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El peronismo sigue siendo una criatura viva. Su perdurabilidad y centralidad en la política argentina lo hace un animal tanto viejo como nuevo. Aún con la aparición de criaturas nuevas, el pasado del peronismo le sigue hablando al peronismo del presente. Lo suyo es parte de toda resistencia a perder un lugar merecido, igual que un sesgo del conservadurismo de la política argentina. Desde ya nada es novedoso. Menos aún las movidas por quien tiene el control del “partido”. De allí reciente y extraña intervención judicial del PJ de una vieja militante hace tiempo convertida en Jueza Federal. No importaría el asunto si habláramos de un saco vacío. Es que el PJ sigue siendo algo más que un sello de donde colar una o varias identidades. A través suyo no solo de política de partidos, candidatos y elecciones se trata.
Los hombres del peronismo siguen con atención lo que pase con su partido. También las academias se alimentan de los vaivenes partidarios. Lo demuestra la cantidad textos que se publican en el país y en el extranjero, además de la presencia de eventos y grupos de investigación. Es sabido que necesidad de jerarquizar y encauzar dentro de un ámbito específico la temática llevo a que una parte de sus estudiosos impulsaron la conformación en 2006 de la Red de Estudios sobre el Peronismo, con sus veintisiete nodos en centros de investigación universitarios.
Sin duda hay una palabra que define la existencia del peronismo: su pluralidad. De allí que importa el número, por afuera o desde adentro. Si se prefiere, a las partes de un conjunto que llamamos peronismo. Si bien es cierto que su influencia en la política argentina se debe más a su voluntad de andar que a esas partes que insisten en que hay una historia en revisión y un presente en discusión. Y si hoy su nuevo interventor, sobre todo a través de su hombre de cultura, Julio Bárbaro, llama a una discusión diríamos “esencialista”, seguramente se debe a un intento de legitimar algo que le llega a sus manos por una imposición judicial. Aún así, la discusión acerca de qué es y no es peronismo, o sea si hay una “identidad” constitutiva, solo tiene la pretensión de alejar algunas de las partes que constituyen el pasado y seguramente el futuro del peronismo.
La idea de “muchos peronismos” entretiene tanto a los peronistas como a los peronólogos de academia. Entre los segundos, mayormente sociólogos y cientistas políticos, colectivos más proclives al debate presentista y a la necesidad de ofrecer lecturas comentadas sobre la política práctica. Estos insisten que no hay “partido”, pero sí hombres y mujeres que portan el estandarte peronista. Andrés Fidanza confirma esa voz pluralista y nos dice que “el peronismo se volvió una identidad gelatinosa. No hay un peronismo: hay peronistas”.
Sin duda la discusión sobre la pluralidad plantea el doble problema de cualidades, o sea si hay dimensión esencialista que deba ser considerada y, por el otro, respecto al número, tanto de sus sujetos y actores relevantes como sus épocas. Respecto a los años recientes, la discusión sobre la naturaleza y el número se unificó en “cuánto de peronismo” hubo en la experiencia de los gobiernos post crisis del 2001/2002. Si el menemismo fue sometido al escrutinio, resultó que los “kirchnerismos” fueron más discutidos.
Todo para dar cuenta de “partes” y diversidad de “tiempos” y lugares peronistas, revelando cuan dinámica, compleja, contradictoria y dispersa es su experiencia. Y no solo contaba la realidad de sus centros que establecieron desde la ocupación de la Casa Rosada. También cuenta el llamado peronismo federal. Y si fuera poco, ese capítulo de fuerzas que antes se las llamabas neoperonistas y ahora posperonistas. Hablamos de actores que se constituyen a partir de la tensión entre grupos de dirigentes que lejos de los recursos materiales institucionales y simbólicos, inician una pelea por un cetro que suponen vacante. El peronismo partidario sigue vivo porque los peronistas están decididos a que siga su marcha.
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