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Columnistas
28/06/2026

Mano dura y alta costura: Colombia ante el espejo de la ultraderecha regional

Mano dura y alta costura: Colombia ante el espejo de la ultraderecha regional | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.
Presidente electo de Colombia, Abelardo De la Espriella (der.), junto con su vice Juan Manuel Restrepo.

La llegada al poder de Abelardo de la Espriella sella el retorno del gobierno colombiano a la órbita de la Casa Blanca, en un país partido a la mitad. El nuevo populismo radical reordena el mapa latinoamericano frente a Washington y le arrebata al progresismo el monopolio de la rebeldía.

Leandro Etchichury

El triunfo de Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta de la elección presidencial en Colombia, por un margen inferior al 1%, incorpora una nueva estrella al mapa de las derechas alternativas y radicales en América Latina, un fenómeno político impulsado en gran medida desde los Estados Unidos. El abogado penalista, célebre por sus trajes de alta costura, dotes de cantante y retórica de trinchera, coronó su ascenso siguiendo el manual del populismo estrafalario y digital patentado por figuras como Javier Milei o Nayib Bukele. En los tiempos que corren, pocas estrategias rinden más que prometer disolver problemas sociales estructurales con el gastado mantra de la "mano dura", sumando histrionismo digital y una estética disruptiva. Vale la pena leer la columna del escritor y periodista mexicano Jorge Zepeda Patterson. 

Frente a este escenario, el debate regional vuelve al ruedo: ¿se trata de una ola ideológica pasajera, del castigo a oficialismos ineficaces, de una crisis de representatividad partidaria, o de la desconexión de las fuerzas populares con demandas que emergen en un nuevo tiempo? Como suele ocurrir, la respuesta real habita en la confluencia de todos estos factores y, probablemente, también en algo más que no estamos aún dimensionando.

Colombia: ganadores y ¿perdedores?

Por primera vez, Colombia será gobernada por un ciudadano que además tiene la nacionalidad estadounidense y, por si le faltaran pasaportes, también la italiana, lo cual propone un ejercicio de imaginación respecto a la idea de soberanía nacional. La naturalización de De la Espriella en 2023 como ciudadano de EE.UU. no fue sólo un trámite; fue la formalización de un vínculo con el Partido Republicano que ahora condiciona la autonomía del país suramericano. Pero no sólo ocurre eso: en Colombia —como en Perú— el voto de los residentes en el extranjero está definiendo elecciones por derecha. Caso curioso, De la Espriella triunfó en Venezuela en una proporción de 80 a 20.

Entonces, no resulta extraño que desde el Despacho Oval, el presidente Donald Trump se atribuyera el mérito del triunfo de Abelardo de la Espriella, asegurando ante los reporteros que su "respaldo total" fue el motor que catapultó al candidato desde un supuesto décimo puesto hasta la victoria. Aunque los datos contradicen la narrativa del mandatario estadounidense —ya que el apoyo llegó tras la primera vuelta y la victoria se dio por un margen de apenas nueve décimas—, Trump justificó su afinidad personal de manera pragmática: "Me gusta la gente a la que yo le gusto. Es así de simple".

Esta deuda de gratitud con Mar-a-Lago sugiere que figuras como Marco Rubio y María Elvira Salazar (la legisladora republicana que le levantó el pulgar a Keiko Fujimori) tendrán, digamos, un asiento virtual en el consejo de ministros del nuevo gobierno, ya que este giro político se produce en un contexto de fuerte influencia estadounidense en la región.

A través de la llamada “Doctrina Donroe” queda más que clara la disposición de Washington para intervenir directamente contra gobiernos opositores y apoyar materialmente a sus aliados, como ocurrió el año pasado en Argentina.El analista Martín Shapiro, exsubsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de nuestro país, subraya la vulnerabilidad regional al señalar que "para nuestros estados frágiles, el gobierno de los Estados Unidos puede ser un rival formidable". Venezuela y Cuba saben de eso. México y Brasil (este último con elecciones presidenciales el próximo mes de octubre) también lo padecen.

De regreso a Colombia, y pese a cambiar momentáneamente sus trajes italianos por la camiseta de la selección nacional, el futuro presidente no dudó en jurar una alineación incondicional con Washington. La sintonía se materializó apenas horas después de la elección con la visita del senador republicano Bernie Moreno, también nacido en Colombia, quien se reunió con el presidente electo en la ciudad de Barranquilla. En este encuentro ambos acordaron priorizar la seguridad y la migración "ordenada". Según Moreno, De la Espriella coincidió inmediatamente en que cualquier ciudadano colombiano que solicite asilo en EE.UU. debería ser regresado a Colombia, bajo la garantía estatal de su seguridad y protección.

