-?
La derecha liberal de este país le está reclamando a estas horas a la derecha peronista "responsabilidad y realismo" para enfrentar la crisis. Esta, la crisis, existe, fuera de toda duda, incluso para esa derecha liberal que reclama que no la dejen sola en esta hora amarga. Echan mano de la metáfora y no dicen "crisis", sino que aluden a la "...súbita e indisimulable debilidad" del Presidente (Eduardo Fidanza, La Nación, 5/5/18: "Chances e incógnitas de un país desnudo").
La hora no admite demoras. Porque la verdad es dura. Y a la verdad hay que encararla. "Las masas y sus dirigentes, con distintos niveles de información, pueden aceptar la verdad o intentar evadirse", dice Fidanza.
Lo que necesita el gobierno es un acuerdo con el peronismo en línea con aquel que les permitió estafar a los jubilados. Ahora van por la estafa en escala ampliada: es una parte mayoritaria de la población (la clase media en sus diferentes estratos y los pobres que están por debajo de la clase media) la que debe ser estafada. El acceso a la luz y al gas, como el fútbol, no es para todos, sino solo para los que pueden pagarlos.
En la base de todo el asunto habita un sofisma de la derecha que lo que no es derecha no advierte o, advirtiéndolo, no denuncia como sofisma: que la energía no puede ser gratis, que hay que pagarla y que, de no hacerlo, el país estallaría cual bomba de relojería con final anunciado. Y esto es un sofisma (es decir, un argumento mentiroso para encubrir lo que no se puede decir). Y desbaratar el sofisma es incorporar al programa de gobierno de eso que no es la derecha un punto esencial: una propuesta sobre la propiedad de las fuentes de energía de la Nación y la de los recursos naturales. A eso que no es la derecha se le ha lavado la cabeza tanto tiempo y tan intensamente que no se anima ahora a decir que debe ser toda la sociedad, a través del Estado, la única propietaria legítima de la energía y los recursos. Esto es la nacionalización de la energía. Pues es inaudito que alguien se dedique, en la Argentina, a vender luz del mismo modo que alguien vende pulóveres o autos. O que alguien instale un comercio de venta de gas o de petróleo, o de energía atómica, hidroeléctrica o eólica con la misma sana expectativa con que un verdulero va todas los días a las 4 de la mañana al Mercado Central a comprar lo que revenderá a las diez de esa misma mañana en la esquina del barrio.
La globalización es (entre otras cosas que también es y que no vienen al caso ahora) una forma de la internacionalización. La más absoluta, si cabe. Y por eso, porque la globalización es una forma de la internacionalización, encuentra resistencias bajo la forma de las apelaciones soberanistas o secesionistas. Así ocurre en Europa y en América Latina. El desenvolvimiento del proceso histórico es dialéctico. No es un invento de Marx. Ya Hegel había advertido en las oposiciones binarias la forma de ser de lo real (aunque para él lo único real eran las ideas). Y Heráclito, antes de Hegel, propuso que bajar y subir es uno y el mismo, porque el camino es uno y el mismo. En otros términos: si yo quiero ir a Quillén tengo que transitar por Rahue y entonces, ¿es la subida de Rahue o la bajada de Rahue?; el ser en sí de Rahue, ¿es la bajada o la subida?
Y esas resistencias que encuentra la globalización también han asumido la forma (¡oh, complejidad del mundo!) de la impugnación nacionalista por parte de... ¡Estados Unidos! En efecto, su Presidente ha dicho que mientras su gran país cuida las espaldas de Alemania y Japón (y de la Unión Europea) estos se dedican a comerciar metiendo en el mercado estadounidense autos y software y lo que cuadre. Lo hacen porque no tienen gasto militar. El gasto militar lo tiene EE.UU. Y entonces, de un plumazo, el mundo comienza a andar a tono con la movida que ha hecho nada menos que la primera potencia mundial. La globalización cede ante el proteccionismo. No está dicho por cuánto tiempo, pero sí hay que tomar nota de que la coyuntura mundial (y la etapa) está cambiando. Si Trump dice esto y si Macron, antes de recibir a Macri, se tomó una foto en bombacha campesina y con botas de goma con el barro hasta los tobillos junto a los granjeros franceses... bueno, el que quiera ver que vea y el que no... que se joda, si no fuera que los que nos jodemos somos nosotros porque nuestro presidente no se ha dado cuenta de por dónde va la bocha y ha creído que la globalización seguía viento en popa y no ha previsto las dificultades que enfrenta esa globalización.
Con semejante grado de miopía, el modelo macrista cierra en la Argentina no ya solo con represión sino, además, sin democracia. Cuando la derecha liberal habla a través del diario La Nación, acerca de "las masas" lo que está reclamando es que se pongan de acuerdo el peronismo de derecha con el macrismo para encarar un diálogo fraternal que los lleve al diseño de un buen plan político apto para engañar a esas masas más todavía que lo bastante que, hasta ahora, ha podido hacer el gobierno. Pero aun cuando el peronismo de derecha accediera, de buen o mal grado, a semejante contubernio, lo cierto es que un plan que promete seguir aumentando las tarifas durante cinco años más por lo menos, es un plan no apto para ser desarrollado en democracia. Y el pueblo argentino, que siempre terminó por no tolerar la muerte de las libertades y de los derechos, tampoco tolerará menos democracia -o su ausencia-, del mismo modo en que, a la larga, no toleró el terrorismo de Estado. Este gobierno, este modelo, este programa, son inviables.
Han pateado la pelota para adelante y no tienen la menor idea de cómo seguir. No hay ahorro, no hay inversión y las exportaciones brillan por su ausencia (el acero y el aluminio la están pasando mal en el mercado estadounidense, y si hay solución será transitoria y prendida con alfileres). Siguen el endeudamiento para gastos corrientes, la emisión, la entrada de capital timbero que solo sirve para fugar dólares y el recurso desesperado de subir las tasas hasta niveles que destruirán la actividad económica hasta la recesión.
El Congreso puede frenar el aumento de tarifas. La lectura de fondo de este hecho es más sociológica que económica: la dinámica de la democracia puede erigirse en obstáculo para que el modelo neoliberal se consolide.
Pero esto no ocurre solo en la Argentina. En los círculos académicos de los Estados Unidos y también en cierto mundo empresarial de ese país, ya hay quienes empiezan a decir en voz alta y sin rubor: "China es la prueba de que el capitalismo funciona mejor sin democracia" (v. Paul Mason: "Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro"; Paidós, Bs. As., 2016, p. 374).
Se trata de otro error de apreciación de la plutocracia global y sus intelectuales orgánicos acerca de cómo funciona el mundo, pero con las luces que muestran Macri y sus muchachos no sería sorprendente que mañana mismo se les diera por interpretar que ese disparate pronunciado por un especulador insomne es un buen diagnóstico de la realidad, y que hay que seguir por ese camino, es decir, por el camino de dinamitar la democracia en la Argentina.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite