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Columnistas
10/02/2018

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La isla de la fantasía

La isla de la fantasía | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

En la intersección de la avenida Alemania y la calle Ricardo de Ferrari, en la cima del cerro Florida y dominando la bahía, está La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en Valparaíso. Es el tercer punto de un triángulo que completan La Chascona en Santiago e Isla Negra.

Gerardo Burton

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Los cerros son verdes; las casas, multicolores. Son viviendas para una familia y también hay edificios de departamentos, emplazados sobre las laderas y las cimas con un desprecio absoluto por esa convención que la física conoce como ley de gravedad. El misterio no está en cómo se sostienen en el aire, sino también en qué consiste la destreza de los porteños (los nacidos aquí son porteños, como los de Buenos Aires, en el otro lado del continente). Hay algo desconocido que los habilita para que en las más variadas circunstancias, tanto físicas como psíquicas y fisiológicas y en las condiciones que sean (hambrientos, borrachos, en medio de una serenata, cargados como estibadores o caminando con bastones o muletas), puedan acceder a sus moradas después de andar por las calles que serpean hacia arriba, hacia abajo y otra vez hacia arriba.

En la intersección de la avenida Alemania y la calle Ricardo de Ferrari, en la cima del cerro Florida y dominando la bahía, está La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en Valparaíso. Es el tercer punto de un triángulo que completan La Chascona en Santiago e Isla Negra, también sobre el mar, cerca del El Quisco, un balneario ubicado poco más al sur de aquí. Una fundación cuida la casa y los objetos que rememoran y confirman el costado sibarítico del bardo. Caracolas, mascarones de proa, piedras, porcelana antigua y monárquica, espejos y jofainas aristocráticas: de todo. Y retratos del poeta al óleo, fotografiados, a la acuarela y dibujados. Muchos.

También hay una biblioteca de la potente poesía chilena que atornilla en los asientos a los visitantes. Por un amplio ventanal se cuelan el sol, el cielo azulísimo, los cerros y el mar abajo, lejos, con buques multicolores de diferente calado que operan en el puerto. Una antología de Jaime Huenún Villa detiene la mirada: “Lof sitiado” es el título y es un “homenaje poético al pueblo mapuche de Chile”, editado por Lom en 2011. La sorpresa es que una de las voces viene del otro lado de la cordillera, del argentino: la zapalina Silvia Mellado. Es un nuevo motivo de regocijo, que se suma al reencuentro con libros de Rosabetty Muñoz, Enrique Lihn, Óscar Han y el redescubrimiento de Pedro Lastra, cuyas ediciones están completas en los anaqueles.

Dos, tres poemarios de Lastra son leídos en ese rato, y un regreso a una época feroz: Lastra tenía una casa de veraneo en Algarrobo, una localidad vecina a Isla Negra. En 1975 hablaba de poesía en general y de Neruda en particular con un joven que borroneaba versos sin rumbo. De pronto, tomó una moldura de madera con pintura dorada que habría decorado un templo, aunque terminó en una cabaña sobre el mar, donde Neruda se recluía. Ese año ambas, la cabaña y la casa de Isla Negra estaban devastadas por el odio pinochetista. Al terminar la conversación, Lastra ofreció la pieza de madera a ese muchacho que sólo hablaba del otro poeta, muerto hacía dos años y que todavía lo encandilaba desde su “Residencia en la tierra”.

 

En el sueño inventé para ti una canción,

tus ojos alejaban en ella a la muerte

y tus manos venían

a borrar el celaje de algunas estaciones

sombrías del amor,

un invierno muy frío en el sur.

 

Huyó de mí en el día la canción,

fue hacia ti

que eras la voz amada

de ese coro de sombras. (Madrigal, Pedro Lastra)

 

