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“Cuando estés de pie en la encrucijada/ esa que no puedes comprender/ solo recuerda que la muerte no es el final/ y si todos tus sueños han desaparecido/ y no sabes qué hay en la curva/ solo recuerda que la muerte no es el final.
Cuando las nubes de la tormenta se juntan sobre ti/ y un diluvio desciende/ solo recuerda que la muerte no es el final
No es el final, no es el final/ Solo recuerda que la muerte no es el final”
Bob Dylan
Si supieras que te vamos a recomendar una película de dibujos animados en la que el tema central es la muerte, que toca el delicado asunto de las frustraciones personales que traen consigo los dictámenes familiares imperativos y que –encima- es muy probable que te haga llorar delante de tus hijos (¡y que ellos lloren un poco también!), es muy probable que desestimes por completo la recomendación que estás a punto de leer. Error. Tenés que sentarte a ver esta película con tus hijos, tus nietos, tus hermanitos. Y antes de hablar sobre la propuesta del film en sí, veamos cómo nació esta maravillosa fábula de amor, coraje, vida y muerte...
01 – Más angurriento que Mickey Mouse

“Coco”, como film de Disney-Pixar, es un proyecto que nació tras una avivada artera de la Walt Disney Company (de aquí en más WDC) hace seis años.
Todo comenzó en abril de 2012, cuando la empresa -una de las cinco más grandes del planeta- anunció oficialmente que se encontraba trabajando en una película sobre el legendario “Día de los Muertos”, celebración socio-religiosa que es sagrada en México, se celebra cada uno y dos de noviembre y es conocida en todo el planeta como uno de los tesoros de la cultura inmaterial de la humanidad. Hasta aquí todo bien, no había motivos mayores para la preocupación, Disney quería hacer un film y -en el peor de los casos- iba a ser medio lavado y yanquee, como “Mulán”, por poner un ejemplo de una visión Wash & Wear a lo USA de una leyenda de otra cultura (china, en este caso), pero no mucho más.
El asunto empeoró tres meses después del anuncio oficial, cuando comenzaron a correr fundados rumores acerca de la intención de la WDC por registrar la marca “Día de los Muertos” como suya y así poder controlar, no solo la mercadotecnia de su film, sino un multimillonario negocio que año a año, durante lo que nos quede de vida en la tierra como especie, se pueda obtener en México, país que celebra el día de manera intensa y masiva. Imaginen: cada familia mexicana que quiera celebrar Día de Muertos, le tiene que pagar un canon a WDC por el uso de imagen, por derecho de marca... un espanto. ¿No los creen capaz de llevar adelante una pesadilla empresarial tal? Recuerden por favor el caso que obró en la justicia argentina, cuando la WDC ordenó quitar imágenes de sus personajes del paredón de un jardín maternal en el Gran Buenos Aires. Las corporaciones de ese tamaño son así, no estamos descubriendo la pólvora, por sobre la posibilidad de la ganancia no le importa el contexto ni el perjuicio. Y encima se defienden entre ellas. Si ustedes guglean esa noticia poniendo “Disney ordena sacar imágenes”, el buscador de Google (¡otro pulpo que mamma mía!) les pondrá como primer resultado un piadoso: “Quizás quisiste decir: Disney ordena hacer imágenes”. Fuerte, ¿no?
Bueno, lo cierto es que el escándalo del trascendido en México era bien grande, y la WDC se encargó de decir que no a todo: que no eran ciertos los rumores, que miren que iban a ser tan desconsiderados, etcétera, etcétera. Más llegó el primero de mayo de 2013 y la presentación del pedido formal de WDC en la oficina nacional de marcas fue un presentado. No trascendido: bien pero bien real, bien pero bien tangible. La WDC estaba allí, en los foros legales, para pedir que “El Día de los Muertos” fuera una marca suya, una propiedad intelectual con derechos exclusivos para sí. La empresa que había negado rotundamente haber hecho lo que estaba haciendo... lo estaba haciendo. Como verán el arte de mentir, o decir “posverdades” -¡ja!-, no arranca con la nueva derecha política global.
