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28/04/2018

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Mansilla

Mansilla | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

En su poema ingresan marcas de consumo masivo, términos en mapuzungun, citas de músicos y poetas del rock y artistas pop, menciones de científicos y sus ideas, y un erotismo que se nutre de excesos y escamoteos gracias a la publicidad y los mecanismos del consumo -otra vez-. Y poetas, sobre todo, poetas.

Gerardo Burton

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Cuenta que vino a Neuquén desde Brasil cuando tenía poco más de veinte años: buscaba a sus padres, a quienes les había perdido el rastro al irse. El relato no carece de comicidad: nadie lo reconocía por su aspecto, ni su madre podía asegurar que ése que rondaba su casa era su hijo pródigo. Del esfuerzo que hizo por quedarse, ya no se fue más, aunque nunca dejó de viajar; por uno u otro motivo, siempre se las arregló para que su trabajo tuviera ese componente. Hasta que en 2004 -con reedición años después- se retrató en el poemario “No eras un viajero inglés”, una toma de posición frente a quienes se pretendieron -y pretenden- descubridores de esta tierra austral. 

El viaje supone, para Raúl Mansilla, al menos dos cosas: la primera es la facultad de establecer redes, proponer una urdimbre que sirva de soporte a la circulación de la poesía; la segunda es saber que las fronteras son móviles, que no hay límites -geográficos o existenciales- para la expansión de la poesía. Eso fue con el Centro de Escritores Patagónicos y la revista Coirón hacia el final de la dictadura militar; también con Poesía en Trámite y sobre todo con el grupo Celebriedades, que recorrió la Patagonia desde La Pampa al sur y la zona austral de Chile con espectáculos performáticos de poesía, música y humor. Es una formación que Mansilla comparte con Tomás Watkins, Miguel Sabatini, Cristian Carrasco, Sebastián González -también con Carlos Blasco, Juanse Villarreal y, antes, con Pablo Betesh-. El nombre fue tomado del libro “Celebriedad”, del ecuatoriano Edwin Madrid.

Entre las fronteras que se disuelven y la desmesura como método transcurre la poesía de Mansilla. En sus orígenes tiene lazos con González Tuñón por el estilo narrativo y el retruécano, y la salida inesperada de sus versos. También viene de los beatniks -desde Allen Ginsberg y Jack Kerouac, esos hijos de Pound, hasta Mariani, que murió en Zapala-, y antes de Walt Whitman. Y en su poesía pasa también por Vallejo, por Gelman. En el verso, la palabra va por delante de la idea, y eso es lo que garantiza la desmesura en esta poética. Mansilla no trabaja como un orfebre, no es un laborioso artesano sino lo contrario. Y lo dice en una entrevista que publicó Watkins hace unos años: “Tengo una escritura bastante fragmentaria. Capaz que empiezo con una idea y termino en cualquier otra cosa. Me dejo llevar por el texto. No soy de los que creen que la idea debe superar al texto, sino al revés: cuando esto sucede se nota, y yo trato de eliminar esos poemas”.

Mansilla se deja llevar hacia quién sabe qué orillas, quién sabe cuáles resultados. Y ni siquiera son resultados lo que busca, sino justamente esa yuxtaposición de elementos diversos, antagónicos, de diferentes mundos -o “reinos”, si se tomase una taxonomía clásica-. En su poema ingresan marcas de consumo masivo, términos en mapuzungun, citas de músicos y poetas del rock y artistas pop, menciones de científicos y sus ideas, y un erotismo que se nutre de excesos y escamoteos gracias a la publicidad y los mecanismos del consumo -otra vez-. Y poetas, sobre todo, poetas. Porque Mansilla es un buscador, un perseguidor de arqueologías sincrónicas: todo en este momento, y ya. Y ésa es la causa, junto con los lazos que teje con otros poetas, por la cual se convierte en maestro de los nuevos: ellos lo referencian, saben que señala un camino. Este universo convive en en el poema y coagula en una nueva realidad, una realidad otra que se cruza siempre de vereda. En Mansilla -y no sólo- la desmesura, la locura, son políticas. Lo dice la poeta Graciela Cros desde San Carlos de Bariloche: Mansilla es poeta/y como todos los poetas/ignora su poder. (http://almacenliterario.com/rmansilla.html)

Toda la luz que hay en esta mesa pertenece al recuerdo de tus ojos sobre la botella de plástico retornable aquel verano.

Hablar es difícil, decir es difícil, escribir es difícil.

Esto fue una carpintería, ahora, de noche, las cajas son decenas de ojos de cartón

(o sólo son cajas con nombres cortos y contundentes?)

Saladix, Presto Pronta, Natura, Cocinero, Cif, Bagley, Fargo.

 

El horizonte quedó siempre ahí

y el plato corta la mesa y la mesa corta el suelo y la ruta come todo lo que hay en mis ojos y mis ojos se comen los ojos de las cajas

con nombres cortos y contundentes.

