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Casi siempre una guerra son varias guerras y a veces, como ahora, varias son una sola. Es la labor de los historiadores, con su atención cuidadosa al contexto tanto como a los detalles la que nos dará, como los viejos sastres, un buen corte.
Mientras tanto, los analistas del presente, esa zona difusa entre las cargas del pasado y las incertidumbres del futuro, tenemos que navegar con lo que podemos ver (esos escurridizos “hechos”) y auscultar lo que la propaganda y los relatos oficiales y oficiosos nos quieren mostrar y ocultar.
En tanto que la guerra en Asia occidental es una agresión directa de los EE.UU. y sus estados aliados/vasallos contra Irán, la de Ucrania fue desde el comienzo provocada y sostenida por los mismos actores, usando a Kiev como su vehículo, contra Rusia.
Como ocurre con el crimen organizado, para entenderla hay que seguir la ruta del dinero y de las armas. Desde antes de la invasión rusa, la CIA operaba en Ucrania y la OTAN entrenaba a sus fuerzas armadas; tras el golpe contra Yanukóvich su presencia cada vez mayor forzó la intervención rusa.
Desde febrero de 2022, el Congreso estadounidense aprobó paquetes de asistencia de emergencia a Kiev por más de 183 mil millones de dólares y la Unión Europea lleva aportados otros 156 mil millones entre subsidios directos y préstamos, a lo que hay que sumar los 8.100 millones del FMI y unos 4 mil millones de diferentes programas del Banco Mundial.
Semejante fortuna es la que explica que Ucrania, con su economía hundida, no se haya derrumbado. Sus fuerzas armadas han sido reconstruidas casi de cabo a rabo tres veces desde el inicio del conflicto.
Agotados los inventarios de armamento ruso que los países del este de Europa transfirieron a Kiev en 2022, fueron los EE.UU. y los países de la OTAN los que aportaron los tanques, aviones, transportes de tropas, cañones, misiles, drones, equipos, armas livianas y casi toda la munición de artillería y defensa aérea.
Sin el aporte de Occidente, los ucranianos no podrían sostener la guerra y ni siquiera pagar los salarios públicos y las jubilaciones de su menguante población.
El objetivo, enunciado por el propio presidente Biden, era debilitar a Rusia y provocar la caída de “la dictadura” de Putin, facilitando el ascenso de un gobierno “amigable”.
Sus asesores y think-tankssoñaban con algo más: dividir a Rusia en una serie de estados pequeños y débiles, y controlar su producción energética y sus recursos naturales.
Que el gobierno de Donald Trump, que había prometido terminarla, la continúe ahora con los mismos argumentos de su antecesor y sume el ataque directo a Irán, con el similar libreto de “cambio de régimen” y fragmentación de la nación persa, nos habla de una visión de largo plazo, más allá de las personas.
Varios analistas, tratando de dar inteligibilidad a esta locura bélica, han buceado hasta el fin de la Guerra Fría, rescatando la llamada “Doctrina Wolfowitz”, esa otra locura, a fin de cuentas.
Paul Wolfowitz, licenciado en Matemática y dr. en Ciencias Políticas, tuvo una larga carrera académica y fue subsecretario del Departamento de Estado entre 2005 y 2007. Un destacado neocon, planteó en un documento interno del Departamento, en 1992, que Washington debería mantener la hegemonía absoluta tras la Guerra Fría (que acababa de terminar) actuando de forma unilateral y preventiva para impedir el surgimiento de cualquier rival global o regional.
Desde entonces, mucha agua corrió bajo los puentes y aquel “momento unipolar” fue horadado por los fracasos militares en Afganistán, Irak y Libia y por el ascenso industrial y tecnológico de China y también de Rusia, los países de la ASEAN y los BRICS+.
Ante esta decadencia relativa, el trumpismo expresa la intención de recuperar lo perdido (el Againde MAGA). Debajo de las expresiones de arrogancia racista e ignorancia (tan estadounidenses al cabo) las élites occidentales muestran en sus acciones espasmódicas, y muchas veces contradictorias, si no un plan, al menos una visión que ordena un poco las fichas dispersas.
El llamado Occidente Colectivo busca, como el viejo imperio marítimo que en definitiva es, reconstruir su hegemonía mediante el dominio de los países productores de energía y el control de las vías y cuellos de botella geográficos del comercio internacional.
Ese parece ser el fino hilo que une la guerra en Ucrania con la del Golfo Pérsico, pero también con el ataque a Venezuela, la ofensiva política sobre Sudamérica, la guerra comercial contra China y la política de sanciones y aranceles contra México, Brasil, Canadá, Nigeria, Sudáfrica, India y sigue la lista.
Estamos pues en una Tercera Guerra Mundial que, como el mundo mismo, no se parece a las anteriores, comenzadas en 1914 y 1937.
El alucinado ataque de Occidente a Rusia y China, que es también la agresión contra Irán, no nos ha llevado todavía al final de la escalera solo por la racional respuesta política y militar de los agredidos, evitando el holocausto nuclear.
La esperanza de que continúen así y de que los propios pueblos occidentales, que aprecian la paz, ajusten cuentas con sus élites desquiciadas, parece ser el estrecho camino para detener la Nave de los Locos en la que hace ya mucho tiempo nos pintó Hieronymus Bosch.
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