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Columnistas
24/03/2018

Decime si exagero

La cultura es la sonrisa

La cultura es la sonrisa | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Hoy, 24 de marzo de 2018, sin actos nacionales oficiales, con un panorama de endurecimiento de los planes operativos de las fuerzas de seguridad, que no dudan en disparar, con un servicio penitenciario pidiendo a los gritos domiciliaria para el ángel de la muerte, ¿por qué sonreír? Entérese entrando a esta nota…

Fernando Barraza

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La cultura es la sonrisa, dijo León Gieco. Fue durante la dictadura, en 1981. Muchos dicen que para ese entonces el aparato censor estaba replegándose, que Viola había llegado para poner cara de “bueno”, dispuesto a “permitir” más expresiones artístico-educativas (recordemos que el ministerio era de Educación y Cultura, todo junto, todo apilado), que la idea era comenzar a “negociar” con los artistas y aflojarle un poco a la censura aplicada con vara atroz desde 1976, o tal vez desde antes, desde el onganiato. Pero la verdad, más allá de las lecturas políticas que van y vienen, suele abrirse paso a la vuelta de la historia, cuando los años transcurren y dan una perspectiva. En este sentido, si uno toma la lista del Comfer de “cantables” que resultaban “inconvenientes” y por eso se prohibían, verá sin mucho trabajo que la tarea del “Operativo Claridad” continuaba llevándose a cabo en 1981, que gozaba de muy buena salud y que las canciones seguían prohibiéndose por cualquier motivo, danzando la danza subjetiva de los censores. ¿Quieren ejemplos?: ese año se censuró el bolero “No mires el reloj”, de Chico Novarro; “Viernes 3 AM”, de Serú Girán; “El montón”, de Cátulo Castillo; “¿Piensas que soy sexy?”, de Rod Stewart; “Se busca”, de Roberto Carlos; “Bésame amor”, de John Lennon; “Que no me llamen mujer”, de Tormenta; “Cruz de luz”, de Daniel Viglietti y 24 canciones más. Diez más que en 1980.

A pesar de eso, y contra sus propios fantasmas, Gieco cantaba de una manera militante y aguerrida justamente eso: que la cultura es la sonrisa.

Tomemos, por favor, el ejemplo de esta canción y de esa sonrisa para evaluarnos hoy: 24 de marzo de 2018, año en el que el gobierno nacional ha decidido no organizar formalmente ningún acto por el Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Nada. Nada de nada. Nada que recuerde qué pasó, cómo pasó y por qué paso. Y las provincias y los municipios que son totalmente consonantes con el macrismo acompañan. Silencio. No recordar, no agitar las aguas de la memoria, que se estanquen, que se evaporen también. Silencio para lo que pasó y silencio para lo que pasa y pasará (la canonización del gatillo fácil, la policía entrando en la localidad de Mataderos a una escuela a buscar a un pibe de nueve años, Astiz en una lista oficial con pedido de domiciliaria, etcétera y etcétera, muchos etcéteras). 2018, el año en el que Avruj, secretario de DDHH, habla en La Nación dos días antes del 24 y dice que no organizarán oficialmente nada más que un pequeño acto de cabotaje, sin el presidente, sin los ministros, con el discurso publicitario que dice: “habrá múltiples actos, porque creemos que debe fluir la expresión de todos los sectores, nadie debe apropiarse de la fecha", sonriendo en cámara, como dando la gracia patronal de que la gente “haga lo que quiera”, con ausencia total de una política de Estado, por supuesto. Dos días antes, el municipio de Morón manda a borrar los pañuelos pintados en la vereda de la Mansión Seré y, bajo la inmediata reacción de Madres de Plaza de Mayo para repintarlos, manda uno de los más notables operativos policiales a “custodiar el sitio histórico”, es decir: amedrentar a los manifestantes. Nada. La nada más nada se desparrama con una intención clara.

En este clima de tormenta de tabula rasa, de descompromiso con la historia, de violencia institucional disfrazada de democracia tolerante, la memoria se abre paso de todas maneras, porque allí, en la oscuridad misma de la falta de oportunidades, la memoria sabe que tiene que hacer lo que tiene que hacer. Y aquí es donde le tenemos que empezar a dar pelota a la sonrisa de Gieco.

Este artículo está escrito durante los primeros minutos del 24 de marzo. Si quien escribe fuera un “periodista responsable”, como Lanata, el doctor Castro, Morales Solá, o Leuco padre, no podría asegurar y dar por sentado en este escrito que las manifestaciones en Plaza de Mayo y en miles de plazas y avenidas del país fueron/serán multitudinarias, ni que cuatro generaciones de argentinos: Abuelas, compañeros de la juventud de los setentas, Madres y los hijos de sus hijos, marchan como racimos de vida por las calles de la Argentina, cantando, rechazando de plano el terrorismo de estado, vitoreando la memoria. Profesionales contables, abogados, cartoneros, estudiantes secundarios, sub-ocupados, maestras, mecánicos dentales y torneros. Todos como uno. No, eso no lo haría un “periodista responsable”, un comunicador con una línea “clara e independiente” de un mega-medio-empresa. No, no lo haría.

