-?
La inquietud que motiva este análisis está referida a qué cambios se dan en la sociedad cuando un aspecto esencial de la experiencia humana como es el reconocimiento dado por el otro en los vínculos deja de producirse entre las propias personas y comienza a ser mediada o incluso sustituida por entidades no humanas.
La fascinación social por la IA está dada porque es una tecnología que incorpora capacidades cognitivas y las automatiza: lenguaje, clasificación, comparación, cálculo, traducción, análisis, producción de imágenes, programación, etc. Por esta razón adquiere una posición cultural que ninguna tecnología anterior ocupó. La IA debe entenderse como inteligencia general en tanto es la acumulación de todo el conocimiento y el saber humano, ciencia, cooperación, organización y experiencia en su carácter social y cristalizado en sistemas y dispositivos técnicos. Esta definición está basada en una interpretación del “Fragmento sobre las máquinas” de Marx, en particular su idea de intelecto general como conocimiento social acumulado que deviene en una fuerza productiva. En este sentido la IA ya no es simplemente una herramienta que una persona utiliza, además incorpora capacidades que anteriormente pertenecían al trabajador.
En el clásico pasaje de la “dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel en su obra La Fenomenología del Espíritu aparece la cuestión del deseo de reconocimiento como algo que define al ser humano. El problema que advierte Hegel es que en una relación de dominación, como la que se establece entre el amo y el esclavo, no puede existir un reconocimiento genuino porque este no es recíproco. El amo necesita del esclavo para ser reconocido, pero ese reconocimiento es espurio porque proviene de alguien sometido y sin libertad. Al mismo tiempo, depende de su trabajo para sostener su propia existencia. El esclavo, por su parte, aunque se encuentra subordinado, adquiere a través de su trabajo una conciencia de sí mismo al transformar la realidad. La paradoja es que quien domina no obtiene el reconocimiento que busca de un igual, mientras quien es dominado desarrolla, a través de su propia actividad, una conciencia de sí que el amo no posee. Sin embargo, a partir de la lectura de Lyotard en “Economía Libidinal”, se puede inferir que el sujeto dominado puede terminar invistiendo libidinalmente esa explotación porque allí encuentra un lugar desde el cual existir para los otros. En otras palabras, el sacrificio puede otorgar un lugar desde el cual ser reconocido, necesitado, deseado por el otro, por lo cual es difícil de abandonar y que explica, en parte, la complejidad actual para desmontar relaciones de dominación naturalizadas.
En el reconocimiento el otro me confirma, se busca así la mirada del otro porque necesitamos ser vistos y confirmados, relación fundamental para constituirnos. Jacques Lacan también afirmó que el deseo humano es siempre el deseo del Otro por eso queremos ser deseados y reconocidos por otros sujetos. Ahora bien, el capitalismo aprendió a explotar esta necesidad antropológica de inscripción social con su pleno desarrollo en el capitalismo de plataformas desde 2010, definido a partir de infraestructuras digitales y algoritmos que funcionan como intermediarios o sustitutos de las relaciones sociales.
Las redes sociales pueden verse como grandes plataformas donde se expresa esa búsqueda de reconocimiento. En ese sentido, los "me gusta", los comentarios, los seguidores, las visualizaciones o la viralidad basada incluso en los “haters” y mensajes de odio, funcionan como señales de validación. Sin embargo, ese reconocimiento puede definirse como efímero porque depende de algoritmos, audiencias cambiantes o interacciones superficiales, y no necesariamente de un otro que nos reconozca como sujetos en toda nuestra complejidad.
La perversidad de esta lógica es que toda huella digital ya sean los clics, las búsquedas o las interacciones de los usuarios se convierten en la materia prima que alimenta el sistema. De hecho este sistema de plataformas es capaz de proporcionar al individuo un entorno completo de reconocimiento personalizado. Cada persona queda encapsulada en ese microclima que da garantía de reconocimiento, aunque más no sea artificial, superficial y efímero, porque le ofrece un lugar simbólico desde el cual existir socialmente. Y esa necesidad es la que explota el capitalismo actual, en la que radica parte de su éxito y la dificultad por superarlo.