 

Ya no sé quién vive en mi cuerpo: el espejo de Dorian Gray, Dr. Jekill y Mr. Hyde, el Yin y el Yang. O sólo el hombre que de la casa al trabajo y del trabajo a su casa construyó esa pequeña cruz de madera clavada en la puerta.

 

Mi padre hizo una cruz de madera para su amigo que murió de cirrosis a los treinta y seis años. Yo era pequeño y vi la secuencia del serrucho del cepillo de la cola.

Hacer esa cruz fue tan difícil como la represa del Chocón.

 

De ese lugar salieron placares, sillas, sillitas, sillones, mesas, estantes, y el tremendo delirio del delirium tremens en el valle de los carpinteros; Keops, Kefren y Juan Mansilla.

 

Me voy pala villa a verlo a Mansilla, chiqui chic, chiqui, chic, chiqui, chic chiqui chic.

 

Y no da, no de para ser maldito, quizás explotando las puntas, los laterales, las chapas de zinc ostrilión, el piso de cemento alisado y las cajas de cartón que me persiguen desde niño.

 

Este era el paraíso de la madera, acá la viruta era en serio.

 

Tres por cuatro, cuatro por tres las arañas con sus telas cubren el techo y no dejan crecer mas cajas de cartón sobre la cama. Nadie pierde el tiempo, todos demarcan territorio, mean, son meadas oscilando en el techo con la excusa de atrapar insectos.

 

Todo precario, en cajas, listo para rajar, tomarse el palo. Las valijas y los bolsos cerca, todo dentro de una caja de cartón. Ellas mandan, ellas vuelven recicladas a morder tu sueño bueno. En cambio nosotros nos vamos escapando de esas cruces de mierda, de ese serrucho, de esa lija, de esa parca con ojos de cartón. (La carpintería, en Oralidad ezquizoide: 

Hay algunas correspondencias con un viejo vecino suyo, Jorge Spíndola, un poeta también nacido en Comodoro Rivadavia que residía, hasta hace poco, en Valdivia, Chile. Entonces la ciudad donde ambos nacieron -no se conocían aunque vivían en barrios linderos- es el punto medio de la distancia entre los dos poetas, entre Neuquén y el sur de Chile. En Spíndola también se puede hallar un verso de largo aliento, compuesto con respiraciones internas, como Mansilla, con reverberos de González Tuñón, paisajes patagónicos donde se escucha el rock más cosmopolita, la toponimia mapuche que irrumpe en el verso con una limpieza similar a la de Mansilla, y compone -en ambos poetas- una cosmovisión original que disputa en pie de igualdad lugares de prestigio y preeminencia a la Biblia. La conciencia de estar en la frontera, un sitio que otros definen, es muy evidente en Spíndola:

dicen que el poeta elder silva es un poeta de frontera

qué será ser un hombre de fronteras

 

el poeta esloveno ales stëger me dijo vivo en un país

donde hay aldeas que cambiaron de nacionalidad

cinco veces este siglo gente que cambió

de pasaportes sin moverse de mi pueblo un solo día

fuera de la piel comienza la frontera

el cuerpo es frontera tu boca

se mezcla con la mía

lenguaje de labios donde

se disuelven los límites las regiones. beso tu boca

y todo lenguaje es frontera

lengua hispana bésase

con lengua portuguesa al sur del brasil y salen hijos en portuñol... (de Jerez volcado (poemas novelas), por Jorge Spíndola, p. 7)

De la correspondencia electrónica que Mansilla mantuvo con ella hace años,Graciela Cros extrajo la materia prima para un libro que tituló con el nombre de su corresponsal. Ella refiere allí no sólo los textos de los mensajes electrónicos, también reconstruye los viajes, que funcionan como un itinerario de iniciación donde cada lugar se carga de sentido con los encuentros, los amigos, las conversaciones. Mansilla no pasa inadvertido y, para él, el paisaje no es un mero escenario: por el contrario, es un sitio ontológico donde puede haber -o no- una manifestación misteriosa, una epifanía.

Recién comí

dos empanadas de roquefort

y dos de pollo

que me alegraron

el cerebro,

cuenta Mansilla en un mail.

 

Dice que va

a inaugurar una biblioteca

en Las Lajas

acompañado de motoqueros

y paracaidistas,

cosas de la Patagonia, agrega.

 

Yo me acuerdo de Osvaldo Soriano

y le digo eso,

que parece una escena

de alguna de sus novelas.

 

Tener amigos poetas

salva el día. (Un mail, en Mansilla, de Graciela Cros)

 

Raúl Mansilla nació en Comodoro Rivadavia. Chubut, en 1959. Desde la década de 1980 reside en Neuquén capital. Publicó Mariaísmo(1984); De la Construcción de Mitos y Otros Sucesos (1988); Las Estaciones de la Sed (1992);El Héroe del Líquido(1999); No era un viajero Inglés(2004 y 2013); Ojos Rojos(2005 y 2014); Oralidad esquizoide(2012). En 2017, ediciones del Genpin editó una antología, La ruta metafísica del héroe en tanto que Espacio Hudson prepara la edición, en un volumen, de Las Estaciones de la Sedy El Héroe del Líquido.

29/07/2016

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