-?
¿A qué se debe la pujanza económica del Perú? A que terminó la guerra, responde Óscar al salir de cenar en este restorán en el corazón de Miraflores, a metros del Óvalo Gutiérrez. Después de más de 30 años, Óscar Rodríguez es el mismo peruano sonriente, con mirada de pícaro y el retruécano siempre listo. Compartimos pisco sour y cerveza, cebiche, arroz con camarones y papas fritas. Y postre y café. Hace tres horas largas nos encontramos allí, en la plazoleta del óvalo, con él y su hermana Ana. Al rato llegan Mariela Rivera y su hija Claudia, sobrina de Ana y Óscar. Todos trabajan mañana, pero la charla se prolonga lenta y afectuosa como una caricia interminable.
¿Guerra?, insiste alguien, mientras esperamos el taxi. Sí, guerra civil; la guerra con Sendero se terminó, martilla de nuevo Óscar, con su eterna sonrisa colgada en los labios. Y después va a contar que pudo volver -estuvo fuera del país algunos años, en Panamá quizás-, y ahora Perú lo entusiasma: Lima es una ciudad enorme, contradictoria, paradojal, compleja, difícil, vital. El catolicismo conservador que la caracteriza se resquebraja y deja grietas, nichos por donde la vida joven circula y crece. Cada adjetivo tiene que ver con sus gentes, los pueblos que la pueblan, las culturas que la edifican. La convivencia perenne entre las huacas y los buses; entre la riquísima comida peruana de cualquier región y los estúpidos McDonalds y sus imitadores; entre los museos y las catedrales de la Inquisición y el barroco y el sincretismo dominante, triunfante -aunque ahora amenazado por sectas evangélicas y pastores electrónicos-.
Al día siguiente, se sale de Pueblo Libre, la enorme barriada que ahora es municipio y que fue bautizada así porque allí residió Simón Bolívar en la pelea por la independencia. El rumbo es hasta la Costa Verde, en la Bajada San Martín, en la punta de San Isidro sobre el mar gris. Una mole, también gris, parece avanzar sobre la costa, como venciendo la barranca y la estabilidad en el aire. Es un monumento de dolor, de recuerdo, de historia. Gris plomo, con duras aristas, sin curvas, donde lo único amable son las explanadas que suben y bajan por los diferentes niveles y la blanda espuma, la blanca espuma del mar, más allá. Dentro, todo es gris y blanco también. Como si el mar ingresara con la luz del agua dentro de cada recinto, inundara cada salón para que nada distraiga los cinco sentidos y se incorpore el sexto: la memoria. Quizás el principal, el más importante de los sentidos.
La recorrida es por pasillos ilustrados con enormes fotografías de diarios y revistas, acaso de archivos privados y no tanto -castrenses, de servicios de inteligencia quizás- con explicaciones sobre el conflicto que comenzó en 1980 y se extendió durante 15 años y concluyó ya avanzado este siglo. En su momento de auge, el Partido Comunista Peruano-Sendero Luminoso dominó una extensa área del centro y norte del Perú -litoral, sierra y selva- al tiempo que desarrollaba una importante actividad en Lima. El poeta y crítico Rafael Dávila-Franco define esa etapa como de “guerra interna y/o el estado de guerra interna”, y considera que “el bello cántaro”, que recogía “el agua fresca de la poesía peruana de los años 50” de autores como Carlos Germán Belli, Jorge Eielson, Javier Sologuren, que en las décadas siguientes encarnaron Javier Heraud, Marco Martos, Antonio Cisneros y otros, se estrelló sobre “una terrible realidad”. Y entonces quedaron fragmentos, no de posmodernidad, asegura, sino de “todos los proyectos de la historia republicana del Perú”.
“De los años ‘85 a los años ‘90 la intensificación de la violencia subversiva se agudiza a niveles inimaginables. Las acciones militares de demolición y de hostigamiento del estado y de todas sus dependencias y organismos: bancos, comisarías, agencias públicas, se incrementa de una manera geométrica. Como respuesta el ejército peruano se va posesionando del control público. Una ciudad patrullada 24 horas por los soldados y la policía nacional. Un ejército estableciendo cuarteles en diversos poblados y universidades. Deteniendo a mansalva a indocumentados o "sospechosos", provocando un verdadero clima de terror cotidiano en la ciudad que afectaba a todos permanentemente; más allá de las bombas, que, no obstante, salvo desgraciados casos como el de la calle Tarata, afectaban, no tan directamente, a la población civil. (Claro que en el campo, literalmente entre dos fuegos, otra era la situación). Y aunque en el ‘92 fue capturado el líder del más peligroso grupo político militar de América Latina en toda su historia, (por su ideología y su jerarquizada estructura partidaria), nada menos que en la casa-academia, de Maritza Garrido-Lecca, talentosísima y conocida bailarina en el medio artístico, (quien, por lo demás, fuera antes compañera de ruta de poetas vinculados a Kloaka y particularmente pareja mía, desde el año ‘86 hasta el ‘90), a pesar, decía, de dicha captura la pacificación va recién a comenzarse a vivir hacia el año ‘95. En esos 15 años, o sea los que van del ‘80 al ‘95, el núcleo inicial de la promoción poética de los ‘80 se ha atomizado, se ha fracturado, en tantas propuestas como individuos lo conformaban, para producirse, finalmente, una verdadera diáspora”.