La IA es un otro sin alteridad
¿Qué hay detrás del desarrollo de agentes inteligentes que permiten obtener algunas de las funciones afectivas del vínculo humano sin tener que soportar plenamente la alteridad, la reciprocidad y el conflicto que hacen que un vínculo humano sea realmente un vínculo?
Diversos estudios empíricos muestran que la IA es una etapa superior de una progresiva transformación de la experiencia social. En efecto, con la IA conversacional personalizada por algoritmos aumenta la capacidad de tener un tipo de relación sin estar plenamente expuesto a la alteridad del otro. Es decir que se da un paso cualitativamente nuevo cuando ya no se trata solo de un dispositivo pantalla que interrumpe o media el vínculo con otro humano, sino una pantalla que ofrece directamente un interlocutor al que se humaniza y al mismo tiempo diviniza.
En un estudio longitudinal (Lawrence et al. 2022) de 1.919 adolescentes durante dos años se encontraron asociaciones recíprocas entre el uso de pantallas y la soledad. Puede existir un circuito de retroalimentación en el que el aislamiento lleva a mayor uso de pantallas y por ende a un deterioro de determinados vínculos. Otro estudio analiza que el phubbing de pareja (Ni et al. 2025), la práctica de ignorar a la pareja sentimental para usar un teléfono inteligente o un dispositivo digital, se ha convertido en una conducta generalizada con efectos perjudiciales en las relaciones amorosas. Atender al teléfono entonces se relaciona negativamente con la intimidad, capacidad de respuesta y cercanía emocional, además de la satisfacción de la relación, con lo cual se modifica la calidad de la presencia del otro.
Más contundente resultó un experimento de Li, Folk, Singh, Ungar y Dunn (2026) con 296 estudiantes universitarios. Durante dos semanas, un grupo conversó diariamente con un chatbot diseñado para brindar apoyo emocional, otro con un compañero humano elegido al azar y un tercero realizó un breve diario. Solo la interacción cotidiana con otra persona redujo significativamente la soledad, mientras que el chatbot no produjo beneficios superiores al simple registro diario. Los investigadores señalan que, a diferencia de una relación humana, el chatbot no puede compartir experiencias vividas ni participar de una reciprocidad afectiva genuina. Parece una obviedad, pero el estudio confirma que relacionarse con un compañero humano al azar puede ser más efectivo para aliviar la soledad que enviar mensajes de texto a un chatbot configurado como altamente solidario.
No se trata de plantear una posición tecnofóbica ni una oposición nostálgica entre "vínculos reales" y vínculos mediados por pantallas porque las tecnologías también permiten sostener vínculos, expresar afecto y mantener contacto. El problema aparece cuando la mediación comienza a reemplazar determinadas dimensiones de la presencia y la reciprocidad. Donde antes una persona encontraba reconocimiento en el trabajo, la familia, la comunidad o las relaciones cara a cara, hoy aparecen crecientemente dispositivos capaces de ofrecer una experiencia de interacción sin conferir necesariamente un lugar social efectivo. El sistema está construyendo agentes maquínicos que brindan funciones afectivas del vínculo humano sin tener que soportar plenamente la alteridad, la reciprocidad y el conflicto que hacen que un vínculo humano sea realmente un vínculo.
Cabe preguntarse en ese sentido qué ocurre con una sociedad cuando sus individuos pueden satisfacer una parte creciente de sus necesidades sin tener que afrontar la irreductibilidad y la alteridad de otros individuos. De hecho, la IA podría pensarse como un otro sin alteridad, o sea podría responder al sujeto y mostrar comprensión sin experimentarla. En pocas palabras se da una relación con un otro que funciona como otro sin ser realmente un otro. Esta cuestión nos lleva a una dimensión fundamental del vínculo referida a que la presencia del otro también me limita, ya que existe introyectada dentro de los individuos bajo la forma de normas sociales que se cumplen automáticamente, y en ese sentido no se necesita que alguien me esté vigilando permanentemente para saber que determinadas cosas no se deben hacer.
