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Con las políticas neoliberales, la crisis de la salud pública no afecta a todos por igual. Aunque parezca de perogrullo afectará a aquellos usuarios de los hospitales y centros de salud del sector público. En cambio, los que por la capacidad adquisitiva de sus recursos tienen cobertura de obras sociales, son solventes o pueden acceder al sector privado, obviamente, no sufrirán las carencias del sector público.
Por eso esta crisis agrava aún más la situación de los sectores de la población con menos recursos, justamente aquellos que no le importan al gobierno porque su política apunta, como ya se ha comprobado largamente, a no invertir recursos en la población marginal y en la pobreza. En el tema de la salud como en el de la educación es filosofía del gobierno, que cada uno sostenga sus propias necesidades y solvente por sí, los gastos de la enfermedad y el aprendizaje. Todo tiende a extirpar los sistemas sociales solidarios: educación, salud, seguridad social.
Hay un punto no obstante en que la necesidad del hospital público por parte de los que se creen totalmente exentos de ella, efectivamente existe. Son los casos graves que requieren una gran concentración de recursos en torno del paciente que por organización y por costos asumidos por el Estado, el paciente encuentra allí un atenuante ventajoso, sin costo directo, de calidad de atención.
Sin embargo, hay que hacer la salvedad que como también esos recursos oficiales carecen de vinculaciones con un sistema coordinado en el espacio, suelen verse cubiertos por una demanda que supera su propia infraestructura. El peso de la demanda suele recaer sobre el establecimiento no sobre el sistema.
La conclusión, en todo caso, resulta entendible: muy pocos pueden considerarse absolutamente solventes frente a una enfermedad grave y prolongada. Es allí cuando el sector público se ofrece como la Cenicienta del sistema: compensa el gasto que ya no hacen las obras sociales ni el paciente.
Cabe aclarar, no obstante, que esa función vicariante del Estado para la atención médica gratuita e igualitaria en los hospitales públicos, comienza a tener un techo más bajo aún con el sistema que piensa implementar Macri: el llamado CUS (Cobertura Universal de Salud) que será Universal solo nominalmente y que pondrá límites ciertos a la atención de los problemas de salud y enfermedad que afecten a la población más vulnerable.
Hay que reconocer que la crisis va invadiendo también a los sectores de alta complejidad del Estado, despojando a los servicios de sus mejores hombres que viran su actividad hacia el sector privado, por lo que la coartada del sector público para la atención médica de esos pacientes graves y prolongados que entran en cronicidad, va mermando en su presencia.
Las claves para el despoblamiento de profesionales calificados del sector público hacia el privado, son los honorarios que pagan las obras sociales por la alta complejidad, los arreglos particulares fuera de los nomencladores entre médicos y pacientes y las expectativas de mayores ingresos por parte de los profesionales.
A lo que debe agregarse el estímulo a la mayor complejidad que trae aparejada la costosa tecnología y los medicamentos, casi siempre producidos en la industria extranjera del primer mundo.
Lo que se visualiza hacia el futuro es una desfuncionalización del sector público, sobre todo en los grandes centros urbanos. Esto redundará en largas colas de espera, más aún que las ya se observan hoy, para intervenciones programadas, en un trato habitualmente hostil o despojado de la filia médico-paciente, de la que hablaba Lain Entralgo y en la pérdida del sentido de pertenencia de la institución por parte de la gente.
La realidad sanitaria será inexorablemente medida por los indicadores de salud y por las estadísticas vitales: mayor morbimortalidad en todos los sectores de la población, especialmente en los más vulnerables: los niños y los ancianos, los desocupados y más aún en los de menores recursos.
Por lo que se ve en la realidad vamos a una sociedad de dos velocidades, en las que una mayoría pagará su rezago con enfermedad y muerte evitables y otro sector minoritario tendrá a su disposición prestadores globalizados para elegir el mejor y a veces único profesional o servicio de una especialidad, aún fuera de las fronteras nacionales, y disminuir los riesgos de su ocasional padecimiento.
La atención médica se orienta, entonces, como muchos otros servicios esenciales en nuestro país hacia la desigualdad. Y esto es grave particularmente en la salud, pues la oportunidad de sanar será cada vez menos cierta para los sectores más carenciados, en coherencia con las ocasiones más frecuentes de enfermar de esos mismos sectores.
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