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Columnistas
28/01/2018

Decime si exagero

La muerte del sol imaginario

La muerte del sol imaginario | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

Si una palabra tan atípica como “Antipoesía” está sonando por todos lados en los últimos días, es porque se ha ido de este plano de existencia el genial Nicanor Parra, uno de sus creadores. Ciento tres años le alcanzaron para poner a la poesía y a su sociedad patas para arriba. No es poco ¿no?

Fernando Barraza

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 Sombras imaginarias

vienen por el camino imaginario

entonando canciones imaginarias

a la muerte del sol imaginario

NICANOR PARRA

Nicanor nació como todos, con un grito y un llanto, con la tabula rasa dispuesta a ser habitada, mirando de frente el caos y el orden supremo de la naturaleza. San Fabián de Alico, el pequeño pueblo de mil habitantes en el que abrió los ojos por primera vez, aportó el contacto natural del niño con el orden supremo. Muy probablemente en su geografía implacable y en la belleza paralizadora de sus paisajes este pibe haya aprendido que existe un imago mundi que nos trasciende como personas. Su madre, tejedora campesina, cantora popular, le convidaba la cosmovisión necesaria para poder vivir la gracia de una pequeña vida humana en ese mapa natural sobrecogedor. Pues el caos -la otra parte en el ying-yang de la vida- se lo enchufaron, primero su viejo, un maestro de primaria, inspector de tranvías, guardia cárcel y músico bohemio, que –dicen- sacudía furibundo su bipolaridad frente al que se le cruzara, ora cantando, ora a los cachetazos limpios. Pero nada es tan simple como para echarle la culpa sólo a su padre, porque luego hubo más caos sobre el caos, cuando la oligárquica dictadura cívico militar de Carlos ibáñez del Campo dejó sin laburo a su madre, a su padre, al pueblo entero.

La vida de Nicanor Parra tuvo mucho de esta electricidad alterna de polos cambiantes, sinusoides en las que la calma zen se mezclaba en un solo giro con la tempestad más galopante. En esa calma/tormenta se abría paso, irruptiva, la creatividad típica del clan Parra: belleza y viento, lago estanque y mar furioso, flores lilas y truenos apocalípticos en el cajón del cerro. Todo junto y a la vez. Estas tensiones subsistieron hasta el día mismo de su funeral, realizado en la Catedral de Santiago, ese impactante templo en el que el pueblo fue oído y echado, el templo del que Cristo alcanzó a bajar de la cruz en los ‘60, solo para que lo reclavaran -diez años después- en la eterna cámara de tortura de la cruz tras el bombardeo a la moneda.

Este edificio que antes de antes de ayer cobijó el féretro con los restos de Nicanor, tapados con una colcha multicolor tejida por su madre, fue el mismo que el socialismo usó para colar sus ideas a través de rendijas jesuíticas para que luego todo se derrumbe con las balas del silencio que cargaron en sus escopetas cardenales y obispos que besaban los anillos de Pinochet.

Allí mismito, en esa iglesia gigante, Colombina Violeta Clara Parra Tuca, ?una de sus hijas más chicas –madre ella ahora- agarraba el micrófono y le decía al clero en su mismísima cara: “Las autoridades de la Catedral no quieren que se ponga música de Violeta Parra como quería mi papá. Si no nos dejan poner música nos vamos a ir. Nos vamos a llevar sus restos”.

¿Se lo imaginan?: ¡llevarse el cajón con los restos del antipoeta en medio de una ceremonia oficial en la que estaba presente hasta la mismísima presidenta de la Nación! Partir en caravana hacia una plaza, de cara al sol, como en procesión atávica. Guau, que momento… Decime si exagero.

Probablemente la magia post-mortem no existe, pero si existiera, casi no habría duda: el fantasma de Nicanor le hubiera enviado un efluvio de pensamiento magnético imperativo a los funcionarios y a las autoridades eclesiásticas para que no escuchen a la Colombina, y se nieguen a su propio pedido de poner la música de la Violeta en la Catedral. Fantaseemos, porque da para esa fantasía: es muy probable que a Nicanor le hubiera gustado que la Colombina, tan rockera, tan bella y desaliñada, cabeceara al clan Parra para llevarse de allí el cajón a lo gitano; a lo Parra sí, sí, con la paz y la tormenta en sincronía perfecta.

Pero eso no pasó porque, en un pico de corrección política, los copetudos a cargo del protocolo del servicio, tomaron conciencia y pusieron “Gracias a la Vida” a todo lo que da para evitar el papelón, así el funeral –en un sentido clásico- volvió a ser precisamente eso: una ceremonia de silencio respetuoso.

