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"No es lo que vemos lo que cuenta, es lo que cuentan las palabras. La verdad se hace de palabras, la verdad la tiene el que tiene palabras. El mundo lee y escucha palabras, lo demás es silencio y olvido". Dionisio Salas Astorga
01 – John Lennon dijo. Hace exactamente 15 días -mediados de octubre- se cumplió el aniversario 51 de la que fue una de las reacciones socio-culturales más desmedida y famosa el siglo XX, acaecida en los Estados Unidos y que redundó en una seguidilla de micromotines públicos, amenazas de muerte rimbombantes, cuestionamientos morales y persecuciones ideológicas a comunicadores de radio y revistas, más algunos tristísimos linchamientos callejeros. Todos esos actos, salvajes y retrógrados, fueron la reacción social de la derecha cristiana norteamericana a una sola frase. Si, leyeron bien: una sola frase. Lo que pasó durante los meses de septiembre y octubre de 1966 en gran parte de la geografía norteamericana resultó ser una actitud reaccionaria colectiva generada por el simple efecto de una seguidilla de... palabras. Todo comenzó unos meses antes y del otro lado del océano. En marzo de 1966, durante una entrevista con la periodista Maureen Cleave para el periódico británico "London Evening Standard", John Winston Lennon, Beatle de nacimiento, remató una superficial reflexión propia sobre la decadencia de los valores del cristianismo en la segunda mitad del siglo XX con una frase lacónica pero férrea, bien potente: "Nosotros ahora somos más populares que Jesús", dijo. La frase, más de medio siglo después de haber sido lanzada, sigue siendo reconocida por un número millonario de habitantes del planeta, pero quizás el párrafo en el que estaba incluida no sea tan famoso como aquel latiguillo rimbombante que lo cerraba. Presten atención, estas fueron las palabras exactas de Lennon: "El Cristianismo se irá. Desaparecerá y se encogerá. No necesito discutir sobre eso, tengo razón y voy a tener razón. Nosotros ahora somos más populares que Jesús, no sé qué se irá primero, si el rock and roll o el Cristianismo. Jesús estaba bien pero sus discípulos eran ordinarios, son ellos los que para mí lo arruinan". En Inglaterra la declaración de Lennon pasó desapercibida (palabra por palabra). Social y periodísticamente generó muchísimo más revuelo la narración de las propias aventuras románticas que George Harrison contó dos meses después en la entrevista que otorgó para la misma revista en una serie de reportajes denominada "Como vive un Beatle". Lennon y Cristo, sin embargo, pasaron casi desapercibidos para el público británico. Lo cierto es que la palabra -inducida o no- muchas veces no se agota en sí misma al ser lanzada, y casi siempre sigue su curso, muchas veces inesperado e incontrolable, como si se tratara de agua filtrándose aquí y allá. Es por eso que, en septiembre de ese mismo año, cuando "Datebook", una revista estadounidense para adolescentes citó el comentario "jesuita" de Lennon, la reacción en Estados Unidos fue inmediata y creciente, semana a semana el enojo con John crecía y estallaban decenas de rudas protestas en todo el sudeste de los Estados Unidos para, más tarde, "contagiarse" el enojo en el país entero. La reacción fue temeraria: los discos de los Beatles fueron prohibidos en muchas radios y también fueron quemados públicamente en protestas nutridas. Fanáticos de la banda fueron golpeados en violentos actos callejeros y las conferencias de prensa de la banda se cancelaban por doquier, incluso se amenazó de muerte a los integrantes del cuarteto en varios estados. Todo sucedía en concordancia con la tercera y promocionada gira en vivo del grupo por todo Estados Unidos, allí por octubre de 1966. Aquel discurso de Lennon (¡palabras!), que no era más que un cúmulo de ideas sencillas sobre el posible fin de una era de tensión moralista y el posterior surgimiento de una revolución generacional, pacifista y libertaria, hicieron que miles de ciudadanos de la nación más fuerte del planeta levantaran sus voces en los medios de comunicación para intentar aplacar el alcance del brío contracultural desatado por una -se insiste en el calificativo- simple frase del Beatle más rebelde. A la palabra de Lennon primero se le cruzó la contestación, es decir la palabra cristiana de derechas desde los medios de comunicación más conservadores (¡miles!) y también desde los púlpitos en las