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Columnistas
02/08/2026

Nuestro racismo albiceleste

Nuestro racismo albiceleste | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
Ilustración: junto a la foto de Milei, retratos de Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento y Julio Roca.

Ante la llamada "campaña antiargentina" deberíamos preguntar por qué si el mundo es racista, no lo seríamos nosotros. Mitre por el norte y Roca por el sur "fundaron" la patria con su impronta que no era, precisamente, un canto a la hermandad. Y encima ahora irrumpió el sujeto elegido para presidir la Nación.

Juan Chaneton *

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El concepto de criminal nato es de cuño lombrosiano y, más allá, supo ser una construcción clasista severamente sesgada contra los pobres y marginados que el capitalismo en expansión iba desplazando a la banquina mientras en las escuelas de Economía de Londres o Edimburgo se aseguraba que una mano invisible se hallaba disponiendo las cosas como para que a todos alcanzara la "prosperidad general".

El estereotipo refiere que el criminal nato (el "nacido" criminal) es pobre y genéticamente perverso, y posee rasgos físicos animaloides que lo identifican como delincuente: cráneo pequeño, cara ancha, mandíbula prominente y color de piel tirando a oscuro. Nació criminal. El delincuente de "cuello blanco", en cambio, comete sus delitos y también hace daño pero es la antítesis somático-socio-cultural del tipo lombrosiano: suele ser blanco y dispone de un don de gentes que lo hace adorable a ojos y compañía de sus iguales, además de provenir de un estrato social eminente y de poseer riqueza y nivel económico muy por encima del común. Cuando hurta dinero, lo hace generalmente por métodos contables y con el propósito de disponer de más dinero, meta que está a su alcance porque previamente pertenece a un lugar institucional (privado o público) vinculado a negocios multimillonarios.

El suizo Gianni Infantino se halla postulando, a estas horas, para repetir mandato como presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).

El racismo como concepto y práctica social, que permanecía latente en los entresijos de la sociedad argentina y en todas las sociedades de occidente, cobró súbita turgencia en el último tramo del reciente campeonato mundial de fútbol celebrado en México, EE.UU. y Canadá. Esta nota trata en forma somera sobre el racismo en general y en particular sobre el que aqueja a la sociedad argentina, la nuestra.

Retomando la ilación de las primeras líneas, decimos que criminalizar al pobre fue recurso ideológico fundacional cuya enseñanza se impartió en la academia oficial. Influyentes juristas como Ramos Mejía y José Peco hicieron punta en lo que se refiere a introducir el fascismo lombrosiano en sus cátedras de Criminología que formarían a los docentes que vinieron luego.

Empero, criminalizar a los pobres resulta funcional siempre que la investigación demográfica arroje unas cifras y no otras. Dicho de otro modo, mientras los pobres sean pocos se puede construir, con ese poco, un chivo emisario creíble. Cuando aumenta su número, sobrecargar en ese porcentaje amplio de población la causa de los males sociales no sólo encuentra dificultades de credibilidad sino que también deja de ser funcional a la sujetación social, pues no se puede controlar e inmovilizar a millones. Se impone, entonces, una diferenciación entre los pobres. Y se criminaliza sólo a los sectores más bajos de la escala social, el lumpen marginado que merodea los centros urbanos no siempre con hambre pero siempre en busca de algo parecido a una propiedad, aunque sea la que brindan los tachos de basura o el delito contra la propiedad de otros.

Pero el racismo es un fenómeno cultural que tiene su genealogía. Nació de algún modo y existe por alguna razón que no es la "naturaleza humana". La creencia en conceptos del tipo condicióno naturalezahumanas como sobredeterminación de nuestras conductas, revela o bien pereza mental o bien debilidad intelectual... o la confesión (cuando el lugar de enunciación del discurso es el hemiciclo parlamentario) del fracaso o desinterés en encontrar las soluciones que el sistema político está obligado a proveer en lo atingente al ejercicio de los derechos y la convivencia democrática.

En el origen de los tiempos modernos, la inferiorización del otro era inescindible de un propósito de naturaleza económica. Así, el racismo empieza siendo discursivo y es el acto preparatorio de quienes se disponen a perpetrar un crimen. Esto quiere decir que para acceder a una exitosa acumulación de riqueza en base a la esclavitud y la explotación de fuerza laboral, primero hay que desvalorizar al esclavo y al trabajador. Tal es, al principio, un acto reflejo subconsciente, pero pronto revela beneficios bien conscientes pues el expolio empieza a parecer una consecuencia casi natural o no querida. Si el trabajador es "negro" o ignorante todo se vivirá como más aceptable.

