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25/11/2017

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Ritmos y globalización

Ritmos y globalización | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

En Lima, ir a trabajar puede demandar hasta una hora y 35 minutos en caravanas inmóviles que recuerdan la autopista del sur. Por eso el presidente Kuczinsky asume facultades de intendente e impulsa la creación de una autoridad de tránsito para el conglomerado urbano capitalino, de más de diez millones de habitantes.

Gerardo Burton

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El poeta y pensador francés Henri Meschonnic dice en un texto de 2009 que “globalizar también puede ser solamente repetición. Y la repetición no es el ritmo, es la pérdida del ritmo”. La globalización suprime las diferencias y las alteridades. Todo parece lo mismo, todo remite a lo parecido. Es monótono, por eso no hay ritmo. Es un retorno a la unidad con un alto tufo de uniformidad.

Y así ocurre desde Temuco: al salir de la terminal de ómnibus en busca de agua mineral y algo de comer en los kioscos sobre avenida Balmaceda, las plazoletas están pobladas con los afiches de las elecciones que serán el domingo 19 de noviembre. Fotografías y consignas con resonancias familiares. A las ocho de la tarde ya está casi todo cerrado, quedan rastros de olor a frito y, entre los letreros, se destaca uno, enorme: “Si vas a elegir Carabineros, vas a elegir Chile” ilustrado con fotografías de chicas y chicos casi adolescentes, uniformados y felices. La cartelería política, que no ocupa las paredes, está diseminada a lo largo de las veredas: pequeños carteles, pegados sobre soportes de madera como atriles, sus mensajes contienen puras exhortaciones: “(Sebastián) Piñera -con un candidato local-: Sueña y cambia”; “Piñera -con una candidata- Tiempos mejores”, y el partido o agrupación se denomina “Chile Vamos”. Ni por casualidad un término ideológico, una alusión a la justicia, una propuesta de reforma social o de beneficio para trabajadores. El lenguaje no llega hasta ahí, no roza lo ético, apenas merodea la autoayuda. Paulo Coelho es revolucionario en comparación. Como si escondiera justamente lo otro: lo inconfesable. Cualquier brisa fuerte hace volar los carteles de su sitio y se mezclan sin ningún problema de identidad política.

Piñera triunfará en las elecciones con un susto -como en estos pagos hace dos años lo hizo Macri- porque en realidad la sorpresa vendrá de una mujer, Beatriz Sánchez del Frente Amplio quien dirá luego que está tan lejos del presidente argentino como del chileno ganador.

El de la avenida Balmaceda parece un ambiente de signos creado como para no sentir extrañeza: el paisaje muda, no el discurso. La tonada es otra, la grieta es la misma: los ricos y poderosos son pocos y muy ricos y muy poderosos. Los excluidos son cada vez más, y más excluidos. Decepciona tanta aceptación, tanta repetición.

En Santiago, al día siguiente y desde la tapa de un ejemplar de la revista dominical de El Mercurio de hace cuatro años, el biólogo Humberto Maturana explica que llegó a ser quien es gracias a la educación pública. En la entrevista, Maturana, que nació en 1928, afirma que el sistema educativo y de salud, ambos públicos, funcionaban en su infancia, ocho décadas atrás. “No hubiera ido a la universidad ni hubiera sobrevivido a la tuberculosis”, confía al periodista, y adelanta algo que explica el actual imperio del neoliberalismo en Chile -y no sólo aquí-: “La dictadura rompió esos lazos de solidaridad, esa conciencia que ahora es como un folklorismo” y clava el estilete donde duele: “apellidos de prestigio que migran de las finanzas de las letras y el arte, y salieron de los latifundios. Hoy quieren gobernar”. Y cómo. Parece que vuelven a la política por la pequeña amenaza del populismo, dice.

Afuera, en la Alameda, el tránsito es infernal. Los peatones se cruzan casi de mal humor con los vendedores ambulantes que ofrecen desde pastillas para la tos hasta jugos de fruta recién hechos y compiten con los ciclistas omnipresentes que utilizan las veredas para transitar porque no hay bicisendas.

Pero el tránsito es peor en Lima -tráfico le dicen aquí-. Los vehículos parecen besarse las trompas en cada encrucijada, giran en cualquier sentido -lo harían hacia abajo o hacia arriba, si pudieran- y se mezclan desde los más pequeños hasta los camiones con contenedores que vienen o van por la avenida Venezuela desde o hasta El Callao. Por la avenida Arequipa, en Miraflores, todo es más fino y delicado -los modelos de automóviles, la ausencia casi total de camiones- pero la congestión es similar. Y ni hablar del zanjón, esa especie de corredor bajo nivel de alta velocidad. Es un milagro que todavía estén enteros.

Los medios de transporte público son múltiples, y responden a la creatividad de conductores, empresarios y funcionarios: motocicletas de baja cilindrada carrozadas -mototaxis- que parecen adelgazarse en cada embotellamiento; taxímetros; taxis colectivos -llamados simplemente colectivos- que hacen recorridos fijos y suben y bajan pasajeros en el trayecto a precios módicos; camionetas tipo combis con quince ocupantes, el conductor y una especie de guarda -la mayoría mujeres- que vocean el itinerario y arengan a subir o bajar o iniciar la marcha -”ieva, ieva”; “aguanta, aguanta”; “sube, mi chico”; “avanza, avanza”- y omnibuses. El pasajero ni sospecha sobre las condiciones mecánicas del vehículo ni de las alternativas del viaje. Tampoco si hay o no seguro. El caos se ordena por sí mismo o no se ordena.