iglesias. Luego esa batalla de meras palabras decantó -como siempre ha sucedido a lo largo de la historia del hombre- en acción directa y pública: misas, programas de radio con gente insultándose entre sí y manifestaciones callejeras trajeron consigo la violencia, y la tensión. Ya se había subido un escalón y de la controversia (discusión, pura palabra) se había pasado a la acción, tan cruda como insensata. Este clima hostil sirvió para que los Beatles decidieran -en una reacción que ya venían madurando dejar de dar espectáculos en vivo. Así la gira por Estados Unidos fue la última de los chicos de Liverpool y los Beatles, con esta decisión, terminaron por dar un auténtico y arriesgado salto vanguardista al convertirse -por primera vez en la historia de la industria musical- en una banda que exclusivamente trabajaba su música, su arte, en un estudio de grabación, sin tocar en vivo. Simplificando un poco los términos, la ecuación final de aquel episodio fue la siguiente: Palabras de Lennon + palabras de la derecha = reacción violenta de la gente + el nacimiento de una nueva concepción artística de la música que cambió paradigmas culturales en el mundo entero. Y todo esto, remarquémoslo bien por favor, surgió del el aséptico, inofensivo e inocente mundo de... la palabra en estado puro. Como corolario de estas efemérides, vamos a dejarles aquí un pequeño video documental que hizo sobre el tema el History Channel, una empresa transnacional con base en USA, que aúna el trabajo de la Hearst Corporation (empresa norteamericana de divulgación científica) y la Walt Disney Company (la mayor productora de contenidos audiovisuales masivos del planeta). En este audiovisual, que solo en youtube -y a través de los cientos de canales desde los cuales fue subido- tiene millones de vistas, se ve claramente como la idea central es "John Lennon dijo algo, y ese algo generó esto". Eso sí: las consideraciones morales que le imprimió el History Channel a este episodio (ya verás...) corren por cuenta exclusiva de la empresa. A nosotros no nos importa eso, quizás ni siquiera compartimos el punto de vista que el History tiene sobre el tema, solo te dejamos el video como ejemplo de lo que este artículo persigue: demostrarte el valor de acción que tiene la palabra. Tómate unos minutos, lo ves, y después seguimos con el resto de este artículo:
02 – La ficción yanqui ya dijo. Cincuenta y un años han pasado desde que aquellas palabras del pequeño John generaron este tremendo bardo. Hoy las cosas son distintas y el orden social global en el que vivimos tiene su anclaje más fuerte en la labor directa de la imagen y -a su vez- es la imagen la que catapulta (es el medio) por el que "vivenciamos" la gran mayoría de nuestras experiencias sensoriales diarias. En nuestro mundo XXI, todo está "imaginado" de antemano. Desde las redes sociales para computadoras, teléfonos y tabletas; desde la aún vigente televisión; desde las cada día más crecientes plataformas de contenidos visuales para cualquier soporte y -por último- desde la publicidad callejera, se nos dispara diariamente una cantidad de información visual que, lejos de centrarnos, nos abruma. Pero cuidado, porque considerar que ésta época es la del "imperio absoluto de la imagen" parece una verdad insoslayable, indiscutible, pero no es la verdad completa. Al menos no lo es si no nos detenemos a pensar un instante en que el bombardeo abrumador del "imago mundi" de hoy tiene una raíz mucho más profunda que ese juego infinito de imágenes que vemos por día. Si pensamos la cosa con un poco más de calma, podemos notar como la razón principal de nuestra alienación no está en la mera mecánica de lo audiovisual, y tal vez no es esa cadena de imágenes "que se ve y no se detiene" la que nos está dividiendo, deprimiendo, aquietando, sulfurando, anestesiando y adormeciéndonos. Detrás de cada propuesta de imágenes en repeat todo el día, hay un principio antiguo (ancestral, atávico) que las neurociencias y la publicidad han trabajado tan pero tan bien durante siglos: el mensaje. El "mensaje" -si te lo ponés a pensar- es ni más ni menos que la palabra en estado puro, son todas esas ideas tejidas en palabras, que se emiten a través de una cadena audiovisual cada día. Palabra tras palabra... palabra tras palabra. El siglo XXI, con su impronta de tsunami tecnológico, ha propuesto que los grandes medios masivos de comunicación transnacionales trabajen sobre "palabras" bien claras y definidas, pero que -inteligentemente- las oculten un poco detrás de las siempre seductoras imágenes. Para analizar un poco este método -y como ejemplo potente de esto que se está analizando- hablemos un poco de las tres ficciones más vistas por el planeta entero en este último lustro: "Stranger Things", "Games of Thrones" y "House of Cards". Las tres son sumamente atractivas, las tres son irresistibles, las tres son muy pero muy buenas, y las tres están paridas desde la usina de contenidos global más grande del planeta, claro. La primera, "Stranger Things", ya en su segunda y reciente estrenada temporada, alienta a embriagarse un poco más en su fabuloso y tan bien logrado coctel de evocaciones a la pintoresca década del ochenta del siglo pasado, mezclando alusiones retro con el mejor cine fantástico "de época". Ahora, si hacemos un hilado (no tan fino, eh) que nos ayude a identificar quien es "el malo" en esta nueva temporada de "Stranger...", descubrimos que el villano es un monstruo hecho de sombras, que no se ve con claridad, pero sí se intuye a través de las visiones borrosas de uno de los personajes. El monstruo, en rasgos generales, es oscuro y pareciera llevar en su cabeza -siempre entre sombras indefinidas, como para alejar la acusación directa, claro está- una suerte de turbante semi cónico, tan pero tan parecido a los de los derviches sufís (que son los pensadores enfáticos del islam más filosófico) o a los que muchos ejércitos islamitas "radicales", como los talibanes, han usado y usarán. Y eso no es todo, ya que cuando el monstruo abandona su plano de existencia paralelo y se mete en el nuestro (allá por el último tercio de la temporada) uno de los chiquillos protagonistas le grita a los adultos: "¡Estamos bajo ataque!" (We are under attack!), célebre frase militar que los dos Bush, sobre todo el hijo durante los días posteriores al 11-S, utilizaron para definir el estado de la "realidad" que el pueblo norteamericano -y el mundo, decían ellos- estaba comenzando a vivir. Más "Stranger Things" no se quedan simplemente en la velada mención de "forma", también se mete en el "contenido" cuando, minutos más tarde el guión de la tira deja bien en claro que todo lo que hace el monstruo, lo hace porque "cree en su supremacía como especie". La palabra "raza" se escucha un par de veces y hasta se dan el lujo de comparar la situación extraordinaria que están viviendo con la que se vivió por culpa de "los alemanes" en la Segunda Guerra Mundial, una medalla ideológica que los norteamericanos adoran colgarse todo el tiempo. el exabrupto es grande al culparse a "los alemanes" entonces, introduciendo una cota de corrección política oportunísima y - reconozcámoslo- muy creativa, uno de los personajes corrige al otro y le señala que no fueron los "alemanes", sino los "nazis" los que llevaron a cabo el plan de exterminio. Como verán, un fuerte y claro predicamento de la palabra en medio de un festival audiovisual visto por decenas de miles de millones de personas en todo el planeta. "Games of Thrones", nuestra segunda serie, introduce otras palabras (parecidas, y de signo concordante) a su propio festival de batallas épicas hermosamente filmadas, dragones animados por CGI, ejércitos de zombies, romances e intrigas palaciegas. Toda la serie está atravesada (a lo largo de sus siete temporadas) por la idea (¡palabras!) de que el balance del mundo debe darse en la unificación y centralización de un poder único por el que todos los reinos tienen que obedecer a un solo rey. Por más que las culturas que construyen el universo de la serie sean muy heterogéneas desde lo político y lo religioso, y por más que todos los reinos posean diversas realidades geoeconómicas, la idea que subyace en el guión es que debe haber un solo poder central. En el universo de los juegos de trono el balance es posible si sólo hay un jefe, un rey, un comandante que regule el poder desde un único trono central, el de hierro (caramba con la metáfora...) y para esto es necesario mantener intacta la impronta de un poderío bélico superior (la sempiterna gendarmería global que controla todo) como así también es indispensable la intervención territorial del que tiene el poder sobre los territorios "enemigos", amenazando a los pueblos y - como no- tejiendo alianzas con todas aquellas personas con pequeños poderes locales que decidan obedecer a quien gobierna el todo. Imperio, bah. La