Este gran Otro hace referencia a la introyección de la figura de la autoridad, de las normas sociales, de la presencia de la mirada del otro, de sus demandas. La IA por el contrario, reconoce pero sin demandar emocionalmente, y probablemente no intente oponerse sino más bien satisfacer. Estamos en presencia de un individuo liberado de las consecuencias de la presencia del otro y de ciertas mediaciones sociales y cada vez más autónomo frente a los otros, pero simultáneamente más vulnerable porque pierde aquellos espacios donde su existencia era reconocida socialmente
Cuando la tecnología desorganiza los roles, vínculos y el reconocimiento social
¿Cómo impacta en el individuo vivir en una sociedad que desarrolla tecnologías capaces de sustituir progresivamente las capacidades que antes le otorgaban una función social? o de otra forma ¿Qué ocurre cuando el conocimiento social acumulado durante siglos se objetiva en sistemas capaces de realizar tareas intelectuales que antes eran fuente de identidad y reconocimiento para las personas? El impacto negativo de la IA entonces es que pueda desorganizar las funciones sociales mediante las cuales las personas obtenían reconocimiento, identidad y pertenencia.
La humanización y la divinización de la IA al mismo tiempo podría verse como las dos caras de la misma moneda, esto es antropomorfizada por un lado, pero divinizada en sus capacidades, poseedora de la verdad y la autoridad sin ser un sujeto político, al cual enajenamos nuestra voluntad. Estamos en un momento en que humanizamos a la máquina precisamente cuando estamos deshumanizando nuestras propias relaciones, cuando más que nunca se necesita recrear alguna forma de lazo social que tenga en cuenta al otro como necesidad constitutiva del ser humano. Quizá por ello justamente se humaniza a la IA porque cumple una función de escucha y comprensión, pero que de manera ficticia produce el efecto de reconocimiento porque en verdad no siente, ni comprende. Aunque las personas se enfrenten a un programa que da respuestas basadas en procesamientos estadísticos predictivos pueden sentir la experiencia de sentirse reconocidos.
Por un lado, humanizamos a la IA porque necesitamos de un otro, pero simultáneamente la convertimos en algo sobrehumano porque le atribuimos capacidades que exceden las nuestras. Quizá necesitamos crear dioses omniscientes para calmar nuestra incertidumbre. Finalmente, y retomando a Hegel podemos decir que en la relación con la IA no hay reconocimiento porque no hay reciprocidad, podemos experimentar o sentir que la plataforma nos reconoce, pero ella no necesita de nuestro reconocimiento.
Es posible pensar que parte del malestar actual va más allá de la desigualdad material o la precarización creciente de los trabajos y modos de vida, e incorpora la dimensión del reconocimiento. En ese sentido, impacta en la práctica política vista como algo más amplio que la lucha de los intereses y la distribución de los recursos materiales. De esta manera la política debería plantearse qué instituciones y formas de convivencia se deben construir en las que las personas puedan verse y ser vistas como sujetos libres e iguales. Cuando en marzo del 2023 los principales líderes de la industria tecnológica, científicos de computación de vanguardia, especialistas, intelectuales y hasta figuras del espectáculo, firmaron y publicaron una carta en la que pedían parar el desarrollo de la IA estaban en la dirección correcta. Había que evaluar los efectos sociales, las consecuencias éticas, políticas y de seguridad de los sistemas más avanzados, y adaptar las normas sociales, las instituciones y preparar a las personas a una nueva realidad dada por una tecnología arrojada a la sociedad sin ningún tipo de consulta democrática, pero esa pausa no se produjo y estamos viendo las consecuencias: desafiliación social, desanclaje social, vaciamiento del rol, soledad, sustitución de interacciones humanas y transformación de los vínculos.
Por último, hay que distinguir entre la tecnología en sí y la forma social bajo la cual es utilizada, es decir las relaciones sociales en las que se despliega. El potencial liberador de la IA está dado por automatizar tareas y reducir el tiempo de trabajo necesario, pero esa promesa está obstaculizada. En sociedades capitalistas, donde las decisiones fundamentales sobre estas tecnologías permanecen concentradas a escala mundial en un pequeño grupo de propietarios, ese potencial queda subordinado a la acumulación, la productividad y la ganancia. La paradoja es que una tecnología capaz de reducir el trabajo necesario puede, en lugar de ampliar el tiempo disponible y las posibilidades de realización individual, profundizar la precarización y desorganizar las prácticas sociales que hasta ahora otorgaban identidad, pertenencia y reconocimiento.
Va con firma | 2016 | Todos los derechos reservados
Director: Héctor Mauriño |
Neuquén, Argentina |Propiedad Intelectual: En trámite