Que bravos ¿no?, pero no se desmoralicen, porque la historia tiene un final feliz. Y por partida doble.
02 – El tiro por la culata
El kilombo que armaron los mexicanos al enterarse que WDC iba tras su Día de los Muertos fue total. Intelectuales, militantes y referentes de la cultura de México prendieron fuego las redes sociales e hicieron estragos en las plataformas que los mismos gringos utilizan para validar sus reclamos (tipo www.change.org, Y otro día por favor hablemos un poco de estos tipos y sus plataformas ONG, ¿dale?)
Desde el corazón mismo del imperio, los “iunaited estéits”, el artista plástico y caricaturista Lalo Alcaraz, dibujó un póster, titulado Muerto Mouse, presentando a un esquelético Mickey Mouse similar a Godzilla con el eslogan «¡Viene a comprar los derechos de tu cultura!». Un par de semanas después, Disney canceló su intento, argumentando -al estilo “Juan Domingo Perdón”, el personaje de Capusotto- que la «petición de la marca registrada fue intencionada para proteger cualquier título intencional para nuestra película y actividades relacionadas”, entre sonrisas complacientes y reunificadoras dijeron que el título de la película no iba a ser “El Día de los Muertos” y por lo tanto “estamos retirando nuestra petición de marcas registradas». Y así lo hicieron.
La vergüenza internacional fue grande pero, vamos, si hay algo que una corporación no tiene es vergüenza. Así que más bien, querido lector, piense que la decisión que WDC tomó para parar el proyecto, fue puro estudio de impacto mercadotécnico. Paños fríos y a esperar que las aguas calmen fue la primera decisión. La segunda fue no producir el film con la sola firma de los Estudios Disney, que la empresa que quiso robarse el nombre de un bien cultural inmaterial mundial no quedara tan “pegada” con el proyecto. Así, buscando una futura empatía del público -y que este por favor se olvidara de aquella jugarreta-, llamaron a sus siempre geniales empleados de Pixar para que agarren la papa caliente y la transformen en un diamante. Y eso pasó.
El retimoneo del proyecto los demoró tres años, periodo que aprovechó la 20th Century Fox (cuando no era de Disney, ¡hoy lo es!) para sentarse a hablar con los mexicanos Guillermo Del Toro y Jorge Gutiérrez (el uno director y productor de excelente filmografía, el otro un increíble animador de fuste) y le dieron rosca a velocidad crucero a un proyecto sobre Día de los Muertos, que terminó siendo “El libro de la vida”, una película deliciosa que también te recomendamos ver cuando puedas.
Un poco jaqueados por la vara tan alta que Gutiérrez/Del Toro habían dejado, los Pixar -siempre abiertos a la magia y la excelencia en el relato- contrataron a dos asesores de lujo para capturar el espíritu más íntimo de la celebración del Día de los Muertos, sin traicionarlo, sin querer apropiarse de él, sin hacer la gran Disney.
El primero en concurrir a la mesa de producción para aportarle “zucundúm” a la cosa fue (¡agárrense, eh!) Lalo Alcaraz, el autor del Muerto Mouse. El segundo fue Rodolfo Juárez, un antropólogo de REC (Recorridos Culturales de México) que trabaja todo el año por la conservación y difusión del patrimonio cultural material, inmaterial y natural de su país.
Entonces, a ver... ¿la WDC tuvo que tragarse el sapo de tener a dos ex-enemigos sentados en la mesa? No. Digamos más bien que la jugada de corrección política les salió estupenda ¿O es que alguien duda que una corporación de ese tamaño dé puntada sin hilo?
Tener a disposición propia la factoría de sueños animados más creativa del mundo, Pixar, poder poner de su seno como director al genial Lee Unkrich (Monster Inc, Toy Story 2 y 3, entre otras) y trabajar con dos potentes y activos formadores de opinión cultural mexicana, redundó en una película distinta, mucho más mexicana, pero también en una pingüe ganancia empresarial para WDC con la cortada de tickets comprados por la comunidad latina en USA y todos los nuestros, latinoamericanos.
