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El G7 se juntó en Evian para hacer una esperable “pausa de hidratación”, con agua mineral mediante como corresponde, y rearmar su inaplicable como fantasiosa retórica belicista, basada en una lectura delirante de lo que ocurre en el frente ucraniano. En la repetitiva letanía de su documento final, con los consabidos nuevos y renuevos paquetes de sanciones a Rusia, se envalentonaron y calificaron las acciones recientes de Ucrania como la muestra de un “nuevo impulso” del régimen de Zelensky en la guerra, idea que no representa otra cosa que el deslumbramiento fugaz que les produce a estos imbéciles los sucesivos ataques terroristas de Kiev, limitados al asesinato de civiles o a los fuegos producto del último ataque con 137 drones a Moscú del 18 de junio (consiguiendo que algunos pocos lograran entrar y dañar una refinería importante). La estrategia de Kiev es minar la paciencia de la población rusa, no dejarlos dormir y aspirar a que, desde adentro, surja un germen “antiputin”. Sin embargo, no existe la menor evidencia de tal tendencia y, en todo caso, privará desde la sociedad civil mayor urgencia a las fuerzas armadas de Rusia por conseguir la rendición de Kiev y el cumplimiento de los objetivos de la SMO.
El llamado G7, la UE o la OTAN —que son la “mesma merda”, tal como respondió un brasileño en Pelotas a un uruguayo que se justificaba diciendo que no era argentino, nacionalidad que le atribuyó originalmente el pelotense— es un conglomerado que, como Belcebú, tiene esos nombres y muchos más, que revelan en realidad diferentes categorías o funciones, encarnadas en los grandes capitales, en Palantir, Musk, el lobby anglosionista y todo su vasallaje latinoamericano, entre los cuales sigue liderando el libertario argentino y su cohorte demencial. El conglomerado, venturosamente, presenta algunas grietas graves: la relación Trump-Israel a partir del memorando con Irán, y la relación UE-EE.UU. en relación al aparente abandono de la participación activa del segundo en la OTAN en la guerra proxy contra Rusia.
La más que sensata opinión del Ayatola Jamenei es no negociar nada con esta secta. Pero, finalmente, aceptó no vetar el memorando de entendimiento que, en la cena de Versalles, el presidente Masud Pezeshkianfirmó de forma remota desde Teherán. En esa sobremesa, Donald Trump firmó unacapitulación en la guerra contra Irán. Pensando en la elecciones de medio término, los Demócratas atacan sin piedad a Trump pero no por haberla iniciado sin razón, sino por no ganarla: Ormuz quedó para Irán con peaje, un ayatola más joven, Israel a tiro de piedra y el descongelamiento de los fondos iraníes. Lo que prueba que el partido del burro no tiene el menor empacho en generar y preservar guerras. A la vez, la salida del conflicto disfrazada de “victoria” para la gilada norteamericana —al menos— no empeora la situación de Trump hacia octubre.
La paz de Versalles tendrá patas muy cortas si Trump no logra controlar a Israel: en la semana reciente ya hubo más bombardeos a Líbano de la entidad sionista y, en consecuencia, Irán volvió a cerrar Ormuz. O sea, el Ayatola tuvo razón. ¿Para quién juegan entonces los que declaran estar en contra de Milei, en contra del genocidio en Gaza desde luego, pero repiten como mantra “la situación de las mujeres en Irán”, capítulo de esa serie ya superado hace meses? ¿O aquellos que prefieren callar y mirar para otro lado si se trata de Teherán? Deben sacarse la careta, son maricorinistasencubiertos, nada más.
No pararemos de destacar, entonces, a la ciudad de Tijuana, que recibe con calor y mariachis a la Selección Nacional de Irán, ya instalada en México, y con el permiso de ir a Los Angeles o Seattle solamente para acudir a sus partidos. Lo que prueba que, en México, el maricorinismo está mucho más soterrado, y su pueblo sigue desoyendo, mayoritariamente, a sus voces mediáticas, los “Nación +” locales de siempre.
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