Sin embargo quien escribe esta nota sabe que eso va a suceder, como la sonrisa de León en el ‘81. Quien escribe esta nota sabe que la memoria se abre paso como un disparo de nieve, y que el pueblo la gatilla a pesar del espíritu oficial de época.

Cada vez que uno mira al poder dominante a la cara, a través de los medios, a través de las redes sociales, o en el simple acto de contemplación cotidiano, entiende que “ellos” están perfectamente organizados, que no dan puntada sin hilo, que todo lo que piensan y actúan está concatenado: en el plano financiero (son los dueños de casi todo y quieren Todo), en el plano judicial (son la mayoría en cargos altos de la justicia), en el plano cultural (tienen los medios masivos en sus manos). Esa verdad/lectura abruma, y es cierta: ellos están organizados, ello tienen el poder, ellos concatenan acciones para perpetuarse. Pero no es la única verdad, no señor, no señora.

Existe un hilo que nos atraviesa a “todos los demás” (¿cuántos somos?, eso discutámoslo otro día…) y nos une umbilicalmente. A veces no lo vemos, a veces nos distraemos, a veces no quieren que lo veamos. Ese hilo nos hermana, nos mantiene en contacto y en posición de resistencia activa. De ese hilo muchas veces nos desentendemos, por desazón, por miedo, por comprar en cuotas el individualismo propuesto, por muchas razones. Permítanme contarles un ejemplo, y con esto termino la nota:

Estaba organizando un trabajo sobre censura en la música y dictadura. Ayer le mandé un whatsapp a Clarisa Moura, la hija de Jorge Moura, el hermano desaparecido de Federico y Marcelo, los líderes de Virus, banda emblemática del rock argentino de finales de dictadura y principios de la nueva democracia. Quería el testimonio de Clarisa porque ella, como sus compañeros y compañeras hijos de desaparecidos, es la comprobación en vida de ese eje que articula la memoria de lo que pasó con el futuro que siempre se está tejiendo. Conseguir su teléfono (ella vive en México DF) fue difícil, hubo que molestar a conocidos de conocidos de conocidos para dar con ella. Finalmente el cometido es logrado. Clarisa envía los audios contestando las preguntas que le hacemos para el trabajo. Al finalizar pregunta sobre como conseguimos su teléfono. Explicárselo conlleva mencionarle muchos nombres. Pues, a pesar de que unos y otros de los nombrados no se conocen entre sí, con la mayoría Clarisa tiene un nexo y los recuerda. A 42 años y 7.440 kilómetros de distancia de donde se lo llevaron a su viejo, todos esos nombres tienen algo en común con ella, vivencias, similares maneras de entender la vida, idénticas maneras de enfrentar al totalitarismo. Es impresionante, el hilo que nos une se hace visible frente a los ojos de este cronista. Pero todavía falta lo mejor.

Casi al finalizar el contacto, Clarisa me pregunta como escuchar su testimonio dentro del especial audiovisual que estamos preparando, y también si su testimonio saldrá al aire en Neuquén, porque le puede decir a sus conocidos de por acá que la escuchen. Ahí mismo aclara que los conocidos son parientes políticos, porque su marido es de Neuquén, “quizás lo conozcas”, me dice. Su marido es Jorge Alderete, aquel jovencito que en pleno menemismo feroz vivía en Neuquén y dibujaba para la contra-cultural e independiente revista de historietas “Alquitrán”, hoy de culto. Jorge actualmente es uno de los guionistas y dibujantes de historietas más bien posicionados de su generación en todo Latinoamérica, sus trabajos para Los Fabulosos Cadillacs (artes completos de sus dos últimos discos y diseño de escena de las dos últimas giras mundiales) son reconocidos internacionalmente. Claro que conozco a Jorge, desde que era un pibe lleno de ideas y con el tintero caliente para dibujarlo todo con apetito voraz. Jorge está en uno de los extremos del hilo que nos atraviesa. Ahora el hilo me une a Jorge también me une a su chica, Clarisa, que a su vez está conectada con los docentes, los periodistas y los militantes que atravesé para llegar a su teléfono. Eso es, ¿se van dando cuenta?... es el hilo… es la sonrisa que canta León.

Ellos están organizados, sí, sí, repitámoslo si quieren; pero nosotros también. Hay un nexo, hay un hilo, un ánima, una sonrisa.

Por eso no solo hay que patear el tablero postmoderno montado en La Nación por Avruj, sino que hay que redoblar los esfuerzos, hacer de la memoria una tormenta de luz. Por eso voy a intentar descolocar aún más a esta gente y voy a proponer algo: hoy, 24 de marzo, todos levanten su copa, su taza de café, su vaso de jugo, su mate y brinden con alegría. Brinden por todos estos años en el ejercicio militante de la memoria, por todas las conquistas, por todos los esfuerzos que han valido la pena. Brinden por eso y por el contagio a los que vendrán. Brinden, fuerte y alto, con alegría pegadiza, con espíritu de continuidad. Sonrían. La cultura es la sonrisa.

29/07/2016

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