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Mauricio Macri inicia su tercer año de un gobierno con muchos rostros. Siempre bajo una unidad estructural que define su futuro. Sin ser original esa unidad está dada por la ausencia de autonomía en su construcción de poder. Por ello esa carnalidad explicita con el capitalismo financiero internacional y su gerenciamiento local.
El rostro que cuenta para nuestro comentario es el de un presidente con buena actuación frente al Congreso. En su exposición del jueves pasado hay un rostro que se presentan como gobierno compartido. Aun bajo un lote de legisladores que no suman una mayoría pero que ha sabido conformar grupos de aliados de ocasión y otros más estructurales. Muchos de ellos fueron acomodados en primera fila en el recinto legislativo. También mostrando otro rostro, el de un gobierno imperial que desiste del Congreso, bajo un ejecutivo que despliega un unilateral decisionismo. Los dos rostros se superponen, aunque de acuerdo a las señales brindadas en el discurso de este 1 de marzo y en los primeros actos de enero con muchos decretismo visible y oculto, el presidente del futuro es más ejecutivista que legisferante.
Sin duda el discurso brindado fue un poco más trabajado que los anteriores. También mejor leído. Seguramente más ensayado. Aquí el atril presidencial ofreció un conjunto discursivo de mayor articulación, aunque se parece tanto al libreto ya conocido. Como en otras ocasiones interpelo al tipo de ciudadanía informe. Para la experiencia vital de “gentes” que esperan un Estado impolítico, de pura administración. Que se aleje definitivamente del conflicto. Por ello esas palabras fueron dirigidas a un Parlamento sin ruidos. Distante del Congreso de diciembre, el de la reforma previsional. Todo prolijo. Lejos del populismo de la vocinglería de colectivos de demandantes organizados. Las calles aledañas al Congreso estaban mudas, un lugar para silenciosos actores de un tipo de política que cada vez resulta más blindada por vallados y ejércitos de policías. Hasta diputados y senadores dejaron atrás actitudes belicosas y expusieron un reverencial respeto a las frases presidenciales. Un cuidado marketing de cámaras televisivas bien dirigidas se impuso sobre la realidad de otros escenarios casi carnavalescos en que la gente construye coros quejosos. Es que, en las canchas, los recitales, hasta en las simples estaciones de subtes la presidencia del presente parece afrontar momentos difíciles. El relato populista de derecha que gozo de gran eficacia requiere relanzar al presidente del futuro.
Desde ya el presidente del futuro se esforzó menos en ser el jefe inteligente de un Ejecutivo que tiene la misión de producir una exigente agenda de trabajo para el Congreso que muchas veces es despreciado. Algunas de esas iniciativas legislativas son apenas enunciados del tono “pobreza cero”, tal el caso de propender a la igualdad de ingresos entre varones y mujeres trabajadores. En ambos temas hay un gobierno estructuralmente contradictorio: la promesa de futuro sin pobres y de igualdad de remuneraciones para mujeres y varones es exigida por un equipo mayoritariamente masculino, de capitalistas que esconden sus riquezas para tributar menos.
Lo peor ya paso se dice. Vendrá un tiempo nuevo, nos dice el presidente del presente poniendo rostro de presidente del futuro. Propone un reformismo menos exultante que antes. Todo muy módico, ya que cabe dentro del gradualismo declamado. Por lo tanto, no hay demasiadas propuestas legislativas. Menos se exponen lineamientos estructurales. Si hay algo de este presidente del futuro que lo enlaza con el del pasado reciente (apenas dos años y tres meses) es el voluntarismo. Es cierto que esta vez con menos grandilocuencia. Sin exigirle a las gradas parlamentarias un nuevo “si se puede”. El listado de proyectos de ley, o comentarios con diagnóstico, pero sin propuesta resulto corto. Una futura ley de inclusión laboral que sería resultado de reforma laboral fracasada. Mas leyes favorables para el sector financiero. Una idea de final del megaendeudamiento, cuando hace unos días se anunciaba más generación de deuda. También dio a entender que solucionaría los conflictos de intereses que tiene el mismo gobierno colectiva e individualmente y que por ello se requiere una ley de integridad pública. La que esta no alcanza para terminar con la autonomía de la política.
El presidente del futuro dice poco de la senda peligrosa por la que avanza su gobierno. Y sus promesas de poner en caja inflación con alto crecimiento parecen estar fuera de realidad. Si se suma el enorme endeudamiento, hace que el discurso de este 1 de marzo, ponga a este presidente más cerca del corto pero trágico pasado presidencial ya conocido de principios de siglo XXI.
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