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En diciembre de 1497 cuatro carracas y una carabela al mando de Vasco da Gama doblaron el Cabo de Buena Esperanza. La flotilla portuguesa subió, saqueando la costa oriental de África, hasta llegar en mayo del año siguiente al puerto de Calicut en la costa de Malabar, en la India.
A finales de agosto de 2026 el portaaviones estadounidense Abraham Lincoln se retiró del teatro de operaciones contra Irán en el Golfo de Omán, camino a reparaciones en la base de San Diego, en California.
Tal vez no esté sólo concluyendo su récord de 260 días de operaciones en alta mar sino cerrando 528 años de dominación de los imperios marítimos occidentales en Asia.
La guerra de agresión iniciada el 28 de febrero de 2026 por Israel y los EE.UU. entró en una fase crítica. Las llamas se han extendido por todo el Asia Occidental, sus dos principales vías marítimas, los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb -vitales para el comercio internacional- están cerrados y la respuesta iraní ha sido militarmente devastadora.
Los EE.UU. han visto casi completamente destruidas todas sus bases en el Golfo Pérsico, Irak y Jordania, retirando gran parte de sus equipos y personal hacia Israel.
Sus operaciones aéreas y ataques con misiles contra Irán han cesado desde hace tres semanas por falta de municiones y combustible y el bloqueo naval del Mar Arábigo sufre serias dificultades logísticas y operacionales.
Mientras pasaban los 60 días previstos para avanzar en las negociaciones del Memorándum de Entendimiento (MOU) firmado por Washington y Teherán, sin ningún resultado a la vista, todos los países de la región recalculaban el horizonte del conflicto y redefinían su postura estratégica.
El 3 de agosto pasado, el Ayatollah Mojtaba Khamenei produjo un rediseño de los mandos de las fuerzas armadas y designó a Moshen Raisi como Secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní y como su representante personal.
Raisi es un histórico combatiente contra el Sha, Jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica durante toda la guerra frente a Irak en la década de 1980 y amigo personal de Mojtaba desde entonces.
Su nombramiento se lee como una mayor centralización de la conducción política, diplomática y militar del país y la definición de una nueva estrategia ofensiva para concluir el conflicto si no se retoman, como parece, las negociaciones por parte de EE.UU.
Paralelamente Irán avanza en las tratativas con Omán para un acuerdo sobre la administración conjunta del estrecho de Ormuz y advierte que éste no se abrirá hasta que EE.UU. cumpla con lo firmado en el MOU.
El 7 de agosto se produjo un nuevo terremoto político cuando en La Meca, Arabia Saudita, Pakistán y Turquía anunciaron un Acuerdo de Cooperación Militar y Defensa que, aunque se desconoce el texto, expresa la constitución de un bloque de naciones sunnitas para cubrir el vacío que crea la retirada estadounidense y evidencia la absoluta pérdida de confianza de las naciones del Golfo respecto de las políticas de Washington así como el rechazo a las acciones genocidas y expansionistas de Israel.
Una semana después, Mohammad Bin Salman, el príncipe heredero saudí, llamó al presidente Trump para reclamar el fin de las operaciones bélicas contra Irán e informarle que el Reino no permitirá el uso de su territorio ni su espacio aéreo a las fuerzas estadounidenses. Una posición hasta hace poco impensable en la larguísima relación entre ambos países.
Todo ello es el resultado de un hecho que la administración Trump no puede admitir pero que todas y todos pueden ver cuando logran salir de la densa y agobiante cortina de propaganda y desinformación: el Imperio ha sufrido una derrota militar estratégica a manos de una potencia mediana en una guerra que él mismo inició y no pudo sostener en el tiempo ni lograr ninguno de sus objetivos, por otro lado cambiantes e imprecisos desde el principio.
Muchos analistas sostienen que los EE.UU. perdieron porque hicieron una guerra del siglo XX contra un rival del XXI.
Aunque da cuenta de muchos aspectos relevantes, tal análisis pierde la visión de fondo: la derrota, en una guerra que aún no termina, sucede porque ha perdido dos atributos esenciales que han sostenido a los imperios occidentales desde el siglo XVI: el monopolio de la innovación tecnológica y una base industrial sólida y eficiente.
Sin ellas, o con ellas muy disminuidas, la sobre extensión resulta fatal. La nación que tiene el mayor presupuesto militar del mundo carga con un proceso de desindustrialización de décadas y ha cedido la planificación y el desarrollo de la tecnología a las corporaciones privadas.
No puede afrontar una guerra en dos frentes (Ucrania e Irán). Ha llevado al límite sus inventarios de misiles de largo alcance y de los sistemas antiaéreos y se ha atorado su cadena de suministros aéreos y navales.
La Marina de Guerra (la joya de los imperios marítimos occidentales) a duras penas puede sostener un bloqueo naval en el Mar Arábigo, desmantelando sus recursos en los otros mares del mundo
El atardecer del Imperio es un momento de extraordinario peligro. Acotadas sus opciones militares y auto mutiladas sus capacidades diplomáticas, la desquiciada administración Trump explora soluciones desesperadas.
El sábado 14 de agosto el presidente reunió en Camp David a toda su plana mayor de funcionarios y asesores. Según denunció la ex diputada y ex aliada de Trump, Marjorie Taylor Greene, allí se evaluó el uso de armas nucleares tácticas para derrotar a Irán.
Esperemos que esté equivocada. El atardecer del Imperio sería la noche de la humanidad.
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