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10/05/2026

Capitalismo y austeridad

Capitalismo y austeridad | VA CON FIRMA. Un plus sobre la información.

“No pueden pedir confianza al país funcionarios que tienen su riqueza en el exterior o si popularmente los llaman ‘aloe vera’, porque cada día le descubren una propiedad nueva”.

Humberto Zambon

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Austeridad significa sobriedad, moderación; se refiere, fundamentalmente, a una vida sin lujos, sin excesos y con una aplicación eficiente de los recursos.

La austeridad ha cumplido un papel fundamental en los comienzos del capitalismo.

Hay que recordar que al excedente económico (diferencia entre lo producido y lo necesario para la subsistencia del productor y su familia), desde su origen, se lo destinó al consumo de las clases privilegiadas y que, gracias a ello y al ocio que permitió a sus integrantes, fue posible el desarrollo de la cultura, el arte y las distintas civilizaciones; inclusive, cuando el excedente creció, se destinó a otros fines no productivos, como la construcción de pirámides en la civilización egipcia o maya, o los grandes templos, como las catedrales medievales. Con la aparición del capitalismo, hubo un cambio: la mayor parte del excedente se destinó a la acumulación productiva; es decir, en lugar de ser consumido se convirtió en medios de producción de más bienes que, a su vez, servirán para producir más y más bienes, aumentando a tasas crecientes el total de riqueza material disponible. La austeridad que evitaba el exceso de consumo ostentoso y permitía la acumulación productiva se convirtió en una virtud social.

Por eso Max Weber (1864-1920), que fue un destacado filósofo alemán con interés intelectual en las más diversas disciplinas, especialmente la historia, y que es considerado uno de los fundadores de la sociología y de la ciencia política moderna, en uno de sus libros más populares, “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, publicado inicialmente en 1905 (hay una versión en castellano del Fondo de Cultura Económica del año 2003), desarrolló la tesis de que la religión protestante (especialmente en las enseñanzas de Calvino y en la ética puritana) han influido en el origen y desarrollo del sistema capitalista. Creen que Dios ha determinado quienes se salvan y quienes se condenan; una señal de ser “elegido” es el éxito en la vida, lo que incluye los aspectos materiales, y que, por su parte, genera una serie de obligaciones para agradecer esa distinción: el cuerpo es una especie de altar por lo que debe mantenerse limpio y puro y se deben cumplir las obligaciones de contracción al trabajo y de austeridad. El hombre se debe preocupar por el porvenir pero, a la vez, debe rechazar el goce de la vida y todo tipo de ostentación, generándose así una ética ascética y un sujeto austero, que encaja perfectamente con las necesidades del capitalismo naciente de hombres emprendedores y ahorrativos, que acumulen productivamente el excedente económico. Cabe decir que muchos estudiosos creen que la relación causal es la inversa: las necesidades del capitalismo naciente habrían dado lugar a la reforma protestante.

Pero con el capitalismo maduro, con empresas trasnacionales y enorme capacidad productiva, esta cultura de austeridad pasó a ser una traba para su desarrollo, ya que un problema que le aqueja es la insuficiencia de demanda: mantener en funcionamiento el sistema con producción creciente de bienes requiere también compradores en crecientes cantidades (ojo, no basta la necesidad; el capitalismo precisa de “necesidades” reales o ficticias, pero con poder de compra). Por ejemplo, la baja tasa de crecimiento económico del Japón a partir de los años ’90 se asigna al exceso de ahorro que impone la cultura nipona. Y más grave cuando esa austeridad se manifiesta en ahorro invertido o “fugado” al exterior, como ocurre en nuestro país.