única persona que rompe con esta lógica dentro de la serie -y a medias, porque cuando se siente presionada justifica y se vale de la guerra y la intervención- es Khaleesi, la madre de los dragones, quien busca gobernar "justamente", pero es vilipendiada por el resto de las castas de poder por actuar de esa manera. La serie no ha terminado, pero todo apunta a que se buscará que una persona "devuelva" la paz a todos los reinos erigiéndose como el rey de todos. Si el final es distinto, arresten por favor a los guionistas de la serie por subversivos, por utilizar la fuerza de la palabra como elemento ideológico desestabilizador del statu quo del poder... La tercera y última serie es "House of Cards", ficción que sigue de cerca el ascenso inmoral hacia la presidencia de los Estados Unidos de Frank Underwood, el "típico político actual", asquerosamente pragmático, inhumano a más no poder, cínico y hasta beligerante, quien teje alianzas con las corporaciones y los medios masivos de comunicación sin importarle nada de nada. El guión es claro: Frank quiere tener "el poder" y "no soltarlo". Quizás de las tres ficciones mencionadas, "House of Cards" es la más burda a la hora de "esconder" la palabra-mensaje detrás de la realización audiovisual en sí. Su permanente mensaje postmoderno y estigmatizante sobre la "clase de mierda" que son "todos los políticos actuales", ha sido muy útil para que millones de personas continúen protestando hacia la nada en redes sociales y descreyendo de la verdadera participación ciudadana al considerar que todo "ya está arreglado arriba, en las cúpulas del poder" y que "nada podemos hacer" para que las cosas mejoren. Inclusive, hasta le ha dado letra a comunicadores periféricos y algo básicos como Roman Letjman, Jorge Lanata o Nelson Castro para trazar analogías entre Underwood y ciertos artífices del poder kirchnerista (nunca del macrista, por supuesto...), introduciendo ideas vagas y superficiales como el Síndrome de Hubris para explicar tensiones políticas que les resultaban poco convenientes de explicar por vías más lógicas y sensatas. Como verán, un show de palabras, sí, siempre palabras. Para terminar este apartado segundo, repasemos un video compilatorio de palabras dichas por Frank Underwood en distintos monólogos en los que mira a cámara y te dice a vos, en tu cara, esas palabras. Esas secuencias -repetidas en cada temporada- constituyen el "mensaje" más claro y sin filtros de esta ficción norteamericana que hemos visto miles de millones de personas:
03 – Durán Barba dijo. Para ir finalizando este concierto de palabas, bajemos un poco los decibeles con los ejemplos famosos e internacionales y -al menos durante este último tramo- hagamos un vuelo de cabotaje. Para ponernos en clima local, por favor miremos primero un chiste de una viñeta del dibujante y guionista argentino (de San Nicolás él) Marcos Vergara, publicado antes de ayer en la página de Facebook "Alegría". El chiste es claro, y posee la impronta de punch a la mandíbula, gracioso y hasta algo naif, que debe tener todo chiste de un solo cuadrito para ser genial. Y aquí el efecto surge y se cumple con creces: con sólo 23 palabras, Marcos Vergara consigue hacernos reflexionar sobre el valor perjudicial que la palabra oficial - disparada y respaldada desde los medios- puede tener sobre la vida real del "ciudadano medio" (cuidado con los estereotipos, eh, que muchas veces son solo palabras): (Aquí iría el JPG "Chiste Marcos Vergara") ¿Les gustó? vamos entonces al análisis. Desde que asumió la coalición Cambiemos (el Pro, bah), hemos escuchado una catarata de palabras que antes no habíamos escuchado, al menos no con tanta frecuencia y con tanta vehemencia. O no, esperen, todo esto es incorrecto, porque correcto sería decir: "... desde que la coalición Cambiemos comenzó a disputar el electorado nacional para encaramarse en el poder ejecutivo de la Argentina", ya que muchas de estas palabras "nuevas" las hemos venido escuchando desde que comenzaron con su campaña nacional, allá por los albores de 2014. En infinidad de ocasiones (antes de las elecciones, casi siempre) hemos subestimado el poder del cúmulo de palabras escogidas por los equipos de comunicación de quienes hoy nos gobiernan, tildándolas de simples, ineficientes, vacías y -en definitiva- nada efectivas. El poco tiempo transcurrido desde que asumieron y se aplicó oficialmente este plan en nuestro cotidiano ha