Los conductores de autos particulares no tienen mejor desempeño. Y cada uno contribuye con su bocina al coro casi continuo que constituye el escenario sonoro de cada día en Lima desde el amanecer hasta la noche. Por eso en casi todas las cuadras, en los diarios y en la televisión, hay anuncios que alertan contra la contaminación sonora e incitan a conducir silenciosamente. El dato curioso es que nadie insulta ni baja a trompear al rival ocasional. Ni se le ocurre.

Según un informe del diario La República, en horas pico -aquí les dicen “punta”- los limeños necesitan dos horas para recorrer 16 kilómetros, un trayecto que no debería demandar más de 15 minutos de viaje en auto. El mismo periodista calcula que se pierde una hora y media diaria de promedio. El Comercio, el otro matutino importante, estableció que seis de cada diez limeños tardan entre 30 y 60 minutos para llegar a su centro de trabajo. En algunos casos, estos viajes pueden llegar incluso hasta una hora y 35 minutos en caravanas inmóviles que recuerdan la autopista del sur. Por eso el presidente Kuczinsky asume facultades de intendente e impulsa la creación de una autoridad de tránsito para Lima y El Callao, un conglomerado urbano de más de diez millones de habitantes.

Los congestionamientos originan una economía alternativa. Mientras nadie puede avanzar se zambullen desde las veredas vendedoras y vendedores de golosinas, helados, aguas y gaseosas, empanadas, analgésicos, pañuelos descartables y ensaladas de fruta y jugos recién hechos, entre otras cosas. Y siempre alguien compra y charla con su ocasional proveedor como para matar -o asesinar- el aburrimiento.

Uno puede mirar al cielo, si es que se lo permiten los cables, tendidos como pentagramas enloquecidos desde los postes. En algunas esquinas se concentra el cableado de varias manzanas que se redistribuye. No es infrecuente mirarlos, tocarse la nuca y pensar que así estarán cruzados los nervios encima de los tendones y las vértebras antes de producirse una contractura. El sistema nervioso y el tránsito tienen algo en común. El cielo puede esperar; no así los transeúntes.

La publicidad política elude los barrios de clase alta y media: en Miraflores, en San Isidro, en la avenida costanera las paredes están limpias, no hay pasacalles. Sólo domina la cartelería de las grandes corporaciones: telefónicas, automotrices, súper e hipermercados, “malls”, aerolíneas y, por supuesto, bancos. La política se refugia en los paredones de las barriadas y en las avenidas que van hacia los suburbios. El mensaje, otra vez, es el mismo: un daño colateral de la globalización. Así ocurre con los diarios, que en Lima tienen un alto grado de parentesco con Clarín, La Nueva Provincia, Río Negro y La Nación, tanto en diseño gráfico como en contenidos. Es sólo cuestión de escudriñar en La República y El Comercio el tratamiento que tienen la muerte de Alberto Nisman, la persecución judicial a los ex funcionarios del gobierno kirchnerista y la caracterización del presidente Macri.

Tanto en su estética como en su contenido, los mensajes políticos tienen similitudes en todas partes. Pueden cambiarse los nombres, pero las consignas transitan de un país a otro como por vasos comunicantes. Aquí las paredes dicen “Kike Ocrospoma: un cambio”; “Pepe Luna: se puede. Sí Podemos Perú”; “Julio Gago: Somos Perú”; “Avanza País: Por una Lima Mejor”; “Sí Podemos Perú Con Pepe Luna”; “Justo Medio” presenta un oxímoron, su Revista Capitalismo Popular. Y el que rompe todos los moldes: “Fujimori Libertad. Clamor del Pueblo”. Ominosa advertencia, porque PPK -Pedro Pablo Kuczynski-, que llegó a la presidencia el año pasado con el partido Peruanos Por un Kambio y se inscribe en la marea derechista de gobernantes latinoamericanos, negocia y anuncia que estudia el indulto para Alberto Fujimori, a quien muchos aquí consideran el arquitecto del Perú moderno, pese al daño institucional y a los delitos de lesa humanidad durante su mandato.

El discurso se centra en el cambio, la esperanza, las mejoras y la posibilidad indefinida. Sin embargo, allí donde la posverdad no llega, sigue mandando la única verdad: en los postes de alumbrado y paredes, entre los bares y kioscos, miles de carteles ofrecen trabajadores informales, changas de plomería y gasistas -aquí se dice gasfiter, un anglicismo por el que arregla el gas- y unos pequeños afiches fotocopiados en papel A4 que preguntan ¿Atraso menstrual?, y aseguran Solución inmediata y un teléfono celular. De eso no se habla.

 

https://elcomercio.pe/lima/sucesos/caos-congestion-lima-reflejado-minuto-video-noticia-472286

29/07/2016

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