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En 1964 José Luis de Imaz publicó en EUDEBA un libro titulado “Los Que Mandan” enumerando la composición de la estructura política, la Sociedad Rural, las Fuerzas Armadas, la Iglesia, etc. Y también describiendo a sus actores.
Habría que incluir en el capítulo de la estructura política esta atípica manera de mandar que tiene el régimen de Macri. Su peculiaridad lo encuadra en una variante compuesta por un acceso al poder de manera legal y un ejercicio del mismo poder que avasalla el Estado de derecho.
Por ello no me gustaría hablar de este gobierno desde la indignación, pero es prácticamente imposible. Así que me disculpo por anticipado.
Estoy indignado porque no logro rescatar un solo gesto auténtico del presidente o de cualquiera de sus ministros que hable de acompañamiento al devenir de su pueblo. Es más, el pueblo puede ser además denostado e inculpado como si su precaria condición fuese de su exclusiva responsabilidad.
El pueblo que ha creado las estructuras de conducción del Estado, ha dejado ese Estado en manos de quienes poco interés muestran por conducir, además de conocer poco del arte de gobernar una sociedad.
Tienen su mirada lateralizada hacia la derecha donde un tan pequeño como poderoso grupo de plutócratas calman su ansiedad de riqueza.
No hay una sola alusión al sentido nacional en lo que se proponen hacer que es algo así como actuar amputando su pertenencia.
Es un gobierno que se aparta de la historia, a la que no solo ignora sino rechaza, además de no ser tenida en cuenta en la conformación de la idea de construir una nación.
Su discurso predilecto es la difamación y el deseo inefable de destruir a los partidos populares, en especial a su más duradera expresión: el peronismo.
Es contradictorio que se convoque al esfuerzo colectivo amenazando con la eventual pérdida de condiciones de vida que el ciudadano ejerce como derecho, en el caso de no acatarlo.
No hay un propósito que no esté referido a la condición económica, mientras la concreción de mejora se esfuma una y otra vez fuera del alcance de la ciudadanía.
El lenguaje está teñido en la casi totalidad de las veces de frases epigramáticas de desprecio al colectivo social aludiendo a sus múltiples defectos, fundamentados en un prejuicio de clase inocultable.
Es cierto que el poder que ostentan es apabullante pero no deja de ser una falsía, casi como poner en manos de un aficionado un arma de guerra cargada.
Mandan, pero desconocen los límites que marca la ley al que manda. Poseen la peor manera de mandar, que es mandar con inseguridad, entonces mandan, pero temen transgredir, aunque en el marco de su inseguridad e ignorancia violan toda norma y terminan transgrediendo.
Mandan pero son torpes. Mandan pero no les interesa equivocarse porque para ellos el reconocimiento del error es su única manifestación de modestia. Se equivocan pero reinciden y tampoco les importa, porque persisten en su falsa modestia.
Son fríos como los que mandan, avasallando derechos porque los únicos valores que valen son los que les ofrece la teoría económica de la que son ciegos seguidores.
Mandan pero no reconocen al otro, mandan a ciegas. Mandar para ellos es meramente dar una orden sin medir las consecuencias humanas de sus órdenes.
Mandan como un ejercicio vacío, mandan porque son el brazo ejecutor de un sistema que otorga impunidad.
Mandan porque así protegen a los civiles que actuaron y se beneficiaron con la dictadura entre los que figura gran parte del elenco gobernante.
Dicen que no son una dictadura pero muchos de sus actores provienen directa o indirectamente de ella.
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