demostrado una eficiencia increíble y el discurso terminó teniendo en nuestro país un arraigo masivo. Todo esto demuestra que quienes estábamos "en la vereda de enfrente" nos encontrábamos distraídos en "otro campo de acción", dedicándonos a terrenos supuestamente más "prácticos", "genuinos" y "efectivos" mientras -de manera arrasadora- esta catarata de palabras que el grupo de pensadores de la usina Cambiemos proponía se llevaba mucho más que la simple intención de votos; se llevaba también el uso del sentido común y hasta la sensibilidad social de un alto porcentaje de argentinos que -ni de raíz, ni de origen- eran ese veintipico por ciento que conforma el supuesto núcleo duro de la sociedad que comulga con ellos y avala de fondo su manera mezquina de entender la distribución social, sus políticas de seguridad en un estado de mano dura y su política de cercenamiento de los derechos del ciudadano, alejándolo del empoderamiento y acercándolo a una búsqueda individualista y caníbal de la felicidad. Es decir: usando palabras, Cambiemos sumó mucho y ganó terreno y tiempo de acción. Claro... es cierto, no lo vamos a negar: las palabras usadas por la usina Cambiemos no son muchas, pero son poderosísimas. Algunas de ellas hasta han comenzado a hartarnos de tanto escucharlas, pero -a la luz del consenso coyuntural actual conseguido- funcionan a la perfección. Existe un primer grupo, en el que hay un cúmulo de palabras que ellos usan para referirse a ellos mismos (y en clara apelación a vos) para que te identifiques instantáneamente con "su forma de pensar y actuar". Algunas de esas palabras son: "juntos", "futuro", "podemos", "sueños", "trabajo", "camino", "todos", "corazón", "destino", "firmeza", "rumbo", "verdad", "cambio", "esfuerzo", "equipo". Todas ellas son palabras indiscutibles. Hacé el siguiente ejercicio: volvé a leerlas y decime si de por sí podrías atacarlas en una conversación y salir airoso. La respuesta al desafío es no, porque todas esas palabras son un primor, son verdaderas armas lingüísticas que los neurocientistas y los publicistas (los nuevos gurúes de esta iglesia del hoy) saben a fuerza de sondeo que a vos, a mí, a ella y a él -por razones diversas, pero el mismo motivo neurolinguístico- nos encanta escuchar. Luego está el otro cúmulo de palabras. Las que conforman ideas odiosas. Porque nunca hay que olvidar que -como señalaron desde Nicolás Maquiavelo a Slavoj Žižek- la posibilidad de continuidad en el poder tiene un pie puesto en la configuración de un enemigo, un otro que nos indigne y nos asuste, que nos irrite y nos de pavor. Y en este sentido el oficialismo es súper profesional y ha invertido, invierte e invertirá una buena cantidad de dinero y tiempo para que nunca falten auténticos ejércitos de personas que -cumpliendo carga horaria como empleados del estado- trabajen para distribuir la palabra odiosa en redes sociales; palabras que ya convertidas en ideas son levantadas por los medios masivos de comunicación, cerrando el círculo vicioso en el que -tarde o temprano- todos caemos. Dentro de este grupo entrarían palabras menos genéricas que las del grupo anterior, más específicas y cargadas de un signo unívoco, un contenido semántico de una sola dirección (negativa). Aquí entrarían "corrupción", "soberbia", "intolerancia", "robo", "asesinato", "vagancia", etcétera, y -a la sazón- también entran una infinidad de epítetos que están más emparentados con lo que en Argentina conocemos como "puteada" hecha y derecha. Todo este aspaviento es alentado desde sitios claves del poder (prime time radial y televisivo, twitter de celebridades y políticos encumbrados, actos de campaña, etcétera) con el fin de conseguir que la irritación del ciudadano sea nihilista e individualista, mucho más parecida al descreimiento virtual que propone "House of Cards" que al clima de descontento popular previo a la Revolución Rusa de 1917, por dar un ejemplo bien grueso. Y finalmente está el trabajo de coyuntura, el día a día en el que se sale a contestar (¡sí, con palabras!) sobre los temas que pueden estallarles en la cara. A veces se habla y se dicen cosas como: "ese chico se ahogó solo por estar metido en donde no lo llamaron", en referencia a una desaparición forzosa en un operativo de fuerzas del estado, o a veces simplemente se calla y se habla de otra cosa para que muy poca gente hable sobre lo que realmente está generando un posible conflicto social.