Igual la magia Parra se coló por todos los poros del sepelio. Si uno levantaba la vista podía ver el “Voy y vuelvo” que decía el cartel que estaba al lado del féretro: una de las frases favoritas del antipoeta. Una firma desde el más allá que denotaba que el que se había ido por un rato no era cualquier tipo, era el Nicanor, que -como ese monje tibetano que salió esta semana en las noticias, el que sonrió después de muerto- se estaba cagando de risa de la muerte.

Antipoeta

Si cada figura saliente de las letras en la historia de la humanidad tiene un sitio definido en el corazón y en la mente de los pueblos, el de Nicanor es, claramente, la antipoesía. El cansancio por la calma chicha del neo-romanticismo académico en el que estaban cayendo de a poco las  letras de su patria hizo que este huaso, matemático y físico de carrera, se juntara con algunos revoltosos como él y configuraran la antipoesía, un camino que recupera el acervo popular, que mezcla a la letra poética de alto vuelo con el lenguaje simple del que anda por la calle hablando leseras en tiempos en los que el folklore chileno retrocedía a paso lento ante los primeros brotes de modernidad.

El recibimiento popular fue inmediato, la ruptura fue acogida con masividad, la Piedra-Parra hizo estallar miles de cristales. Como se dice en Chile: “quedó la cagá”.

Nadie mejor que él ara definir cómo y para qué crearon la antipoesía. Lee esto:

“Mi colegio era campeón de básquetbol y fútbol, por lo que a los atletas los consideraban héroes. A mí, Jorge Millas, Carlos Pedraza y Luis Oyarzún, que formábamos un grupo de intelectuales, nos llamaban los filósofos y, según los deportistas, filósofo era sinónimo de pelotudo. Se dio la clásica rivalidad entre espartanos y atenienses. Decidimos que teníamos que revertir esta situación y para ser aceptados se nos ocurrió hacer un tipo de literatura humorística, con muchos chistes y bromas, que era aceptada por ellos. Fue una transacción en la que el último hombre arrasaría con el súper hombre. Se produjo el choque entre pedantería y vulgaridad; nosotros éramos los pedantes, ellos los vulgares, y la síntesis dialéctica entre ambos, es la antipoesía”

Claro como el agua.

Pinocho, el weón culeau

Si el planeta Parra es un sitio lleno de tensiones permanentes, las posiciones tomadas por la familia durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica que padeció Chile es quizás uno de los tendones que más acalambra al inconsciente colectivo de todo Latinoamérica, del mundo. Los caminos escogidos por los Parra durante aquellos años son motivos de discusión -aún hoy- entre todos los que quieran ponerse a pensar un rato sobre el tema.

El Ángel y la Isabel tuvieron que rajar, salvar sus vidas en el exilio. Su tío no, Nicanor se quedó. En este punto se abrieron las aguas del mar (literalmente) rojo. Muchos condenaron para siempre a Nicanor por haber tomado esta decisión del quedarse. Otros no. Floridor Pérez, por ejemplo, prisionero político en 1973, le cierra la puerta en la cara a todos los que le llaman golpista al antipoeta: “Golpista es quien teniendo la capacidad de influir lo hace, actuando o escribiendo. Nunca vi en eso a Parra”, dice.

Y ojo, eh, sobre esta tensión no hay que cerrar jamás la discusión, para empezar a pensar en serio este “temita” -si es que aún no lo has hecho- te recomendaría leer este interesante artículo de The Clinic (http://www.theclinic.cl/2014/09/05/parra-parra-en-dictadura/). Bastante de razón hay en lo que asegura Floridor Pérez, una ambigüedad surca el comportamiento de Nicanor durante la dictadura, pero no es inacción, no es complicidad. Es algo más complejo.

En 1977, el cabro, con sesenta y dos años a cuestas, se presentó en vivo y en la jeta misma del poder leyó este texto en público:

“El pueblo chileno tiene hambre/ se que por pronunciar esta frase/ puedo ir a parar a Pisagua/ pero el incorruptible Cristo de Elqui no puede tener/ otra razón de ser que la verdad/ El general Ibáñez me perdone/ en Chile no se respetan los derechos humanos/ aquí no existe libertad de prensa/ aquí mandan los multimillonarios/ el gallinero está a cargo del zorro/ claro que yo les voy a pedir que me digan/ en qué país se respetan los derechos humanos”

Incluir los dos últimos y conciliadores versos en ese discurso/antipoema fue lo que –probablemente- le salvó el pellejo en aquella ocasión, pero todo lo que el poeta dice antes de esas dos frases es indeleble: nadie lo pudo borrar en 1977, nadie podrá borrarlo de la historia.