En escala global, el capital empezó su acumulación originaria en los siglos XV y XVImediante expedientes varios entre los que destacaban el robo de tierras a los irlandeses por el buen Guillermo III de los Países Bajos, y la autonomía religiosa proclamada por el no menos magnánimo Enrique VIII, que dijo que el obispo de Canterbury no debía obediencia a Roma y que el anglicanismo sería, a partir del mismo Enrique, la única religión aceptada en Londres y zonas de influencia y que, por ende, los latifundios monásticos de Northumbria eran propiedad ya no del Papa, sino de "his majesty the king", esto es, del propio Enrique. Fue el ansia de oro, no la fe, lo que originó el anglicanismo. Éste fue un insumo para garantizar no el Paraíso sino la acumulación originaria del capital en cierta región del mundo.

En cuanto a la sociedad argentina, le caben las generales, es decir, es racista, y lo es hasta la médula. Pero no ha podido ser de otro modo. El argumento contra la "campaña antiargentina" no debería consistir en negar la historia local, sino en preguntarle retóricamente al mundo por qué si el mundo es racista nosotros no deberíamos serlo. Al fin y al cabo, a la Argentina no la fundó el pueblo argentino sino los que se aprovecharon de él para realizar su propia "acumulación originaria" y con las consecuencias de orden cultural que eso tuvo.

Sin embargo, siempre hay que distinguir entre los fenómenos generales propios de las dinámicas históricas, y los sujetos individuales que encarnan esos fenómenos y tratan de realizar sus ideas.? Entre los primeros, cabe consignar la actividad de una clase propietaria de tierras que fue naciendo lentamente al amparo de una fuerza militar que, constituida en "ejército nacional", avanzaba hacia las "campañas" de un país que todavía no existía con nitidez. Así, Mitre por el norte y Roca por el sur "fundaron" la patria con su impronta ideológica que no era, precisamente, un canto a la hermandad universal.

Esa clase latifundista que fue naciendo también empezó, por la fuerza de las cosas, a gobernar, y lo hizo durante cincuenta años a equidistantes ambos lados de los siglos XIX y XX, hasta que en 1912, con la “plebe” ya soliviantada e inmanejable, decidió "soltar lastre" (Rouquie) y entregarle a un emergente sustituto el manejo del Estado.

El que soltaba lastre era el PAN (Partido Autonomista Nacional) fundado por Julio Roca…? y que soltaba lastre significaba, antes que nada, que esa oligarquía que reculaba no lo hacía por derrotada sino para seguir controlando, si no las cosas políticas de este país, sí su cultura y sus valores. El pacto Yrigoyen-Sáenz Peña delegaba en una tumultuosa pero afín UCR, el control del sistema político pero era esa misma UCR el actor indicado para vehiculizar, hacia el interior de la sociedad, la influencia social (hecha valores y cosmovisión) de esa oligarquía en aparente retirada que se iba del Estado pero se quedaba en la sociedad. El radicalismo cumplió con lo que ya estaba en su "adn" inoculando en su base social electoral la misma mirada peyorativa hacia el inmigrante paródico que había profesado la oligarquía que ahora le cedía el poder del Estado. Y esa base social radical se reclutaba sobre todo, en las clases medias urbanas cansadas de unicato roquista y que reclamaban democratización de los procedimientos públicos pero que también empezaban a entender el mensaje: crecientemente se autopercibían "distintas" a lo negro, a lo mestizo, a lo inmigrante, faltaría más.

Respecto de este último (el inmigrante) vale detenerse pues su desmerecimiento será previo a discriminaciones que no afectarán ya sólo al "extranjero" sino al propio nacido en estas tierras, como el "cabeza" y el "indio".