Pero la austeridad pública sigue siendo una virtud, aunque con el neoliberalismo se ha generalizado la idea errónea de que es un sinónimo del ajuste del gasto y, últimamente, incluso se la identifica con la sierra que corta a ciegas. Y no es así. La austeridad pública se debe entender como la necesidad de racionalidad del gasto del estado y con el ejemplo que dan sus dirigentes; tiene que ver con lo que los antiguos romanos exigían a la mujer del césar: ser y parecer y con lo que Juan B. Justo reclamaba de los funcionarios, “manos limpias y uñas cortas”; no pueden pedir confianza al país funcionarios que tienen su riqueza en el exterior (especialmente si pertenecen al área económica) o si popularmente los llaman “aloe vera”, porque cada día le descubren una propiedad nueva.

Esa austeridad no tiene nada que ver con el ajuste ni con el eventual superávit público. Hay que tener en claro que a partir de Keynes (1936), en general, no se considera al déficit (o superávit) fiscal como bueno o malo, sino que depende de la situación general de la economía; inclusive hay economistas, como el canadiense William Vickrey (galardonado con Premio Nobel en 1996) que sostiene que las economías contemporáneas padecen de insuficiencia permanente en la demanda global por lo que, para funcionar correctamente, requieren necesariamente del déficit fiscal.

También es bueno saber que en Argentina, en los últimos 70 años, muy contados tuvieron superávit primario (ingresos menos gastos, sin tener en cuenta a los intereses de la deuda pública) y que, excepto 1993, en ningún año, hasta el 2003, hubo superávit financiero real (superávit primario menos intereses). Es decir, tanto con economistas ortodoxos como heterodoxos manejando nuestra economía, el déficit fiscal fue una constante; hubo que esperar hasta el año 2003, gobierno de Nestor Kirchner, para que apareciera el superávit, que permitió acumular reservas, lo que fortaleció el poder de negociación con la deuda externa heredada. El superávit duró hasta el 2009, fecha en que se aplicaron políticas de gasto para tratar de aminorar el impacto de la crisis mundial en nuestra economía.Cabe señalar que el supuesto actual superávit se logra no computando los intereses de las letras emitidas, intereses que se capitalizan; dicen que hay superávit, pero la deuda crece…

Insistimos: el ajuste del gasto público no es sinónimo de austeridad ni es el camino para lograr el equilibrio fiscal. Así lo demuestra también lo ocurrido en los países desarrollados, donde los resultados más equilibrados se dieron en la época del “estado de bienestar” (1952-1973), con gastos estatales crecientes. La explicación es muy sencilla: cuando el estado gasta más, el ingreso nacional aumenta en mayor proporción por el efecto del multiplicador del gasto y, por lo tanto, aumentan los ingresos por impuestos. Por el contrario, cuando se hace el ajuste, el multiplicador funciona en forma negativa: disminuyen las ventas, cierran empresas y aumenta la desocupación, mientras que, por el corte de gastos, se perjudica la educación, la salud pública y el bienestar social, además de descapitalizar al país (como ocurre con el estado de las rutas); bajan aún más los ingresos del estado y aumenta el déficit fiscal, lo que lleva a nuevos ajustes, en un círculo vicioso donde el remedio es peor que la enfermedad.

Como dijo el premio Nobel Joseph Stiglitz, en una disertación en Buenos Aires hace unos años, “demasiados países respondieron a la crisis con políticas de austeridad. (…) Generan un problema de falta de demanda agregada. Si recorta gastos el gobierno, baja la demanda y sube el desempleo. Como baja la producción, bajan los ingresos. La austeridad vuelve lenta a la economía”. Y luego precisó que “Uno de los problemas en Europa y Argentina es que muchos de los economistas ortodoxos creen que la única forma de enfrentar la crisis es con más austeridad. Son como los doctores medievales que creían en la purgación de sangre y cuando eso no funcionaba volvían a purgarlos. La austeridad no funciona y la respuesta es aplicar reglas fiscales más duras”.

Repetimos, la austeridad pública, como virtud, consiste en el ejemplo que dan sus dirigentes y también en eliminar gastos ostentosos o superfluos, como los “gastos reservados”. Nunca en cortar la inversión, tanto en obras como en educación, salud o bienestar social de la población.

29/07/2016

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