04 Para el final decimos. Palabras en las radios, palabras en la tele, palabras en los diarios, o en las redes sociales, todas trabajando en un día a día sin descanso para intentar mantener la situación "bajo control". El tema es que, estas palabras que nos proponen como golosinas -o como veneno- en nuestro día a día, llegan y se instalan para ocultar otras acciones, esas de las que no tenemos que hablar, porque configuran políticas de gobierno que bien podrían ser discutidas o rechazadas. El ejercicio es simple y -aunque lo quieran disfrazar de nueva estrategia, de siglo XXI- es tan viejo como las civilizaciones mismas. Todas esas palabras tapan los agujeros que el poder deja en nuestro tejido social, en el de los derechos, el de las garantías y el de bienestar. Lo cierto es que en este terreno de la impregnación sistemática por la vía de la palabra, más allá de lo que opinemos los que podamos no estar de acuerdo, los tipos son bien pero bien diestros. Por momentos magistrales. Más: ¿cuánto puede durar un ejercicio de poder fundado en un relato ficcional construido sobre palabras que generen empatía o una irritación inducida y controlable a conveniencia? Esa es, señoras y señores, una pregunta que el tiempo se encargará de responder. Quizás suceda lo que Diego Capussotto dijo hace medio año en un diario de tirada nacional y "el bailecito de Macri y los demás va a quedar en la memoria como un símbolo de la infamia" o quizás no. A lo mejor la desigualdad, la pérdida del estado de derecho y la deshonra soberana queden impunes, como unas cuantas veces ha sucedido a lo largo de la historia de la Argentina. En nosotros debiera haber un alerta mayor en términos de revisión del cómo y el "de que manera" estamos ejerciendo (¿utilizando?) la palabra en esta tensión de poder que ellos parecieran ir ganando. No se trata de couchear a Cristina o a Nicolás del Caño como si fueran Bullrich o Vidal (a Masa y a Randazzo no los vamos a meter en este ejemplo porque ellos ya fueron a ver a Durán Barba...), pero tampoco se trata de desentenderse de la forma básica, antigua y efectiva que la derecha global tiene de manejar la palabra. Hasta aquí han llegado ejerciéndola campantemente frente a nuestra mirada entre atónita y combativa, pero siempre ubicada detrás de ellos. En términos futbolísticos: la pelota la tienen ellos... en nuestro campo. La palabra pareciera ser hoy de ellos, y nosotros contestamos. Bien, ¿por qué los escuchan mucho más a ellos que a nosotros?... Ay, esa pregunta sí que es buena ¿verdad? Pensemos por favor y seriamente en las posibles respuestas. Para finalizar todas estas reflexiones sueltas de hoy (¡palabras!), quedan con un video viral que -de seguro-muchos de ustedes ya han visto a través de las miles de formas que la imagen y la palabra tienen para llegar hasta nosotros día tras día, día tras día, día tras día...
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