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Columnistas
06/04/2018

Brasil y las fronteras de la democracia

Brasil y las fronteras de la democracia | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Lula fue el mejor ejemplo de gobiernos que hicieron emerger democracias nuevas, donde las ciudadanías se conforman con “los de abajo”, hombres y mujeres indígenas, pobres y trabajadores. La caída de Dilma hace casi dos años y el actual destino judicial del líder brasileño afectarán la marcha democrática continental.

Gabriel Rafart *

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Hasta la interrupción del mandato presidencial de Dilma Rousseff por un juicio político viciado de contenido y en sus procedimientos, Brasil junto a Bolivia parecían ser los exponentes de una auténtica revolución para las democracias. Prometían cambiar el contenido de una democracia tal cual lo conocíamos y se avanzaba hacia nuevas fronteras. Es que una porción no menor de los rostros de la vieja América con sus razas excluidas y clases explotadas habían accedido al gobierno.

No cabía duda de que la irrupción de la presidencia de Evo Morales, desde su universo campesino y mestizo, reformulaba por entero la historia contemporánea de Bolivia. También su frontera democrática. Antes, en Brasil, Lula llegaba al palacio de Planalto cargando con su realidad corporal de pobreza del nordeste, luego trabajador, dirigente del corazón industrial paulista y finamente constructor de una fuerza política novedosa.

Ambos eran las piezas que faltaban para que la democracia de constituciones liberales y elecciones interrumpidas mutara a una democracia de las sociedades, esa donde las ciudadanías se conforman con “los de abajo”, hombres y mujeres indígenas, pobres y trabajadores. Como se dijo en más de una ocasión, esas democracias contaban ahora con presidentes que tenían el color y la piel de sus pueblos.  El ideal de una representación auténtica aparecía como gobierno efectivo en nuestro espacio continental.

Lula es el mejor ejemplo de la emergencia de una democracia nueva, mayormente por su intento de romper con la democracia vieja. Lo mismo ocurrió con una nueva izquierda que cuestiono a sus exponentes anteriores. Democracia e izquierda vivieron un ritmo diferente. También un itinerario sinuoso. Tuvieron sus momentos para ofrecer rupturas. Cuando llegó alguno de esos momentos -triunfos electorales- muchos imaginaron la emergencia de un tiempo nuevo. Ocurrió con el Lula del Partido de los Trabajadores del Brasil.

Fue su construcción política, paciente y meticulosa, que supo sobreponerse a las cambiantes situaciones que podía ofrecer un país gigante y desigual. Allí estaba la clave para entender esa nota de lo “nuevo” en el concierto de las izquierdas latinoamericanas. En el manejo del tiempo. En su trabajo sobre la experiencia. En la manera de recurrir a la democracia. En valorar cada capítulo electoral. Y también en seguir siendo expresión de los movimientos sociales. Y supo entender que parte del lenguaje político era saber producir coaliciones para ganar y luego sostener gobierno.

Hasta se equivocaron muchas veces con los socios electorales. Para dar cuenta de esa paciencia, el mismo Lula y sus candidatos debieron aceptar varias derrotas. Con ello la trayectoria del PT se parecía mucho al itinerario de los socialistas europeos de finales del siglo XIX y principios del XX. Ese tipo de construcción le otorgaron al PT y sus coaliciones los sucesivos triunfos de Lula y Dilma. Inclusive el mundo de los partidos fue duramente afectado por esa presencia. Como caracterizó un cientista político, con la llegada de Lula al gobierno se pasó de un caótico e hiperfederalizado sistema de partidos a otro más previsible, ordenado en función de la adhesión o no al gobierno de PT. Hoy, todo cambió.

La caída de Dilma hace casi dos años y el actual destino judicial de Lula establecen una nueva frontera para la democracia brasileña. Y ello afectará la marcha continental de la democracia. Atrás dejará ese carácter, si no fundacional, al menos de suma de promesas. Ese tipo de horizontes que dan esperanza a que la construcción democrática debe ir más allá de recambios de élites con poder económico.

Sin duda fue la experiencia del PT en el poder la que otorgó esa nota de expectativa para el mundo social de los brasileros. Su proyección fue latinoamericana. Cosa que ciertamente ocurrió en sus proyectos de ciudadanía social, un viejo tema para pensar si las democracias son productivas o no. Hablamos de una democracia que fijó una nueva frontera social. El sistema de poder del Brasil de hoy, busca restablecer la democracia vieja.



(*) Historiador, autor del Libro “El MPN y los otros”
29/07/2016

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