relativa con respecto a los intereses en pugna del trabajo y el capital.
En los escritos sobre los eventos trágicos del año 1848 en Francia y Europa, Marx ofreció elementos para entender el comportamiento de las élites burguesas de entonces. También las de hoy. Sobre todo, en eso de que la bolsa (los negocios) y la política muchas veces logran estrechar sus vínculos. Más bicentenaria que nunca es esa expresión del Manifiesto Comunista: “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. La realidad del poder en la Argentina de estos días se parece tanto a ese matrimonio entre la bolsa y la política. Para el autor de El Capital, era un dato estructural del triunfo pretencioso del Estado como dominio de los capitalistas. Sin duda el partido de los altos gerentes y del empresariado que tomó control del Estado argentino, hace que Marx sea el más bicentenario de los hombres que conocemos.
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