En efecto, la "ley de residencia" de Miguel Cané será símbolo del imaginario oligárquico respecto de lo que se percibía como invasión inmigratoria. Son "revoltosos" y vienen, por eso, de la mano de ideologías que no son de aquí, no sólo a perturbar el orden con reivindicaciones aprendidas en Europa sino, incluso, a pervertir las costumbres, las relaciones sociales y hasta el idioma. Lo curioso es que con esta visión oligárquica de las cosas pueda coincidir, casi medio siglo después, un pensador "nacional" como Hernández Arregui, que escribirá en 1957: "El país pierde personalidad. La invasión inmigrante y el retroceso de las antiguas tradiciones colectivas, bajo el empuje de contingentes humanos sin arraigo y el vacío asentamiento mundano de la clase dirigente, crean un clima de hostilidad a la inteligencia. Los núcleos inmigrantes conservan sus antiguas costumbres, resisten a la asimilación o la aceptan lentamente luego de profanarla idiomáticamente. Al rechazar la cultura en la que penetran se mantienen dentro de ella en un lento proceso de transculturación, como elementos independientes o insensibles, cerrados a toda interpenetración de las conciencias con los grupos locales” (Imperialismo y Cultura, Bs. As., Plus Ultra, 1973, 3° ed. p. 73).

Y así, en este país, la oligarquía fundadora ha legado a la posteridad no sólo el modelo económico agrario-pastoril antiindustrialista, el cual todavía goza de una deplorable vitalidad, sino también una tabla axiológica cuyo contenido racista y xenófobo parece haber sido mandato obedecido incluso hasta por plumas progresistas como la recién citada y hasta por "socialistas" de la calidad de un José Ingenieros. Los alegatos racistas de este último abarcan su vida entera, es decir, van desde su joven actividad en los periódicos La Reforma y La Montaña (este último en colaboración con Leopoldo Lugones) hasta los umbrales de su senectud. En 1908, por caso, prologó un libro de Eusebio Gómez titulado La mala vida en Buenos Aires, en el que se refería a pobres, prostitutas, homosexuales y marginales en general, en los siguientes términos: "... Son los parásitos de la escoria social, los fronterizos del delito, los comensales del vicio y la deshonra, los tristes que se mueven acicateados por sentimientos anormales; espíritus que sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas o sufren la carcoma inexorable de las miserias ambientales. Es una horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación aleve de sus programas trágicos".

Excelente pluma para fundamentar el racismo y la discriminación e incitar a la violencia contra los que no se pueden defender.

Ahora bien, Ingenieros no era sueco. Era argentino. Y con estos amigos, la Argentina no necesitaría enemigos. Pero no sólo tales amigos han legitimado el racismo y la violencia social contra las minorías. También han fallado los sedicentes adversarios de los fundadores del racismo. Uno de estos fundadores, a no dudarlo, ha sido Sarmiento con su ya célebre dualidad de "civilización y barbarie". Pero cuando se indaga en busca de refutaciones a los extravíos del sanjuanino, sólo se advierte unas gentes que no van más allá del inocuo facilismo de exhumar una carta que aquél dirigió a Mitre aconsejándole "no ahorrar sangre de gauchos". Pero en la base de este vómito rancio estaba la sinonimia entre campaña y barbarie y su correlato: la asimilación de ciudad con civilización. Eso era lo que había que refutar desde la cátedra o desde la política y nadie lo hizo, sobre todo no lo hicieron los partidarios del "pueblo". Tampoco la izquierda, ni la "nacional" ni la presuntamente clasista.

El jurista tucumano Juan Bautista Alberdi fue el teórico más lúcido del país burgués argentino. Su pasión habrá de resumirse en una ansiada derrota del espíritu español que él identificaba, no sin razón, con el atraso, es decir, con la Casa de Austria y no con los muy liberales Borbones. En simultáneo y coherentemente, brilla con luz propia su original argumentación contra la tesis central del Facundoque, según el tucumano, es la expresión literaria de ideas económicas. Es profundamente erróneo -sostiene Alberdi- pensar que las campañas argentinas representan la barbarie y las ciudades la civilización. Sarmiento confunde el desierto con la campaña -apostrofa-, y entonces "la barbarie da principio donde acaban las ciudades y empiezan las campañas, de donde resulta que el país argentino, según esta teoría, es bárbaro por regla y civilizado por excepción" (J.B.A. Palabras de un ausente; en OC, La Tribuna Nacional, Bs. As., 1886, T VII, p. 161).