Posteriormente, en comunicación con el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, De la Espriella confirmó que, a partir del inicio de su mandato el próximo 7 de agosto, Colombia formará parte del "Escudo de las Américas". Y por si faltaba algo, el pasado miércoles anunció que “restaurará y fortalecerá las relaciones con Israel como nunca antes”.

La iniciativa Escudo de las Américas (Shield of the Americas, en inglés) es una alianza de cooperación militar impulsada por Trump con el propósito de armar una arquitectura de seguridad que rompa con el multilateralismo regional, para abrazar en cambio una coalición bajo tutela de Washington. Este modelo busca sustituir la diplomacia por el uso de fuerza militar letal y la inteligencia compartida. Geopolíticamente, este bloque es una herramienta de presión contra gobiernos opositores y un contrapeso a China. La excusa, combatir las organizaciones criminales transnacionales.

Pese a todo ello, en Colombia, la derrota por apenas 250.000 votos de Iván Cepeda -el candidato que representó al sector del actual presidente Gustavo Petro, impedido de postularse a la reelección por reglas constitucionales-, otorga al progresismo una legitimidad de oposición sin precedentes. Con 12,7 millones de votos, la alianza que lidera el Pacto Histórico ha demostrado que su base no es coyuntural, sino una fuerza estructural con peso entre los sectores populares y la clase media.

No obstante, para el analista político colombiano Alejandro Chala, existieron tres factores críticos que podrían ayudar a entender la derrota: 1) la falta de un consenso programático entre las izquierdas y posteriormente con el centro; 2) la ilusión de que la masividad de las manifestaciones callejeras era el reflejo de un amplio apoyo que, alimentado por las mediciones de las encuestas, llevaron a cierta confianza y triunfalismo; y 3) la fragilidad orgánica de la coalición que sigue dependiendo de liderazgos individuales y acuerdos de cúpula, careciendo de una estructura de base sólida.

Iván Cepeda ha manifestado formalmente su decisión de aceptar el triunfo de su oponente, y calificó este gesto como un "acto de responsabilidad democrática" orientado a preservar la convivencia y el diálogo nacional; destacando, además, que la estrecha diferencia en las urnas representa el caudal electoral más alto alcanzado por los sectores progresistas en la historia de Colombia. De hecho, el mapa político posterior al balotaje ha propiciado una inesperada coincidencia discursiva entre Gustavo Petro y Tomás Uribe. Este último, empresario e hijo del exmandatario Álvaro Uribe —cuyo partido ya anticipó su respaldo parlamentario al nuevo gobierno— adoptó una postura de pragmático realismo al admitir el peso de los casi trece millones de votos obtenidos por el progresismo y su correlación directa con las geografías de la vulnerabilidad socioeconómica. Frente a este reconocimiento, Petro ha insistido en la viabilidad de un “Acuerdo Nacional” como mecanismo para evitar la reedición de la violencia estructural.

En consecuencia, el Pacto Histórico ha desistido de las reclamaciones sobre el escrutinio para favorecer la estabilidad del país. Pero pese a la aceptación de los resultados, Cepeda y su coalición enfatizan que "aceptar el resultado no significa renunciar a la verdad".

Denuncian formalmente:

* Injerencia extranjera: Señalan una intervención "abierta e indebida" por parte del gobierno de los Estados Unidos.

* Irregularidades en campaña: Alegan una operación de compra de votos y el uso de estrategias de manipulación mediante inteligencia artificial.

* Estigmatización: Rechazan categóricamente la acusación de que su electorado sea fruto de un "voto fusil", calificando estas afirmaciones como "política sucia".

El Pacto Histórico ha anunciado una transición hacia una "nueva etapa de construcción de táctica y estrategia política". Los pilares de esta fase incluyen la convocatoria a un “Frente Amplio por la Vida” (un llamado a organizaciones sociales, sindicales, campesinas y fuerzas democráticas para articularse en defensa de la vida, la paz y las reformas sociales), el fortalecimiento legislativo (contando con la primera minoría tanto en el Senado como en diputados), y la “movilización territorial” (Cepeda promete recorrer el país para organizar comités políticos y preparar una "Gran Convención Nacional" previo al primer congreso oficial de la organización).

La coalición ha dejado claro que no avalará el desmonte de las conquistas sociales alcanzadas durante el gobierno de Gustavo Petro. Las prioridades innegociables son:

* Reformas Sociales: Defensa del salario vital, la reforma agraria, las pensiones para adultos mayores y la “matrícula cero” para acceder a la educación superior.

* Protección Ambiental: Oposición firme a modelos de desarrollo depredadores que afecten el ambiente.

