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Para que leas con claridad esta nota, que no quiere caer en zonzas moralinas, vamos a comenzar con varias aclaraciones por la negativa. Quizás contándote “qué no es” esta nota, podrás leerla sin tantos condicionamientos. Probemos:
Esta nota, por ejemplo, no es uno de esos artículos e informes en los que se demoniza al cine y la ficción de acción y se los culpa de la violencia creciente en la sociedad haciendo una lectura directa, lineal y burda. Tampoco es un twitter del periodista de La Nazion Mariano Obarrio, diciendo que la serie argentina “El Marginal” fomenta la violencia y -de una manera tajante y mojigata- asegurando que la serie “es una escuela técnica de cómo es la vida del delincuente y como lideran entre ellos. ¿Qué queremos? ¿Llenar las cárceles o las escuelas?”
(Más data sobre esta “polémica”, aquí: http://exitoina.perfil.com/2018-02-08-503961-el-marginal-fomenta-el-delito-y-la-violencia/).
Ni siquiera es parte de una campaña global para la erradicación de la violencia en ficciones y videojuegos, de esas que de vez en cuando se hacen presentes en los medios de comunicación y ponen a las personas a conversar al respecto. Lo que sí intenta esta nota, es ofrecer una pequeña reflexión sobre la cantidad de cine y ficciones televisivas que hemos consumido durante el transcurso de nuestras vidas, y puntualmente esas películas y series que tocan centralmente el tema de la justicia por mano propia y el gatillo fácil justificado. Cómo ese cine sigue un modelo, un patrón bien definido y -en definitiva- que pudieron esas ficciones habernos hecho al estar activamente presentes en el cotidiano de nuestras vidas desde niños y niñas, en el inconsciente colectivo de nuestras sociedades, haciéndonos acumular millones de minutos en presencia de atractivos argumentos que soslayan el valor “práctico” de la ley (o las leyes) y azuzan el uso de la violencia y el ajusticiamiento directo.
Decime si exagero...
Seductores métodos de totalitarismo
Aun tejiendo una hipótesis que indique que puede haber lectores de VaConFirma de hasta 100 años de edad, no existiría ningún lector o lectora de este medio que esté posando su vista sobre este artículo en este instante y que no haya visto desde su más remota infancia películas que, de alguna u otra manera, defiendan la justicia por mano propia o la violencia ejercida por fuerzas de seguridad del estado aquí y allá. Arranquemos lejos: “El nacimiento de una nación”, el clásico de D.W. Griffith que cuenta la historia de dos familias norteamericanas que, tras muchos pesares acaecidos, deciden enrolarse en el Ku Kux Klan para resolver de una manera “poco formal” y homicida un conflicto social/racial/familiar en el sur de los Estados Unidos. Pues ese film es de... ¡1915!
De allí en más, cada década del siglo pasado ha tenido sus films masivos que ahondaron en temáticas que ponían a sus personajes en situaciones en las que debían decidir hacer justicia de manera exprés, más allá del sentido común de las sociedades y de las leyes vigentes; o aquellas, en las que distintos actores de las fuerzas del orden (por lo general policías, pero también soldados, marines, etcétera) ajusticiaban en pantalla a villanos -y no tanto- avalados por el manto de piedad que los diferentes guiones echaban sobre ellos.
Y el entretejido mayor, la mayor producción, fue tejido (en estos ciento y pico de años de ficciones audiovisuales) por el cine norteamericano, es cierto, pero la cuota no es excluyente, ya que muchos realizadores europeos, asiáticos y americanos se han visto seducidos por esta temática que -desde Esquilo, o “Hamlet”, hasta aquí- ha estado presente en la vida de todos.
Y bueno, es cierto: no todo el cine es el norteamericano, pero la dificultad se presenta en tanto la preponderancia que el cine de USA ha tenido en el inconsciente colectivo global, ha sido hegemónica y, a esta altura del partido de nuestras vidas, casi todas las maneras de hacer ficción en el planeta emulan el molde USA de hacer cine, su estilo, su forma de decir las cosas.
¿Qué formas?
¿Cuál es la forma general de decir estas cosas (justicia por mano propia, gatillo fácil) del cine de EEUU?: pues es bastante estereotipante e insistente, por destacar solo dos constantes sin entrar (al menos no todavía) en valoraciones morales.