Y por si dudas quedaran acerca de su elegante inteligencia, dispara Alberdi este certero señalamiento: "... El autor de Facundoignoró siempre que la España forzaba, por sistema, a sus colonos en América, a concentrarse en las ciudades para apartarlos del deseo de independencia y libertad a que los inclinaba la vida de los campos. Su encierro en las ciudades, como en rodeos permanentes de hombres, los hacía más manejables y más visibles al ojo de la policía... Y en esas ciudades en que eran los hombres encerrados por un cálculo de dominación, las Leyes de Indias prohibían el cultivo de las artes e industrias en que España conservaba el monopolio, y sus habitantes eran obligados por la ley a vegetar en el ocio y los placeres frívolos. El autor de Facundo ha equivocado (confundido) el papel de las ciudades en la América antes colonia de España, con el de las ciudades de la Europa industrial, fabril y sabia" (Ibídem).

De este modo es como se derrota argumentalmente a Sarmiento...!, es decir, estudiando, como lo hacía Alberdi, quien nunca citó, contra el sanjuanino, el argumento de la sangre de gaucho, tal vez porque no conocía la supradicha carta. No la necesitó, en todo caso, para demoler a su adversario en esta polémica fundacional. Le cayó la ficha enseguida al tucumano, y captó pronto que tal exabrupto no era más que el deplorable destello emocional de un deslenguado incontinente.

Síntesis

Lo acontecido en el último mundial de fútbol disparó una reacción contra el país en todo el mundo bajo la forma de una narrativa que caracterizaba a "los argentinos", como violentos, malos perdedores y, sobre todo, racistas.

Lo acaecido en el último tramo de ese acontecimiento excedió lo deportivo y tuvo un punto de inflexión y sesgo hacia lo político debido a la actitud de unos jugadores argentinos que desplegaron una pancarta con la reivindicación de soberanía sobre las Islas Malvinas.

La refutación de aquellas necedades antiargentinas no consiste en negar que la sociedad argentina sea racista, sino en preguntarle retóricamente al mundo por qué en un mundo donde todos los países son racistas, la Argentina debería no serlo. EE.UU., por caso, debería explicar por qué hoy está sufriendo el dedo acusador de Black Lives Matter; Inglaterra, a su turno, justificar sus atroces matanzas de escoceses en Culloden; España, Alemania, Francia, Bélgica, Holanda y Portugal, aparcería criminal si las hubo, culpables de crímenes contra la humanidad perpetrados en África; y así siguiendo...

La Argentina, como Estado y Nación, no fue fundada por ningunos "peregrinos" sino por una clase social vinculada a la fuerza militar y a la propiedad de la tierra.

Esta clase social latifundista, frecuentemente nombrada en los textos como "oligarquía", hizo del racismo un factor de inferiorización del sector poblacional al que venía a despojar de su propiedad con el fin de iniciar, en esta parte del mundo, el proceso de acumulación originaria del capital.

Los actores políticos más relevantes que encarnaron esta concepción racista fueron Julio Argentino Roca, Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre.

La estatura política y densidad ideológica de estos "fundadores" convirtió su discurso en una corriente dominante a cuya influencia no pudieron sustraerse incluso plumas de tribunos y actores sociales ubicados en las antípodas políticas de los nombrados.

En provisoria conclusión anotamos ¡cómo no ser racistas (aun sin saberlo y como acto reflejo) en una sociedad en la que lo son y lo fueron antes tanto unos como otros, y en la que desde la cuna a la luna se nos inculcó la certeza de nuestra diferencia "blanca" respecto del pobre, del indio, del latinoamericano, del otro...!

Nuestro racismo fue celeste y blanco, ya en el origen. Como la Naturaleza nos había creado para grandes cosas, hemos empezado a obrarlas, dijo una vez Mariano Moreno, pero "la descomposición estaba implícita en las fórmulas teóricas de la organización nacional", advirtió luego Ezequiel Martínez Estrada. Y los "organizadores" que vendrían al alborecer de una nación se llamarían Roca, Sarmiento y Mitre.

Conclusión

Latente o en acto, el racismo argentino se expresa hoy de modos diversos, ya sea con vecinos proclamando a los cuatro vientos el asco que les suscita la presencia de senegaleses en las avenidas de Floresta, ya sea por la benemérita acción de similares conglomerados de buenas gentes urbanas organizadas en milicias civiles para defender el hábitat propio de unos invasores parecidos a "Ele-Gante" a los que invitan con violencia a "irse a sus lugares" ante la mirada comprensiva y aquiescente de la policía.