Pero guarda querido lector, querida lectora, que eso no nos importa hoy y aquí a nosotros que -por ahora, je- no somos propiedad de la empresa. Aquí lo que importa es que la película ha quedado maravillosa, universal, sí, sí, y bien-bien nuestra.
03 – La vida según Coco

Sin espoilearles demasiado el film, que está lleno de giros argumentales verdaderamente geniales y sorprendentes, podría señalarse con énfasis que “Coco” es una película que reúne el mérito estético de ser -por lejos- la mejor animación de Pixar a la fecha, superando en magia y técnica a “Monsters Inc.”, “Wall-E” y “Up”, solo para mencionar a tres de las más logradas. Eso es suficiente como para tomarse la molestia de sacar la entrada y disfrutar semejante espectáculo en pantalla grande; pero argumentalmente lo destacable es mucho más impactante que lo estético, y eleva la película a categoría de clásico, le pone un alma a la belleza, por eso sería bueno detenerse un poco en este sentido.
La historia de “Coco” es sencilla, es la historia de la familia del niño Miguel Rivera (12 años, pueblerino de Santa Cecilia, lustrabotas de familia de fabricantes de zapatos) que durante cinco generaciones negó la posibilidad de la música en la vida de todos sus integrantes por considerarla culpable de una ruptura familiar desastrosa y dañina. La historia de esta calamidad es explicada en los tres minutos iniciales de la película con una secuencia animada de posters de papel de papalotes que -por lo bella y creativa- difícilmente usted olvidará en toda su vida.
La tensión a la historia llega porque -¡cómo no!- Miguel quiere ser músico. ¿Y en quién va a apoyarse Miguel, si toda su familia tiene el mandato de negarle la música?: en su bisabuelita, Coco, una viejita que está todo el día sentada en su silla y pareciera no entender nada de lo que pasa a su alrededor. Y basta, más no le vamos a contar, solo advertirle que el entretejido de la trama llevará a Miguel a buscar su propia identidad (que es también la de toda su familia) al mismísimo Mundo de los Muertos, que solo se cruza con nosotros -los vivos- en el (¡sí!) Día de los Muertos.
Con esto que le contamos debería alcanzarle para ir a ver la película, pero temo no haberle llegado al hueso con la recomen dación, mire, es una sensación que me está quedando a esta altura del artículo. Así que para el último párrafo apretaré el acelerador a fondo:
Vaya y vea esta película con sus hijos, sus hermanos menores, sus nietos, sus sobrinos; quien tenga a disposición en el universo de los menores de su familia. Al salir de la sala vivirá un pequeño silencio de emoción primera que tendrá que transitar (la película es muy pero muy emocionante), pero luego podrá hablar con ellos -de igual a igual, emparejados en la fantasía que acaban de disfrutar- sobre temas tan profundos como el matriarcado, la responsabilidad que implica el tener tenacidad y coraje, la muerte de los seres queridos, la importancia de la memoria colectiva que se construye día a día, los avatares de idealizar demasiado a algunos “ídolos” de la cultura de época, la importancia de compartir creencias en familia y en sociedad y, por sobre todo, abandonar un poco -como dice Paul Auster en “4321”, su última novela- ese ridículo y burgués concepto de 'Todos para uno y uno para todos' para entender que la clave es 'Todos para todos', o nada.
“Coco” tiene un poco de todo esto que intento señalarle, más allá de su genial y deslumbrante envoltorio.
Andá a verla y decime si exagero.
Por último: WDC podrá embolsar millones con nuestro entusiasmo, es cierto, pero -con semejante película que le han hecho sus chicos de Pixar- no podrá contar con la libertad que otorga nuestro posterior sentido de la interpretación de la obra. Es que la vida y su natural sentido de pertenencia en lo colectivo se abren paso en esta historia. Y eso no nos lo pueden sacar, no señor. Bueno, al menos no por ahora...
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