* Garantías Democráticas: Rechazo a cualquier intento de autoritarismo, persecución política, machismo o homofobia desde el Ejecutivo.

Finalmente, el Pacto Histórico ofrece una “vía de concertación” supeditada a la actitud del nuevo gobierno. Si la administración de De la Espriella opta por la sensatez y el interés general, encontrará una fuerza dispuesta al acuerdo; de lo contrario, han advertido que asumirán la "resistencia y la desobediencia civil pacífica" en defensa de los derechos del pueblo.

Se trata de una oportunidad de concordia como antídoto contra una polarización extrema y con el respaldo de millones de personas que aún claman por inclusión en lugar de "plomo y glifosato", como señaló la exalcaldesa mayor de Bogotá, Claudia López Hernández.

¿Por qué la derecha extrema seduce?

Aquí volvemos a la pregunta inicial: ¿qué pasa en América Latina, que estas nuevas fuerzas extremistas de derecha parecen imparables? Nuevamente, la respuesta no es única y esclarecedora, pero lo que sucede hoy en Brasil ofrece pistas ineludibles.

Un reciente artículo publicado en el diario mexicano La Jornada señala que "crece el respaldo de jóvenes brasileños a la derecha y cae apoyo a Lula”.

De cara a las elecciones de octubre de 2026, la juventud brasileña —históricamente un bastión de apoyo para el progresismo— estaría protagonizando un desplazamiento hacia la derecha, motivada por una mezcla de desencanto económico y una nueva identidad antiestablishment; fenómeno que se hace más evidente dentro del mundo masculino: “El auge de los jóvenes conservadores forma parte de una tendencia global, con paralelismos en Europa, Estados Unidos y Corea del Sur, por ejemplo”, destaca la nota.

La raíz de este giro no parece ser puramente ideológica, sino pragmática y económica. Aunque el número de graduados universitarios casi se duplicó en la última década en Brasil, los ingresos de estos profesionales son hoy inferiores a los de 2014, señala el artículo. Como explica el analista Felipe Nunes (director de la encuestadora Quaest), los jóvenes cumplieron con su parte del contrato social —estudiar e ir a la universidad—, pero al salir al mercado laboral no vieron los resultados económicos esperados. Esta frustración ha empujado a las nuevas generaciones hacia propuestas reaccionarias y pro-mercado, vinculando a los gobiernos populares de los últimos años con el estancamiento, la falta de oportunidades y el privilegio de una agenda en la que las mujeres y algunas minorías se verían beneficiadas.

Pero, a su vez —y para complejizar las cosas—, buena parte de esos mismos jóvenes reclaman mayor presencia del Estado en lo que hace a servicios públicos, como salud, educación y seguridad. Su realidad inmediata está marcada por la precarización laboral, el fenómeno de la uberizaciónde la economía y una fuerte desilusión frente a las promesas del Estado de Bienestar, y sobre eso se montan estas corrientes de derecha libertaria ofreciendo una respuesta simplificada pero atractiva al malestar de una juventud (y de una parte de la sociedad toda) hiperconectada y emocionalmente frustrada con sus representantes políticos. En este escenario, la derecha ha logrado un hito histórico: disputar y arrebatarle a la izquierda el monopolio de la rebeldía y el sentimiento antisistema.

Con la derrota de los países comunistas europeos, allá por comienzos de los años 90, el sistema entró en un camino de concentración económica, financierización y aceleracionismo tecnológico, que primero se tragó al Estado de Bienestar para luego poner en cuestión la propia idea de democracia. Así, la creciente desconexión entre ciudadanos y partidos políticos no es producto de las redes sociales y su manipulación emocional, sino de la construcción de sociedades donde la desigualdad creciente es norma, y trae por consecuencia frustración, miedo, pobreza y violencia.

En este escenario, la ultraderecha ha demostrado ser un actor político ineludible y no un fenómeno marginal. Vendría a ser algo así como el nuevo perro guardián del capital concentrado. Pero como todo perro bravo lleva sus peligros, y más cuando los milagros prometidos no ocurren.

Su capacidad para capitalizar el malestar, su dominio del ecosistema digital y su rechazo sistemático a los consensos liberales, la convierten en una amenaza existencial no sólo para la democracia. No hay que ir muy lejos para ver los peligros de este actor en ascenso: el proyecto de transhumanismo del tecnomagnate Peter Thiel es sólo un botón de muestra.

La síntesis de esta realidad deja, de momento, una lección crucial para el progresismo global: el desafío no radica únicamente en diseñar mejores políticas públicas o intentar "regular los algoritmos" de las redes sociales, sino en comprender que las formas de consumir información, generar comunidad e imaginar el futuro han cambiado radicalmente.

29/07/2016

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