Pero en la Argentina, quien más ha hecho para que el racismo irrumpa como modo de ser cotidiano de los argentinos es el propio sujeto elegido por esos argentinos para ocupar la presidencia de la Nación. Este rumiante es el inventor del color "marroncito", arrojado como inaudita discriminación sobre descendientes de aquellos protagonistas de migraciones internas masivas que ocurrieron en la Argentina durante el primer gobierno de Juan Perón. Es el mismo presidente que una vez puso en duda las credenciales nacionales de Salta y Formosa a causa, precisamente, del color "marrón" que, según aseveró, distingue a sus habitantes. En Salta, incluso, una vez destrató con lenguaje soez a una trabajadora de prensa. El premio nacional al racismo, así, le debería corresponder, sin que nadie pueda ni siquiera empatarlo en los extravíos obscenos con que insultó al jefe de la cristiandad católica, ofendiendo a toda su feligresía con epítetos sólo reproducibles en horarios de protección al menor. DESDE LA PRESIDENCIA DE LA NACIÓN SE FOMENTA EL RACISMO. Éste es la forma ruin de la violencia.

Esto que ocurre es racismo enancado en la violencia o viceversa; y que pueda haberse fraguado en la cima del sistema político sin escandalizar a nadie e incluso con el irresponsable jolgorio de un auditorio numeroso, dice algo acerca del estado actual de los valores y la conciencia política del hombre y la mujer argentinos. Algún día, uno de esos caboverdinos arrinconados en el Doque, debidamente obtenida su carta de ciudadanía, podría vestir la albiceleste. Lo improbable es que Senegal o Cabo Verde provean insumos étnicos propios para poblar el Parlamento argentino, reservado, sólo, para quienes puedan exhibir dosis aceptables de blancura en sangre. Y no es la letra de la ley la que les impide el paso, sino la segregación en boca de pozo, la discriminación en origen, es decir, la carrera de obstáculos que ya desde el barrio en que nacieron deben sortear para superar el "apartheid" a que se los somete como reflejo pavloviano hecho conducta habitual en clases medias urbanas, porteñas o provincianas, siempre argentinas. Por eso somos racistas. Hay que hacerse cargo. De este racismo embozado hay que hacerse cargo. Cuando fuimos derechos y humanos, ya éramos racistas. Si no lo hubiéramos sido, tal vez tampoco y en enhorabuena, habríamos sido derechos y humanos.

Tanta ignominia que avergüenza procedente de las cimas del sistema institucional, empezó a ocurrir en la Argentina como reacción a una etapa en que la democracia recuperada en 1983 se tomaba en serio a sí misma y construía el estilóbato fundamental sobre el que debía descansar una democracia "para cien años". Ese fundamento pétreo de la convivencia civilizada se armó con las columnas que exigía la arquitectura protectoria y promotora de la dignidad humana. En los años '90 del siglo XX la Argentina consolidó su papel señero y ejemplar en la defensa y promoción de los derechos humanos, porque en ese año se fundó el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) como iniciativa de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) y de la Federación de Entidades Árabes de la Argentina (FEARAB), nada menos. Todo eso fue desmantelado porque, según se explicó, trabajar contra la discriminación y por hacer realidad los derechos y garantías consagrados en la Constitución Nacional es caro y conspira contra el superávit fiscal, so bruto ...!

Nada peor que un ignorante sin dudas y con convicciones …

Por el contrario, aquella fisonomía humanística que supimos exhibir al mundo, es todavía simiente que puede fructificar entre nosotros y con la cual tal vez no cuenten quienes hoy nos impugnan. Es por esa razón que nos contemplamos poseedores de reservas morales suficientes para sobreponernos al vicio, que con la virtud han conformado la materia primordial viviente, contradictoria y fecunda que, al fin y al cabo, no es otra cosa que nuestro ethoscomo Nación, como orgullosa Nación.

Hay, por eso, semillas de mostaza y suelo fértil para que prosperen en esta Argentina donde el racismo duerme pero no termina de morir. Sólo queda el esfuerzo individual, superador, constante y sostenido (la adorniana totalidad sujeto-objeto sería el símil metafísico), junto a unas políticas públicas que deben ser irrenunciables y tener andadura constitucional, para que superar las nefastas consecuencias del venenoso egoísmo social sea alguna vez una realidad. En estos temas, que son problemas políticos a resolver por la autoridad de crisis, no hay faro que sugiera la costa. Sólo noche oscura, pero también la certeza de que el bajel navega y que hay puerto de destino.



(*) Abogado, periodista, escritor.
29/07/2016

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