Desde la década del 50 el mensaje del grueso del cine norteamericano al respecto fue bien pero bien claro: la justicia por mano propia es dable y las fuerzas de seguridad deben actuar más rápido que la justicia. Millares de guionistas y directores trabajaron en ese sentido y la idea prendió aun entre los genios con más carácter y talento, como el maestro Alfred Hitchcock, quien ya en 1941 entregó “Sospecha” (Venganza), segunda de sus producciones norteamericanas para la factoría Selznick en la que el personaje de Lina atraviesa todo el film con la hiriente certeza de que su marido es un asesino y que ella misma debe hacer algo para detenerlo. La película tiene un final feliz (disculpas por el spoiler) a pedido del estudio, que no quiso que Cary Grant sea visto en pantalla como un asesino; pero muchos años más tarde Hitchcock le confesó a Truffaut en una extensa entrevista para el “Cahiers du cinema” que no le gustó el final de la película, y que él hubiese querido “aleccionar” a Lina por haber pretendido manejar ella misma y en silencio una situación de posible justicia por mano propia. En el final que hubiese rodado el bueno de Alfredo si lo dejaban, cuando Cary Grant lleva al final el vaso de leche envenenado, Joan Fontaine está escribiendo una carta a su madre: "Querida mamá, estoy desesperadamente enamorada de él, pero no quiero vivir. Va a asesinarme y prefiero morir. Pero creo que la sociedad debería estar protegida contra él." Entonces, Cary Grant le da el vaso de leche y ella dice: "Querido, ¿quieres enviar esta carta a mamá, si no te molesta?" Él dice: "Sí." Ella bebe el vaso de leche y muere. Fundido, encadenado, una escena corta: Cary Grant llega silbando, abre un buzón y echa la carta dentro. Fuerte, ¿verdad?.
Si con este film Hitchcock quería ser sutil y dar un punto de vista crítico sobre la justicia por mano propia, la sutileza se le va al diablo en “Revenge” (Venganza), su primer capítulo para el ciclo televisivo “Alfred Hitchcock Presenta”, filmado 14 años más tarde, en el que directamente le pone la escopeta cargada en la mano a Carl, un tranquilo hombre rural, para que dispare sobre todos los sospechosos de haber atacado a su mujer, Elsa. Así, el genio inteligente del cine -a su manera- también sucumbía a la legalización ficcional de que el ciudadano común puede decidir sobre la vida de los demás si las circunstancias le son hostiles y adversas.
La década del sesenta llegará con más fuerzas en este sentido y películas genialmente confeccionadas como “Cabo de miedo” (1962) abrirán las puertas para que el sentido común sobre la naturalización del escopetazo sobre el otro, el subjetivamente sospechoso y amenazante, quede flotando al salir de la sala.
Si bien muchas veces los personajes de natural “armas tomar” estaban camuflados en ambientes ficcionales como el Far West, la antigüedad e inclusive los mundos fantásticos, la necesidad de un tejido de contenidos morales macartistas de la post-guerra y el inicio de la guerra fría hicieron que la cosa se pusiera cada vez más explícita y desarrollen similar recorrido naturalizador los argumentos en los que -amén de los ciudadanos justicieros- agentes de las fuerzas del orden (policías y soldados, siempre en posición heroica) pudieran disponer de la potestad de abrir fuego sin necesidad de consultar demasiadas cosas a priori con fiscales o jueces. Los dos casos más emblemáticos en este sentido fueron los de Charles Bronson, sobre todo en films como “The Stone Killer” (estrenada en el mundo de habla hispana como “América Violenta”) y profundizada ya no como policía legalmente asesino, sino como ciudadano de armas tomar en la saga de “Death Wish”, donde un hombre dolido le vuela la cabeza y le dispara por la espalda a decena de mal hechores en búsqueda de justicia por el asesinato de su esposa y la violación de su hija. No soslayemos el dato de que aquella película de Michael Winner, fue criticada por revertir el tono de la novela original en la que se basó, que denunciaba los peligros de tomar justicia por mano propia, para cambiarle el signo y justificarla y apoyarla. De todas maneras, lo que preponderó en el inconsciente colectivo global fue el punto de vista cinematográfico.
El otro exponente saliente de los setentas es Clint Eastwood, quien le dio vida al hoy emblemático “Harry el sucio”, un duro agente de la policía que -asediado por resolver el caso de un asesino serial de aquellos- no duda en meter bala a todos los que se interpongan en su investigación. Los tres personajes (los dos de Bronson y el de Eastwood) son presentados de manera unívoca como héroes y se convierten, con el paso de los años, en estereotipos sociales en todo el planeta. Gracioso es hilar fino y descubrir, por ejemplo, que Don Siegel, el director de “Harry el sucio”, se hizo famoso tras el estreno de su film “Invasion of the body snatchers” (La invasión de los usurpadores de cuerpos), de 1956, donde, escondida tras un argumento de “película de marcianos”, construye una metáfora finalmente pacifista sobre la paranoia anticomunista que comió a Estados Unidos durante el macartismo. En algún sentido, ese film era la vereda de enfrente de la perpetuación de la violencia que 15 años después desparramará en manos del polvoroso de Harry.