Uno de los salones principales parece montado por artistas plásticos: enormes fotografías cuelgan del cielorraso y frente a ellas, asientos con dispositivos para escuchar con auriculares. Son testimonios de víctimas de la guerra: indígenas, campesinos, habitantes de ciudades, estudiantes de secundario y de universidades, madres, militantes, algunos soldados, curas, muchas mujeres jóvenes. Uno de los testimonios grabados pertenece a José Carlos Agüero, hijo de un matrimonio de senderistas. El padre, José Manuel, fue muerto durante la represión a un motín, mientras estaba prisionero en la cárcel de El Frontón en 1986. La madre, Silvia Solórzano, apareció asesinada en una playa de Lima en 1992. Agüero es historiador y poeta, y participa de instituciones de defensa de los derechos humanos y de reivindicación de la memoria. Se dedica a investigar sobre violencia política y participó de la búsqueda de testimonios para la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). En su libro “Los rendidos”, Agüero cita a Elizabeth Jelin y considera que “mantener la centralidad cultural de la víctima genera que no importe lo que la persona hizo, sino lo que se le hizo. Ello nos quita al actor y nos entrega un personaje indefenso, despolitizado, donde lo que ponemos de relieve es que haya sido violentado en sus derechos y que haya sufrido. Por lo tanto, revalorar al actor es contribuir a recuperar a todos estos sujetos en su humanidad compleja”. Su libro es por lo menos, polémico. Su lectura no es fácil, implica acceder a una historia poco -o mal- conocida fuera del Perú.
No parece que la diáspora de la que habla Dávila-Franco sea tan grave. Al día siguiente de la primera visita, cierra el ciclo de “Poesía, memoria y violencia. Nuevos avances en noviembre”, con participación de cinco poetas, dos de ellos a través de entrevistas videograbadas. José Antonio Mazzotti, residente en Estados Unidos, y Marco Martos aparecen en los documentales (mazzotti; martos) mientras Carlos López Degregori, Violeta Barrientos y Willi Gómez Migliaro leen sus textos.
Retablo, por Marco Martos
En un tiempo viví en Ayacucho,
rincón de muertos que lo llaman.
Salí de allí, por azar, en 1970,
diez años antes del comienzo
de la hecatombe.
Vi la miseria con mis propios ojos
en el Parque Sucre, San Juan Bautista.
Acuchimay, en el mercado,
y penetrando por las rendijas
a las mismas casas de los ricos,
mendigando. Algunos
de mis conocidos de esos años
están muertos o en prisión
o andan por el mundo
como kamikazes locos
matando y dejándose matar
por los soldados.
No hablo de los jefes. De ellos no hablo.
Conocí a un niño que murió
en la isla El Frontón en 1986, siendo hombre,
con trescientos de los suyos, asesinado.
Tuve un amigo periodista
que fue a Ayacucho en 1983
en misión de servicio y junto
con siete compañeros,
en Uchuracay, murió asesinado.
Pero los hombres de la costa cuando mueren
tienen un nombre, una lápida,
recuerdos, flores; los campesinos
cuando mueren son números asesinados.
Pienso también en los soldados
que los llevan desde tan lejos
(Saposoa, Iquitos, Tumbes)
hasta Ayacucho a morir baleando.
No me hables de la música de Huamanga,
ni de la tersa piel de sus mujeres,
ni del cielo lapislázuli.
Ayacucho es la sombra de la muerte,
una escalera interminable de cadáveres,
la muerte misma trepando hasta mi corazón
que vive todo el tiempo agonizando.
De la rama del árbol de Pan
cuelga la mano del Hacedor, por Violeta Barrientos
Glúteos apiñados en los mercados refriegan por una rebaja.
Una larva hurga al interior de una fruta abriendo un túnel confuso
a cada bocado.
Rumores corren, la antigua moneda se corroe
y pronto la gran fortuna
tendrá dimensiones ridículas.
Ya en las esquinas se avanza en procesión
a la espera de un milagro,
un hombre de éxito grita al público
sus últimas palabras de ruego.
De una mano a otra,
la vida se hace austera y se alarga
con su sangre reclusa bajo la manga,
al mismo tiempo aparecen
la pérdida y la ganancia.
La boda, por Carlos López Degregori
En Aldebarán nadie tiene ojos. Las pocas flores que allí crecen
huyen de los fogones.
Las bestias y los hombres se esconden terrosos
apretados
enferman con la luz.
No sé por qué me invitaron a una boda en Aldebarán
o fue por risa
o por crueldad
pero allí estuve
y ahora de regreso sólo puedo decirles
que en Aldebarán los ciegos se casan con las ciegas
y danzan hasta morir en su fiesta de carbones
golpeando palos
campanillas
con sus caballos de fieltro
con sus perros que ladran a los ruidos
y cuando ya nadie queda
cantan al final ciegos los gallos
anunciando
ninguna claridad.
Lectura de Degregori en Rosario, Santa Fe
El edificio fue construido con aportes del ministerio de Cooperación de Alemania, a partir de un proyecto iniciado en 2008, y fue inaugurado en 2015 por el presidente Ollanta Humala. La realización y diseño estuvieron a cargo de una comisión presidida, al inicio, por el escritor Mario Vargas Llosa y el pintor Fernando de Szyszlo. El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) se constituyó en un espacio con salones de exposiciones, centro de documentación que desarrolla una importante agenda de actividades culturales vinculadas con la defensa de los derechos humanos, el rechazo a la violencia política y la equidad social.
La lectura de los poetas y la proyección de los videos termina ya avanzada la noche. El mar se oye, allí nomás, oscuro como las paredes del LUM, que eran grises al ingresar. Como al principio, edificio y océano se confunden uno con otro, como si la memoria fuera un espacio inmenso, en expansión, inabarcable, desconocido al que le faltan palabras, al que parece que es necesario ponerle rostros, gestos, imágenes.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite