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Cuando los economistas "nuevos" que hoy se escuchan en la Argentina dicen que luego del sacrificio viene el "derrame". O cuando Macri se hace asesorar por Cavallo. O cuando Espert hace un alto en su inclinación a la grosería y se pone a explicar que "el gasto es excesivo" y que ello es la "causa de la inflación"...; cuando eso ocurre, nos da la sensación de que el siglo XX no ha muerto y que nos ha alcanzado hasta envolvernos en un rancio déjà-vu.
En un nivel más elegante o menos prosaico, respetables profesores, de aquí, de allá y de todas partes, se asumen como cultores del "club del pos", y se identifican, en el caso, como posmarxistas que abogan por el poscapitalismo, o por el capitalismo mismo, a secas, sin "pos". Es el caso de Hindess y Hirst, en los '70; de Mouffe y Laclau en los '80; de Hardt y Negri, en los'90.
Y así como las módicas cabezas económicas que lidian con nuestros problemas de entrecasa repiten el libreto que ya fracasó en el siglo XX, así también los posmarxistas citados ocultan (o tal vez no lo saben) que ya Edouard Bernstein, en 1898, escribió:
a) que las clases sociales se habían multiplicado mucho como para encerrarlas en sólo dos (burguesía-proletariado) y que, por ende, el concepto de clase "estaba superado".
b) que el capitalismo exhibía una capacidad de "adaptación" que no había sido prevista por Marx.
c) que entre Hegel y el evolucionismo social había que navegar en las tranquilas aguas de este último de modo que, por esta razón, la dialéctica estaba también superada.
d) que la Segunda Internacional, en vez de andar por ahí fundando partidos, mejor haría en adoptar, como guía teórica, el concepto de "democracia de masas" y, trascartón, jugar toda la épica proletaria en la contienda electoral, lejos de extremistas como, por caso, Lenín.
El buen Bernstein, aun a su pesar, ha venido entonces, a fulminar de originalidad cero a quienes se autopostulan como teóricos de una posmodernidad reveladora de que el capitalismo se ha vuelto más benigno, de que crea abundancia y consumo y de que, o bien ya no existe como tal, o bien hay algo parecido a aquello del siglo XIX que respondía a aquel nombre pero su semblante está tan cambiado por aquellas sedicentes marcas de carácter, que ya no es necesario elaborar programas radicales sino que, con paciencia y buena fe, todo llega y, sobre todo, se aleja el espectro de la revolución que, a esta altura de las cosas, nadie sabe bien qué es eso y se la adjetiva, por ello, de "significante vacío". Lo cierto es que, con "enemigos" así, el neoliberalismo no necesita amigos ni defensores.
Pues ocurre que esos poscapitalismos en los que piensan los susodichos pensadores son, en realidad, la continuación del capitalismo por otros medios. Y para tragar esa pócima no sólo hay que embellecer al capital y declararlo partícipe de la misma naturaleza que un fenómeno meteorológico, sino que, junto con ello, hay que tomar nota de que la derrota de la clase obrera mundial es un fenómeno del siglo XX cuya certificación además deberá expresarse simbólicamente, es decir, no sólo oponiendo la "multitud" a la "clase" como eficaz sujeto social de las transformaciones, sino evocando a esta última como una antigüedad que ya ha sido presa del rigor mortis y la decrepitud.
De esto último, complementariamente, se encarga Google. Porque, impensadamente, se ha producido una suerte de "alianza básica" entre los posmarxistas y el celebérrimo buscador, emblema del capitalismo posmoderno, si los hay.
Ni más ni menos. Google hace su aporte para que tres mil millones de almas que usan esa benemérita herramienta digital se encuentren cara a cara, de hito en hito, con el "doodle" conmemorativo del 1º de Mayo de 2018. Nada menos.
Tal vez no sea evidente para muchos pero sí para pocos que se trata de una torpe ideologización que asocia a la clase obrera con las alpargatas (al más puro estilo "libertadora"), con los harapos, con lo viejo, con tecnologías caras a nuestros abuelos y con una patética decadencia. Con esa imagen "celebra" Google el día del trabajo. Con esa imagen hace Google diversionismo ideológico que, al fin y al cabo, es lo que mejor sabe hacer.
No hay allí, en ese doodle, en ese bofe pintarrajeado a cuatro colores, más que un balde y una cuchara de albañil; unos guantes y un rodillo de pintor; una pala y un bidón; una linterna y dos pilas viejas; un casco y un alicate de electricista; unos botines con los cordones al aire, una escuadra, un lápiz y un estetoscopio que recuerda al buen médico de pueblo especialista en todo que fatigaba las polvorientas calles de aldehuelas ignotas en los albores del siglo XX. La ideología del diseñador al palo. El inconsciente a flor. Deschavado el hombre. Eso es la clase obrera para Google. Pero, caramba...!, qué casualidad...!, también los posmarxismos de pelaje vario se anotan en esa aseveración. Dicen lo mismo.
No hay ordenadores, no hay sensores láser, no hay software, no hay robots en la visión de Google. Los obreros son lo contrario de la era digital. Ajenos a la inteligencia artificial. Esa es la superchería que deslizan en las buenas cabezas de los usuarios de Google. Y resulta hasta enternecedor captar cómo coinciden, en ese punto, con los poscapitalistas de ayer y de hoy. Para todos ellos, la clase obrera, perdido el tren de la historia, ha ido al paraíso, como en la película de Elio Petri.
Y si los obreros y su "1º de mayo" son viejos, pues entonces todo se vuelve un festival de música ligera y nada más queda, como decía Gustavo Ceratti. Sólo quedan ellos, los capitalistas y sus apólogos, sin más ideas que obstinarse en extenderle al lucro y la ganancia un certificado de sobrevivencia.
Pero es el caso que el río suena porque agua trae. Sonó en 2008 y se llevó puesta a Lehman Brothers. Y a lo que parece y en vista de cómo está el mundo, el servicio meteorológico global está anunciando nuevas lluvias.
Lo que acabo de afirmar en el párrafo precedente lo comparte Jason Barker, columnista de The New York Times. En su edición del lunes 30 de abril tituló su columna: "Happy Birthday, Karl Marx. You Were Right!
No es este el lugar para explicitar la vigencia inaudita del pensador de Treveris en la actual globalización capitalista. Sólo postulamos que los posmarxistas han tropezado con una piedra que no estaba en sus planes. Con Google, los une la ideología.
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