Idéntico camino, pero a la inversa, recorrió cuando le dio a Víctor Jiménez Atkin, documentalista,  una declaración sobre Pinochet que pareciera salvarlo en las dos primeras frases, para hundirlo hasta el infierno en el resto del párrafo:

“Por una parte es un salvador, si no fuera por Pinochet estaríamos como Cuba. Eso es un hecho. Pero enseguida las atrocidades que se cometieron. Uno quisiera un salvador sin atrocidades. ¿Cómo junta uno las dos cosas? La atrocidad con una operación de salvataje. Si uno quiere pensar en grande la cosa, no hay tal salvador. Un salvador a corto plazo ¿para qué? Un mecanismo que se llama consumismo, pan para hoy y hambre para mañana”.

El escritor y crítico literario Jorge Edwards Valdés dice algo muy interesante sobre el Nicanor de aquellos años: “era como un torero, que cada tanto le clavaba banderillas al régimen, con pequeñas cosas”. El posicionamiento político de Nicanor tensó la sociedad durante aquellos años de pólvora y sangre disparada desde un solo lado, y aun la tensa, haciendo que nuestros conceptos y preconceptos bailen alborotados al ritmo que él mismo le imprimió a su vida. Ritmo Parra, que joder.

La muerte

Para finalizar este artículo (¡perdón a los editores de Va Con Firma por la extensión!) os dejaré con dos cosas.

La una: el poema “El poeta y la muerte”, que Nicanor leyó, ya nonagenario, en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.

La otra: un escrito del poeta y docente Rafael Urretabizkya, un inspiradísimo lector de la obra de Don Nicanor. Que el poeta hable, y luego que el otro poeta habla del poeta. Así sea:

A la casa del poeta/ llega la muerte borracha/ ábreme viejo que ando/ buscando una oveja guacha

Estoy enfermo – después/ perdóname vieja lacha/ Ábreme viejo cabrón/ ¿o vai a mohtrar I'hilacha?/ por muy enfermo quehtí/ teníh quiafilame I'hacha

Déjame morir tranquilo/ te digo vieja vizcacha/ Mira viejo dehgraciao/ bigoteh e cucaracha/ anteh de morir teníh/ quechame tu güena cacha

 

La puerta se abrió de golpe:/ Ya - pasa vieja cufufa/ ella que se le empelota/ y el viejo que se lo enchufa

 

Lo acaba de hacer

Por Rafael Urretabizkaya

Se ha muerto-muerto-muerto, completamente sano. Don Nica. A los 103 que es todo un rato. Seguro que sin miedo, ni ego, ni cuentas chicas repartidas por ahí.

Dejó, eso sí, instrucciones bien precisas. No sea cosa lo metan en la Caza de los Ezcritores, o en el salón de honor de la universidad, o en algún lugar de esos donde un tipo bien peinado parezca que por esa condición de atender lo capilar, tiene razón de alguna cosa. No sea que algún despistado se tome demasiado en serio este asunto de respirar un poco más o menos, o nada incluso.

De estatura mediana,

Con una voz ni delgada ni gruesa,

Hijo mayor de un profesor primario

Y de una modista de trastienda;

Flaco de nacimiento.

Ahí se va el poeta. Una vez una estrella de las medio chiconas llegó por casa y golpeó la puerta. Se hacía. Ahora  como aquella tarde siento al río que se descuelga del último borde del cielo con la mansa y ardiente certeza de alcanzar la llanura; ser acequia, charquito, el convidado de la sed de una florcita chascona, de un cascarudo del desierto. Y siento también que algunas palabras se usan tal al pedo pretenciosas a veces, montadas en el caballo del escriba. Pero que con Don Nica no, ni a palos. Que ahí agarra este asunto la estatura justa es decir; un pan, un nudo, un verso, una promesa, un surco, un verso, reparar la red, amansar un caballo, un sueño, dar de dormir a los leones, un verso, acunar a la guagua, un sobrecito donde guardar la semilla de cilantro para el otro año, un verso, un verso.

Todo por ahí, en su lugar, en un lugar.

Ni muy listo ni tonto de remate

Fui lo que fui: una mezcla

De vinagre y de aceite de comer

¡Un embutido de ángel y bestia!

También el pizarrón del aula hasta quedar poesía, un verso más. Es decir, Poesía que parte de la vida y es capaz de volver a la vida; y mezclarse entre las herramientas del minero, las voces de los vendedores en la feria, el bote del pescador en el pacífico con su pesca y su no pesca, esas antipalabras tan otra cosa que el silencio.

Terminado el velorio

quedan en LIberTad de acciÓn

29/07/2016

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