Se sube por la calle Cumming, camino a la vieja cárcel devenida en centro cultural: el alojamiento está antes, una casa verde con empinadas escaleras. Se camina por calles sucias, veredas mugrientas. A la puerta de los bares y cervecerías, sobre las baldosas se distinguen pegotes de orina, de cerveza y excrementos de gatos y perros. Latas, bolsas plásticas, botellas por doquier conviven con los graffiti. Es un arte que se multiplica en los muros de esta ciudad que parece copada por artistas callejeros, incipientes o consumados. Los caminantes en este cerro Panteón son en su mayoría jóvenes. Visten ropas desteñidas o rotas, o ambas cosas a la vez. Muchos las usan de uno o dos talles más grandes, sin problemas aparentes con el espejo; los negros son arratonados, casi marrones o castaños muy oscuros. Los perros duermen sobre cartones, los linyeras utilizan sillones, sofás despanzurrados o colchones recién abandonados por sus dueños y los usan como viviendas, acomodándolos contra los frentes de los edificios o en las ochavas. Estos espacios se comparten con chicos que pintaron leyendas anarquistas y ocupan casas en trance de abandono (demolición, dejadez). También aparecen hippies no jubilados, turistas europeos jóvenes (algunos estudian en universidades a las que volverán como académicos y catedráticos después de la treintena).

El salón principal de la Universidad de Valparaíso lleva el nombre de Rubén Darío, quien escribió, en el “Álbum porteño”, de su libro “Azul” sobre la ciudad. Decía el nicaragüense que el “cerro Alegre, gallardo como una gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras angélicas”. Y después indicaba que “más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupos, el horizonte azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol”.

Del zaguán de una casa en la calle Cumming emana una fragancia que somete cualquier olfato: venden empanadas de mariscos. Al fondo del pasillo, en el recibidor de la vivienda, dos muchachos toman cerveza mientras admiran, sobre una mesa ratona, una montaña de empanadas que acumula una chica a medida que las cocina en una habitación lindera. Durante la compra, uno de los bebedores informa sobre un lugar donde “se toca música porteña, cueca porteña: ¡es la bohemia, cabaiero!”, casi grita. Mañana domingo apenas pasado el mediodía, comienzan las actividades en “La isla de la fantasía”, una peña en el patio de una casa familiar; allí “está la verdadera música popular”, asegura. A continuación, explica cómo llegar: es en un itinerario que no sabe de esquinas ni intersecciones. Acá el damero está sustituido por un laberinto de curvas que circunda las laderas hacia arriba y hacia abajo y es muy posible que uno siempre vuelva, al final de la caminata, al lugar de donde salió.

El domingo, después del almuerzo, se sube por la calle Cumming hasta Ecuador, ya en el cerro La Loma. Las vueltas parecen eternas: se escucha la música que a veces parece venir de la izquierda, otras de la derecha, luego se pierde. La fortuna está de parte de los que caminan: ahora la cueca parece a media cuadra. Pero no, está lejos todavía, la calle indicada no aparece y los datos que dan los vecinos se chocan con la realidad: sea porque la paleta de colores no es la misma o porque el reflejo del sol los modifica, pero la casa amarilla de referencia no aparece jamás. Sin embargo, el milagro ocurre porque en un callejón la música sube su volumen: es Cornejo Guzmán, a cuyo fondo, en la intersección con Camila, está la base del cerro San Juan de Dios y la entrada a la ramada de la peña: un planeta dentro de otro. Es una verdadera isla en plena ciudad y su espacio nada tiene que ver con el exterior. Hay varias mesas largas, algunas son tablas sobre caballetes, una pista de baile y un escenario al fondo. Todo bajo un techo de paja y ramas, el piso es de tierra y recién está recién rociado. La gente va y viene desde la barra, desde el interior de la casa con botellas, vasos, platos. Hablan a los gritos, ríen, cantan, hacen bromas y saludan a los que llegan. Suena, en vivo, música criolla. Dicen que hay cuecas, que vienen las cantoras, y también se ejecutan boleros, valses peruanos y tonadas.

En escena está Lucy Briceño con Los del Rincón. Es una agrupación con guitarrista, percusionista (cajón peruano), acordeón y piano, donde Lucy, una mujer de más de 80 años, canta una cueca acompañándose con pandereta. Después estarán Lorena Huenchuñir y Gloria Cáceres. Lucy es Lucinda Gioconda Briceño Riquelme y nació en Valparaíso. Es tan famosa e importante para la música popular que dio su nombre a un tradicional club de cueca en el barrio Puerto. Lucy y su pareja Armando Hernández recorrieron como bailarines Perú, Argentina y todo Chile. Luego se dedicó al canto, donde tuvo problemas con la dictadura pinochetista, que también reprimió las expresiones populares y la bohemia porteña, por lo cual mantuvo su trabajo como modista. Integró los conjuntos “Los Sureños”; “El Nunca se Supo” y “Los Paleteados del Puerto”, entre otros.

