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El racismo científico europeo tiene su punto de partida con la obra de Joseph Arthur Gobineau (1816-1882), titulada “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”. En la misma, este filósofo y diplomático francés asegura que en el mundo existían tres razas humanas: la «raza de los negros», brutal, sensual y cobarde; la «raza de los amarillos», débil, mediocre y materialista; y la «raza blanca», inteligente, enérgica y llena de coraje. Precisamente, la raza blanca que según Gobineau contaba con el “el monopolio de la belleza y el honor”, tenía el destino manifiesto de conquistar al resto de las razas inferiores para cumplir su papel civilizador; es decir, la obligación de llevar adelante la misión civilizatoria por ser una raza superior.
Al mismo tiempo, también las potencias europeas tenían otro deber y era el de expandir el cristianismo al resto del mundo considerado “incivilizado”.
Estos fueron los principales argumentos, sumados a las razones económicas, que fundamentaron la expansión de las potencias europeas y su política de colonización fuera de Europa.
El desarrollo imperialista europeo y su política colonial significó en la práctica, en términos sociales, profundas transformaciones para las sociedades nativas ya que sufrieron un fuerte proceso de aculturación, con la imposición de lenguas, religiones y costumbres europeas. Al mismo tiempo se alteraron las estructuras sociales tradicionales, con la creación de nuevas élites de origen europeo y la marginación de las poblaciones indígenas.
Contemporáneamente, este escenario se repitió en nuestro país cuando se lleva adelante la ocupación del espacio pampeano patagónico y se somete a las comunidades indígenas allí establecidas. Basadas en las teorías evolucionista de Spencer y en el darwinismo social tan difundido en la época, sumados a la necesidad de convertir a los infieles al cristianismo, tanto la elite política, la iglesia católica, el ejército y buena parte de la sociedad concluyen en la necesidad de barrer con el desierto y transformar el producto de ese desierto -el indígena- en un ser civilizado.
Para ello se utiliza el sistema de distribución que en la práctica significó trasladar a los restos de las comunidades indígenas sometidas lejos de las fronteras, proceder al desmembramiento familiar y su posterior entrega de las mujeres y niños a las familias que lo soliciten, mientras se enviaba a los hombres principalmente a ocupar plazas en el ejército y la marina o en actividades productivas.
Porque como sostenía el general Julio Roca, “sometidos al trabajo que regenera y a la vida y ejemplos de otras costumbres que modifiquen sensiblemente los propios, despojándolos del lenguaje nativo como instrumento inútil, se obtendrá su transformación rápida y perpetua en elemento civilizado y fuerza productiva”1
Sin embargo, a este proceso de integración se le suman los grandes flujos migratorios ultramarinos que modifican sensiblemente la estructura poblacional y social en la Argentina. Entonces las mezclas de etnias y razas fue la característica principal de la sociedad argentina.
En ese contexto, resultaba totalmente insostenible mantener los argumentos racistas de la pureza de la raza blanca en el marco de este nuevo crisol de razas que conformaba la identidad nacional.
Por lo tanto, pronto en nuestro país el racismo dejó paso a la discriminación racial pero a partir de un prejuicio de clase que impone la cultura homogeneizante de los sectores dominantes fuertemente refractaria a cualquier tipo de diversidad cultural.
Entonces el indio deja de ser un salvaje y bárbaro incivilizado y pasa a ser considerado irremediablemente un vago y delincuente. Posteriormente van a ser los propios inmigrantes los destinatarios de ese prejuicio racial, cuando el aluvión inmigratorio de fines del siglo XIX y principios del XX alteran la estructura social y ponen en tensión no solo el poder hegemónico de la elite sino el propio orden social.
A partir de allí, hay un giro en la mirada de los sectores dominantes y aún aquellos que habían propagado los beneficios de la inmigración empiezan a cuestionar los modos, usos y costumbres de esos inmigrantes particularmente de españoles e italianos y originarios de Europa oriental.
Hasta destacados escritores de la época como Fray Mocho, Eugenio Cambaceres y Julián Martel destacan en sus cuentos y novelas los aspectos negativos de estos inmigrantes, construyendo un estereotipo de persona avara, codiciosa y cuando no ignorante y carente de moral. Incluso este prejuicio se extiende hasta avanzado el siglo XX y se refleja en una tira cómica que aparece en el diario La Opinión en 1930, cuyo autor es el dibujante Lino Palacio y donde el personaje principal, Ramona, constituye un estereotipo derivado de la inmigración. Ramona es presentada por Palacio como una empleada doméstica, de origen gallego, poco instruida y algo bruta, inocente y demasiado sincera, y que su ignorancia produce todo tipo de malentendidos, de manera que la convierten en un personaje cómico.
Ya a mediados del siglo XX el prejuicio vuelve a esta presente cuando en el marco de la crisis económica de los años 30 y el proceso posterior de industrialización liviana, hace que significativos contingentes de inmigrantes rurales se trasladen a los nuevos cordones industriales. Estos obreros nuevos que en su mayoría van luego a abrazar la causa peronista son calificados despectivamente como “cabecitas negras”, e incluso como “aluvión zoológico”.
En las décadas venideras y hasta ahora, pasado ya un cuarto del siglo XXI, van a ser los inmigrantes de países limítrofes los destinatarios del prejuicio racial. La calificación de “bolitas” a los miembros de la colectividad boliviana o de “paragua” a los originarios del Paraguay son denominaciones también despectivas. Y finalmente en los tiempos actuales el prejuicio racial se completa cuando a los habitantes del conurbano bonaerense profundo se los denomina en tono descalificador “marrones”.
En definitiva, si en algún momento existió el racismo en la Argentina, este tuvo poco que ver con el europeo porque el racismo en nuestro país, si bien tuvo algunas de sus características, fue fronteras adentro y no sirvió para llevar adelante una política imperialista y de ocupación colonial de otras naciones y sociedades como sí lo fue el imperialismo europeo decimonónico. Tampoco en nuestro país existieron leyes de segregación racial como las de Núremberg de la Alemania Nazi, ni las leyes Jim Crow de Estados Unidos y el sistema de apartheid en Sudáfrica y Namibia.
En cambio, lo que subsistió y aún subsiste en nuestra sociedad es la discriminación racial y el prejuicio de clase que permeó distintas épocas, escenarios políticos y sociales diferentes, y que no pocas tragedias ocasionó a lo largo del tiempo.
1 Carta del General Roca al gobernador de Tucumán del 4/11/1878.
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