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Columnistas
22/12/2017

Chile

El triunfo de Piñera y la consolidación del neoliberalismo

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El triunfo de la derecha está anclado en la idea de que lo primero es el crecimiento de un país y posteriormente un reparto equitativo de ese crecimiento. Algo que a la luz de las experiencias neoliberales resulta utópico pensar, pero evidentemente, fácil de comprar.

Agustín Mozzoni *

Semanas antes de morir, el filósofo brasileño Marco Aurelio García, visitaba Buenos Aires y sostenía en relación a la muerte del progresismo y el avance de la derecha, que “es muy difícil hacer análisis sobre procesos en curso”. Sin embargo, trazó una línea de análisis muy importante al decir que lo que realmente le interesaba evaluar, no era el fin de un ciclo político y el surgimiento de otro, sino  “la crisis del sujeto de la transformación social”.

Una de las particularidades que tiene el discurso conservador, es precisamente la simpleza. La idea de la previsibilidad, del orden, de la verdad, como principios ordenadores de un gobierno, son ampliamente aceptadas por un gran número de ciudadanos que observan cada vez más un mundo plagado de incertidumbres.

En Chile, al igual que en Argentina y en Brasil, se implantó por un lado la falsa idea de intentar atar los crecimientos a las condiciones favorables de América Latina, fundamentalmente los altos precios de los commodities, y en segundo lugar a la idea de que los progresos personales son producto de los esfuerzos personales, familiares y en el mejor de los casos, son adjudicados a Dios.

Los gobiernos progresistas no supieron diferenciarse del populismo vulgar que hacia concesiones, y de esa forma no lograron hacer entender a la gente que no se trataba de concesiones, sino de derechos que estaban consiguiendo por medio de la utilización de la política como herramienta de transformación.

En Chile, todavía la situación resulta más compleja, debido a que a medida que la presidenta Michelle Bachelet intentaba avanzar sobre la gratuidad de la educación, sobre la estatización de las jubilaciones, sobre programas asistenciales, enfrentó un gran rechazo de amplios sectores de la sociedad.  

Ese rechazo a las modificaciones, fue acompañado de una caída del precio del cobre a nivel internacional, por la llegada de Donald Trump al poder y allí la voladura de todas las esperanzas depositadas en el TPP, y también por el ascenso de la derecha en los países sudamericanos.

Chile pasó a la incertidumbre, y la presidenta transcurre en un  periodo de cuatro años de crecimiento más lento desde principios de la década de 1980 y con la primera rebaja crediticia del país en varias décadas. 

El viraje de Bachelet a las políticas progresistas, tienen que ver con el intento de impulsar, casi en forma desesperada el movimiento del mercado interno pero también con la idea de reactivar su popularidad, en decisiones ligadas por ejemplo, al matrimonio igualitario y al derecho al aborto.

Sin embargo, con la llegada del año electoral, y con las primarias que comenzaron a empantanarle el terreno político desde fines de 2016, la presidenta comenzó a perder popularidad, y con ella, fuerza política.

El triunfo de la derecha en Chile en el balotaje del 17 de diciembre, está anclado en la idea de que lo primero es el crecimiento de un país y posteriormente un reparto equitativo de ese crecimiento. Algo que a la luz de las experiencias neoliberales resulta utópico pensar, pero evidentemente, fácil de comprar.

Piñera llega al poder con un discurso similar al de su amigo, el presidente argentino Mauricio Macri. No propone deshacer los cambios realizados por su antecesora, sino perfeccionarlos. El empresario chileno obtiene el poder al decir en campaña que “nuestra misión es que al año 2025, Chile sea un país desarrollado, con pobreza cero y con verdaderas oportunidades y seguridades para todos”.   

“Tenemos que salir de este pozo y volver a crecer. Chile perdió el rumbo, hay que volver a crecer, es posible”, decía Piñera. Incluso, en la recta final de la campaña electoral, el candidato conservador optó por la estrategia del miedo. Repitieron hasta el cansancio que el triunfo de Alejandro Guillier (candidato oficialista) llevaría a Chile “por el camino de Venezuela”. 

Los cierres de campaña, permiten descubrir la llamativa ecuación de fuerzas que se jugaba en la última elección. Por el lado de Piñera, en pantalla gigante se vio un video que el presidente argentino le envió: "soy amigo de Sebastián, lo admiro y creo que es un gran dirigente", dijo Macri en el video.

Por el lado de Guiller, el cierre de campaña estuvo encabezado por el ex presidente uruguayo, José “Pepe” Mujica. "El gran problema que ha tenido siempre la izquierda es la unidad, la lucha por la unidad", advirtió Mujica en el acto, al observar que el candidato oficialista tenia cierto rechazo de algunos sectores allegados a Bachelet.

Parece ser que la nueva forma de hacer política, basada en personas, en gestos, en pantallas y comunicada por redes, trae aparejada un gran desorden ideológico.  La decadencia de los partidos políticos, y con ellos, de los principios morales y de conducta,  pueden explicar como, por ejemplo, en el caso de Chile votantes de la izquierdista Beatriz Sánchez optaron en la segunda vuelta por Sebastián Piñera.

El año próximo habrá presidenciales de resultado incierto en Colombia, Paraguay y México. También Brasil y Venezuela se encaminan a procesos electorales aunque los líderes progresistas parecen tener mayor acompañamiento social.

Para no contradecir a Marco Aurelio, será el tiempo el que permita develar, si hay un giro hacia la derecha, o un traspié del progresismo. En lo que atañe a Chile en particular, lo que probablemente se verá en los próximos 4 años, serán nuevas relaciones laborales, nuevos acuerdos internacionales y nuevos medios de comunicación. 



(*) Lic. Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales
29/07/2016

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