Entre gaseosas, cervezas y empanadas, mujeres y varones bailan cuecas, valses y tonadas. Las parejas se arman de manera espontánea y se intercambian con los mirones, que aguardan su turno contra los postes y en las mesas que rodean la ramada, casi en los límites de la casa. Desde la entrada se ve el mar, lejos, con los barcos que duermen la siesta ajenos a las canciones en el cerro San Juan de Dios. Ya casi en el atardecer, un afiche con un homenaje a Violeta Parra (“Centésimas a Violeta”), del poeta popular Claudio Lazcano, saluda al dejar la isla.

 

Una vez pedí a Violeta

Por dos de sus dimensiones,

Que me dé tres de sus dones

En cuatro de mis facetas.

Ser cinco veces poeta

Y ser seis veces cantor;

Siete vidas al folclor,

Dar ocho por cada obra,

Ser el nueve en mis maniobras

Pa´ diez textos de dolor.

 

Once veces ya le ruego

Que me dé doce miradas,

Pa´ dar trece pinceladas

En catorce de mis juegos.

Tres por cinco quince fuegos

En dieciséis de mis venas;

Quemar diecisiete penas

Por dieciocho motivos,

Un paro y nueve latidos

Atado a veinte cadenas.

 

Veintiún poemas perdí

En veintidós de mis viajes,

Veintitrés aterrizajes

Y en veinticuatro caí.

Veinticinco letras dí

Y unos veintiséis poderes;

La tinta me da deberes

Con veintiocho destellos,

Son veintinueve Atropellos

En mis treinta atardeceres.

 

Tres cuecas y una botella

Treinta y dos veces insisto,

Treinta y tres como un tal cristo

En treinta y cuatro epopeyas.

Treinta y cinco las doncellas

Que treinta y seis besos dan;

Tres de siete siempre están

En treinta y ocho locuras,

Treinta y nueve preciosuras

Cuarenta amores tendrán.

 

Hay cuarenta y un aristas

En cuarenta y dos poetas,

Cuarenta y tres por Violeta

Cuarenta y cuatro a la artista.

Cuarenta y cinco conquistas

En cuarenta y seis canciones;

Cuarenta y siete emociones

En cuarenta y ocho llantos,

Cuarenta y nueve quebrantos

En cincuenta corazones.

 

Cincuenta y un testimonios

Y cincuenta y dos personas,

Cincuenta y tres no perdonan

Cincuenta y cuatro demonios.

Se queman los patrimonios

En cincuenta y seis infiernos;

Existen en los gobiernos

Cincuenta y ocho ladrones,

Cincuenta y nueve bribones,

Sesenta rayos de invierno.

 

Doy sesenta y un respetos

Pero sesenta y dos traje,

Sesenta y tres homenajes

Sesenta y cuatro en concreto.

Sesenta y cinco me reto

Sesenta y seis que estudié;

Q´el sesenta y siete dé

Respuestas porque volaste,

Ya que al cielo le cantaste

Las setenta que escuché.

 

Son setenta y un guitarras

Setenta y dos en mis décimas,

Siete y tres a esta centésima

Cual métrica de su parra.

En setenta y cinco amarras

Setenta y seis furibundos;

Setenta y siete fecundos

Por setenta y ocho amantes,

Setenta y nueve diamantes

Ochenta versos al mundo.

 

Ochenta y un versos tristes

Y en ochenta y dos se lloran,

Ochenta y tres que enamoran

Ochenta y cuatro desvisten.

Ochenta y cinco consisten

En ochenta y seis romances;

Pues ochenta y siete lances

Ochenta y ocho caricias,

Ochenta y nueve me envician

Y en noventa estoy en trance

 

Doy noventa y un cosquillas

Si me das noventa y dos,

Noventa y tres con mi voz

Nueve y cuatro a tu mejilla.

Nueve y cinco maravillas

En noventa y seis relatos;

Noventa y siete retratos,

Noventa y ocho me mueven,

Llegar a noventa y nueve

En cien frases que desato.

http://www.lavidaenversos.cl

 

Documental “La isla de la fantasía”, de Magdalena Gissi, Valparaíso, 2010:

29/07/2016

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