Y para ir redondeando algunas primeras reflexiones, volvamos un ratito a Bronson, que se hizo famoso como actor de fuste en 1966, cinco años antes de las sagas que le mencionamos, con su participación en “Los doce del patíbulo”, una de las películas que más aúna el espíritu del “todo vale cuando las circunstancias son hostiles” y “todo agente de seguridad debe entrenar bestialmente a sus subordinados para que aprendan”. Piense usted en la Argentina de hoy, en los recientes hechos acaecidos en una escuela de policía y en las miles de reacciones que justifican el accionar “recio” de los entrenadores entre los ciudadanos de a pie que opinan en redes sociales y foros de periódicos de todo el país. La cuenta -insistimos- no es 1+1=2, pero no hay que ser un sociólogo de carrera para permitirse pensar en cuantas veces hemos visto la perpetuación heroica de estos comportamientos brutales y antisociales en miles de películas del mainstream.
Así como pasan los años
Los años fueron pasando y los argumentos relacionados con la justicia por mano propia o el uso “legal” del gatillo fácil en la ficciones fueron refinándose. Cada época tiene su espíritu, y si durante el “Reganato” la cosa podía ser explícita (ya nos cansamos por aquellos años de ver a Schwarzenegger, Stallone y Willis tomar decisiones justiciero-homicidas por sí mismos), los noventas y la primera década del siglo exigieron una sofisticación que no hicieran tan criticables las “acciones directas” de los ciudadanos que disparaban contra la inseguridad o las fuerzas del orden que... también disparaban contra la inseguridad. Así hubo que meditar profundamente sobre algunos argumentos expuestos en cine y series.
Un ejemplo claro de esta sofisticación se da con “Shaft”, la pelicula del 2000 protagonizada por Samuel L. Jackson y dirigida por John Singleton, hasta ese entonces uno de los directores más progresistas y sociales del cine norteamericano. En esta continuación de “Las noches rojas de Harlem”, la primera película protagonizada por el personaje del “valeroso” detective negro Shaft en 1971, la acción argumental termina (perdón por el spoiler nuevamente) con Shaft abrazando a la anciana mujer que asesina en las escaleras de los tribunales a Walter Wade Jr., hijo de un magnate inmobiliario que a su vez asesinó a su hijo en un crimen racial ¿Por qué le dispara la mujer?: porque la justicia es lenta y esquiva. Todos los condimentos vertidos en el film “disparaban” (¡ups!) empatía para con la viejecita: había una historia de segregación racial, una justicia clasista que le daba la espalda a lo justo... todos los caminos conducían a que ese final, el de la justicia por mano propia avalada por un heroico agente de la policía, fuera LA SOLUCIÓN.
Por dar solo un par de ejemplos más, unos años después, volvemos a ser sacudidos en dos oportunidades y -agárrense porque vuelve Harry a esta nota- por el bueno de Clint Eastwood, ya viejo, ahora director, quien nos hace empatizar por completo con los justicieros solitarios que asesinan a quienes consideran una amenaza en dos de sus películas: “Río Místico” y “Gran Torino”. Ambas películas están tan pero tan bien construidas que aún hoy -a quince años del estreno de la primera- hay gente que sigue pensando sobre aquellos personajes que, de buenas a primeras y al salir del cine, consideraron como justicieros. ¿Lo serán?
Vamos redondeando
La llegada de los servicios de contenidos por demanda online, han multiplicado y perpetuado esta persistente manera de entender lo que es y lo que no es justo a los tiros. Sin ir más lejos, antes de ayer, mi hijo de 12 años veía por Netflix, como el jefe de la Policía de Ciudad Gótica ahorcaba a tres delincuentes en un sótano al grito de “Yo soy la ley!”. A favor de “Gotham”, la serie en la que esto sucedía, podría decir que -de una extraña manera- cuestionó esta forma de hacer justicia en los capítulos posteriores, pero convengamos que la crítica no es el común de los casos cuando se presenta la justicia por mano propia o el gatillo fácil. Por lo general, de maneras más o menos directas, se sigue perpetuando el modelo del “reacciona a la inseguridad y la amenaza, y si hay un arma de por medio, mejor” y eso es lo que -tras millones de minutos de ver lo mismo en las ficciones- naturalizamos como sociedad global en la vida cotidiana cuando, en cantidades masivas, desgraciadamente celebramos en nuestras redes sociales y foros que un ciudadano corte a un delincuente con su camioneta contra un semáforo tras seguirlo como a una bestia de caza por la ciudad, o que un policía de elite le pegue un balazo en el pecho a un pibe que -supuestamente- le quería robar el celular.
Sí, sí, ya se, se lo que me vas a decir, que 1+1 no es igual a 2, pero pensalo un rato... ¡Decime si exagero!
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